viernes, 29 de marzo de 2013

LOS TEMPLARIOS EN FRANCIA Y ESPAÑA




Felipe IV, aproximadamente año de 1660. (Códice existente en la Biblioteca Nacional).

Llenas están las historias de las proezas y singulares hechos de los Caballeros de la Orden del Temple; grandes fueron sus riquezas, no menor su fama; de las partes del Oriente, donde tuvo su nacimiento, se extendió a toda la cristiandad, y peleando contra los moros en España adquirieron eterno renombre, igualando el merecido crédito de los que allá en Palestina amparaban a costa de mil peligros a los peregrinos, y defendían de los infieles los lugares santos. De la cumbre del poder, del exceso del favor, de repente cayó al abismo como herida de un rayo esta institución vigorosa. Atribuyeron a sus caballeros pecados abominables, delitos horrendos; largo y penoso fue el litigio, la persecución sin tregua, las dudas muchas, las protestas de inocencia numerosas.

Hoy es el día en el cual la historia no ha dado su decisivo fallo acerca de un acontecimiento que pasmó a los contemporáneos, y que las sucesivas generaciones han mirado con grandísimo interés. Ni tampoco le daremos nosotros. Envuelto en misterios anda todavía, y aunque por lo que hace a los Templarios españoles, la historia ha sido más indulgente; personas muy entendidas no quieren reconocer su absolución por los concilios, particularmente a los de Castilla, juzgados por el concilio de Salamanca. De todas maneras, con buena fe y deseo de acertar que vivamente nos anima, expondremos con lealtad las noticias que hemos podido recoger, y que nuestros lectores aprovecharán, sacando de ellas, según su juicio, las consecuencias a que den lugar.

Muy grande era la afluencia de buenos cristianos que pasaban a ultramar con el designio de visitar los Santos Lugares en los primeros años que siguieron a su conquista. La gente de Francia era la que con más ardor emprendía tan largo viaje deseosa de su salvación, y esto por haber tenido en Francia su natural asiento las cruzadas, y ser los reyes de Jerusalén franceses, y la mayor parte de los caudillos que defendían con sus huestes aquellas tierras, constantemente combatidas por los infieles. Los peregrinos desembarcaban en el puerto de Jafa, y desde allí hasta Jerusalén pasaban inauditos trabajos y peligros, de los cuales a veces no salían sino con la pérdida de la vida o de la libertad. Reinaba a la sazón en Jerusalén el conde de Edesa Balduino, hermano de Godofredo, y andaban en su corte dos nobles franceses, llamado el uno Hugo de Paganis, y el otro Ademaro o Santo Alejandro. Concibieron éstos el pensamiento, que aprobó el Rey, de unirse a otros siete compañeros para escoltar los peregrinos y romeros que desembarcaban en Jafa con ánimo de visitar los Santos Lugares, libertándolos de las asechanzas de los moros y turcos, que por todas partes los asediaban en su tránsito.

Estos nueve caballeros determinaron vivir y morir en tan santo ejercicio, y a las hazañas que tan de continuo hacían en su nobilísima profesión añadieron prácticas devotas, ejercicios loables, propios de la vida contemplativa, por lodo lo cual el abad y canónigos del Santo Templo los admitieron en su compañía con voluntad de su patriarca, y dándoles para su vivienda lugar holgado en el Santo Templo, de donde tomaron el nombre que ilustró la historia. Esto acaecía en el año de 1118.

La Regla de San Bernardo

En el de 1128, el número de caballeros se había aumentado, y los servicios que hacían a Dios y a los cristianos eran de tanta consideración que ya pensaron el rey y el patriarca en erigir una religión militante con estatutos o constituciones aprobadas por la Santa Sede. San Bernardo constituyó aquella milicia religiosa bajo su regla, y fue aprobada por la santidad de Honorio II en el concilio Tresense. El rey Balduino se dirigió a San Bernardo con tal motivo, como se deduce de la carta siguiente.

“Balduinus miseratione Jesuchristi, Rex Hierosolimorum, Pinceps Antioquiae, venerabili patri Bernardo in Gallia degenti, totius reverentiae digno, Abbati monasterii Claravalis, promptae voluntatis obsequium. Fratres Templarii, quos Dominus, ad defensionem hujus provintiae excitavit, et mirabali quodam modo conservavit, Apostolicam confirmationem obtinere, et certam vitae normam habere desiderant: ideo mittimus ad vos Andream, el Gundemarum bellicis operibus et sanguinis stemate claros, ut ad Pontificen ordinis sui approbationem obtineat, et animum ejus inclinent ad praestandum nobis subsidium, et auxilium contra inimicos fidei, qui omnes uno animo, parique consensu ad supplantandum, subverterdum que regnum nostrum insurguni. Et quia non me lalet, quanti ponderis sit intercesio vestre tam apud Deum quam apud ejus vicarium, et caeteros orthodoxos Europae Principes, prudentiae vestre utrumque hoc negotium duximus committendum; quorum erit nobis gratissima. Constitutionem Templariorum taliter conditae, quod et a strepitu, et bellico tumultu non dissentiant, et Principum christianorum auxilio sint utiles. Sic agite, ut felicem exitum hujus rei, vita comite, videre possimus. Deo pro nobis preces fundite. Valete”.

Dióles, pues, regla san Bernardo, y por ser de alguna extensión no la transcribimos, bastando sólo para el completo conocimiento de los principios de tan santa milicia copiar la carta que el santo fundador escribió a Hugo, su primer maestre, la cual traducida por Zapater es como sigue:

“Primera y segunda vez, si no me engaño, me pediste, amantísimo Hugon, que escribiese a ti y compañeros un sermón exhortatorio y vibrase contra la tiranía enemiga la pluma, ya que no era licita la lanza, afirmando que no sería nuestra ayuda menor si animase con mis letras a los que con armas no puedo. Algún tiempo lo dilaté. Es así. No juzgando debía menospreciarse la petición, si porque no se juzgase liviandad y escándalo precipitado, si lo que otro mas bueno cumpliera mejor, lo presumiera yo ignorante… Un nuevo género de caballería se ha descubierto en la tierra en que se batalla contra la sangre y carne, contra los espíritus malignos, enemigos del alma y cuerpo y de la Iglesia Católica. Donde el que pelea no teme morir ni estima la vida, porque su vivir es Cristo y su muerte logro; que es segura la vida, estando sin mancha la conciencia. ¡Oh santa milicia, en que se pelea y batalla por Cristo, donde no hay que temer (como los que pelean por pasiones y pretensiones humanas) matar al enemigo por no matar al alma con mortal culpa, ni menos que si el contrario fuera superior muera él en cuanto al cuerpo y juntamente en el alma perdiendo la vida y condenándose! ¡Oh milicia santa, confusión y vergüenza de los demás soldados y gente de guerra! Donde en ningún tiempo se halla ociosidad, insolencias, bravatas, desgarros, lisonjas, murmuraciones, chocarrerías, descomposturas ni palabras vanas. No crían copetes, cabellos enrizados, ni gastan el tiempo y rentas en aderezos impertinentes, curiosidades y galas, ni en dorar las armas, grabarlas ni enriquecerlas, antes de ordinario tienen mal compuestas las barbas de la continuación al capacete, el cabello y rostro cubierto de polvo y sudor, el color quebrado y macilento por el uso común de las armas. Al tiempo de salir al combate no cuidan cargarse de joyas, de oro ni de galanas sobrevistas y vistosas plumas; antes, armados en lo interior de la fe y en lo exterior de hierro, desean más poner miedo y pavor que codicia en los corazones enemigos. Están prevenidos siempre de fuertes a ligeros caballos sin jaeces de mucha curiosidad y precio, porque su pretensión es no parecer y hacer muestra de sus personas, sino vencer o pelear varonilmente, y no seguir la gloria vana, sino procurar la victoria… Donde siendo todos valerosos se vive debajo de una obediencia humilde, guardando como verdaderos religiosos castidad y pobreza… Donde en ningún tiempo se halla ociosidad, antes por no comer el pan de balde cuando no hay ocupación en la guerra se divierten en limpiar, pulir, aderezar y acicalar las armas, reparando unas y renovando otras para estar a punta de cumplir la obediencia de su maestre y prelado. Aquí no hay acepción de personas, porque el más válido es el más esforzado y valeroso. Menosprecian todo género de juegos, dados, músicas, danzas, pasatiempos y fiestas, y aborrecen hasta la caza de aves de rapiña por clamorosa y menos religiosa. En el campo acometen a sus enemigos como leones bravos a las flacas ovejas, confiando más en la virtud divina que en el valor de sus brazos, y así se muestran en casa mansos corderos y en la campaña fieros leones, unas veces como monjes humildes y compuestos, otras como soldados esforzados y valientes. No se puede decir más de la vida y costumbres de estos caballeros sino que es de Dios obra y admirable a nuestros ojos. Escogió estos fuertes soldados y congregó los de los últimos fines de la tierra para que al modo que los fuertes de Israel cercaban y guardaban el lecho de Salomón con las espadas ceñidas, así ellos guarden el Santo Templo con su presencia y lo defiendan de las manos de los bárbaros e infieles”.

Imponía la regla a los caballeros la castidad; así se deduce de las palabras de San Bernardo:

“En la comida y vestido se acautela todo lo superfluo, satisfácese a sola la necesidad. Vívese en común con alegre y templada conversación, sin mujeres ni hijos, etc.”

Los maestres en Palestina prestaban juramento, con la fórmula siguiente:

“Castitatem perpetuam servabo”.

Uno de los últimos capítulos de la regla traducidos por Zapater, dice:

“Peligroso es atender con cuidado al rostro de las mujeres, y así ninguno se atreva a dar ósculo a viuda ni doncella, ni a mujer alguna aunque sea cercana en parentesco, madre, hermana ni tía. Huya la caballería de Cristo los halagos de la mujer, que ponen al hombre en el último riesgo, para que con pura vida y segura conciencia llegue a gozar de Dios para siempre, amen”.

El capítulo 55 de la regla admite algunos casados, pero esta misma excepción confirma la regla general.

“Permitimos que recibáis en el número de los religiosos a los casados, pero con estas condiciones: que si desean ser participantes del beneficio de vuestra hermandad y comunicación, los dos ofrezcan después de su muerte a la comunidad del capítulo parte de su hacienda, y todo lo que adquirieren en este tiempo. Mientras vivan en la regla, conserven honestidad de vida, pero no lleven blanco el vestido. Si el marido muriere el primero, deje su parte a los religiosos sus hermanos, y su mujer se sustente con la otra. Pero tenemos por inconveniente que estos hermanos casados vivan en una misma casa con los que tienen hecho voto de castidad”.

De manera, que más que Caballeros de la Orden, los casados tenían cierta hermandad, por la que pagaban su pensión, viviendo fuera del convento, sin ninguna de las condiciones que la regla exigía para los verdaderos caballeros célibes y castos.

El capítulo 2 de la regla habla del vestido y dice así:

“Mandamos que los vestidos sean siempre de un color, como blanco o negro, o por mejor decir de buriel. A todos los caballeros profesos, señalamos que en verano y en invierno lleven si se puede el vestido blanco, para que pues dejaron las’ tinieblas de la vida seglar, se conozcan por amigos de Dios en el vestido blanco y lúcido; ¿qué es color blanco, sino entera pureza? La pureza es seguridad del ánimo, salud del cuerpo. Si el religioso militar no guardare pureza, no podrá llegar a la eterna felicidad y vista de Dios… Mas porque este vestido, ni ha de mostrar vanidad ni gala, mandamos que sea de hechura que cualquiera, solo y sin fatiga, se pueda vestir y desnudar, calzar y descalzar, etc.”

En el año 1153 fue confirmada por segunda vez la orden de los Templarios, y añadiósele al hábito una cruz roja que conservaron hasta su extinción.

“Alba vestis ex lana, et Eugenii tertii demum auctoritate crux rubens atributa; ut vestes albeas sin signum innocentiae deferentes, per cruces rubras martyrium ab Cristi nomen suscipiendum, non dedignarentur, et ad sanguinem effundendum ab terrae Terrae santae defesionem essent parali”.

Dióse a los Templarios. además de hábito y cruz, bandera o enseña que ostentar en las batallas, simbólica por sus colores como la cruz y el hábito.

Vexillum deferri ab illis bipartitum ex albo, et nigro colore; eo quod amicis candidi essent, el benigni; nigri autem, et horribiles inimicis.

Por leyenda llevaba ésta:

“Non nobis Domine, sed nomini tuo da gloriam”.

De esta suerte, con el nombre de Dios en la bandera, la cruz en el pecho, y el corazón rebosando en pura fe cristiana, los Templarios acometieron empresas honrosas, y fueron terror de los infieles en las partes del Oriente, hasta el punto de verse encomiadas sus hazañas por multitud de escritores, entre los cuales se cuentan el cardenal Vitriaco, Barbosa, y Tamburino; dice el primero:

“Adeo formidabiles facti sunt fidei Cristi adversariis, quod unos persequebatur mille, et duodecim millia, non quot essent, sed magisubi essent, dum ad arma clamarentur interrogantes: Leones in bello, aquí mansueti in domo, in expeditione milites asperi, in ecclesia veluti eremitae el monachi; inimicis Cristi domini feroces, cristianis autem benigni et mites: Vexillum bipartitum ex albo, et nigro praeuium habentes, eo quod Cristi amicis candidi sint, et benigni, nigri autem et terribiles inimicis”.

Tales fueron los principios de la milicia del Templo, y la historia dirá ahora cómo se elevaron por sus trabajos y virtudes a la cumbre de las grandezas humanas, y como por sus vicios y crímenes fueron castigados, con oprobio, humillación, tormentos, y otros crueles castigos.

La milicia del Templo, defensora de peregrinos

Esta orden religiosa militar fue la primera de su clase, habiendo servido de modelo a muchos institutos, que a su imagen y semejanza se erigieron después para bien de la cristiandad y alivio de los menesterosos. Si mucho necesitaban del amparo de sus hermanos los peregrinos que desembarcaban en Jafa, también les era útil el mismo amparo en los bosques de la Alemania a la ida y a la vuelta, en donde frecuentemente se veían acometidos por malhechores que les despojaban de sus caudales o de las reliquias que traían, de más valor para ellos que los más preciados tesoros de la tierra.

Los Caballeros de la Orden Teutónica formados en una milicia religiosa a imitación de los Templarios, amparaban y defendían aquellas piadosas huestes, haciendo más llevadero por lo seguro el viaje a la Tierra Santa. Pero las enfermedades diezmaban a los protegidos y a los protectores, las guerras aumentaban el número de los enfermos, los heridos fallecían faltos de cuidado, y he aquí que a imitación de los Templarios y de los teutónicos, otros caballeros se encargaron de los hospitales y de los enfermos, completando de esta suerte la obra de caridad y misericordia encomendada por el divino Maestro y los santos doctores de la Iglesia. Nuevas necesidades, el deseo del acrecentamiento de la fe en las partes ocupadas todavía por los infieles de la España, dieron principio y fundamento a otras milicias gloriosas, en las cuales la cruz del Redentor era la bandera sagrada que guiaba los soldados a la batalla. Santiago, Calatrava, Alcántara, institutos famosos en los cuales los hombres buscaban vida más perfecta, quilatada a fuerza de peligros y de prodigios de valor, siendo como los depósitos de la fe cristiana y del ardimiento guerrero que tanto ennoblece aún hoy la memoria de nuestros ascendientes. Esta corta y sencilla historia demuestra cuán vanos son los juicios de los hombres al despreciar y tener en poco las veneradas instituciones de la antigüedad, mirándolas por el prisma de las necesidades actuales cuando todas ellas tuvieron en su origen un firmísimo fundamento, una evidente razón de existir, acompañada casi siempre de los generosos sentimientos del amor a sus semejantes, y del engrandecimiento y gloria de su patria.

No solamente San Bernardo, a quien podemos considerar como al fundador de la milicia del Templo, sino muchos otros santos, y reyes, y papas, prodigaron elogios y distribuyeron recompensas de gran valía a aquellos caballeros y a sus monasterios; en poco tiempo se extendieron por toda la Europa, y en Francia hicieron su natural asiento, opulentos cual los primeros magnates, y poderosos como los más egregios príncipes. Ellos fueron el brazo derecho de los reyes de Jerusalén, por ellos se mantuvo la conquista largo tiempo en los Santos Lugares, y cuando Dios permitió en sus altos e inescrutables juicios que el musulmán volviera a pisar el suelo santificado con los misterios de la redención del linaje humano, reunidos en Chipre, los caballeros todavía pelearon por mar y por tierra contra el turco, llevando siempre por divisa en sus pechos la cruz de Cristo.

Gobernaba la orden un gran maestre, que tanto quiere decir como maestro, cuya autoridad era tan amplia que igualaba, si no superaba, a muchos príncipes temporales, por ser mezcla de temporal y espiritual, dependientes en lo primero de los reyes y en lo segundo de los pontífices: había además maestres provinciales, que no eran otra cosa que los superiores de la orden en los distintos reinos donde estaba constituida, y los maestrazgos se dividían en encomiendas o baylías, y éstas en conventos y castillos. Tanto número, tanto régimen y tanta disciplina, naturalmente, habían de acumular una suma tal de poder a influencia, nociva al Estado y perjudicial al buen gobierno de los ciudadanos. Si a esto se agrega las competencias continuas entre papas y reyes, las arbitrariedades y tiranías de todo poder que no tiene límites ni contrapeso, la ambición desordenada, el éxito feliz de nuevas invasiones, los celos con que los reyes miraban a aquel coloso que amenazaba usurpando las coronas dominar toda la tierra, y por último, los vicios que engendran la holganza, no debemos admirarnos de tan rápida caída, antes bien mirarla como cosa providencial y justo castigo de excesos y demasías.

Si muchos amigos tuvo la orden en la larga y no interrumpida serie de su prosperidad, no le faltaron émulos y adversarios que frecuentemente la combatiesen, y hombres probos y de buena fe que, sacando a luz las miserias de que no estaban exentos, no llevasen otra mira que la del arrepentimiento y la enmienda. A los dos años de muerto San Bernardo, esto es, en el de 1155, cuenta Guillermo de Tiro un hecho que perjudica notablemente la memoria de la orden, y es el siguiente:

Traiciones en los inicios de la Orden del Templo

Parece que los caballeros del Templo aprisionaron a un príncipe musulmán, al cual encontraron solo o poco acompañado, huyendo de venganzas populares. Prométenle la libertad a condición de abrazar el cristianismo. Acepta el partido propuesto, aprende el latín y le instruyen en los dogmas y misterios de la Religión, y pide con instancias ser bautizado; pero en tal situación ajustan los Templarios un vergonzoso tratado con los enemigos de aquel desventurado príncipe, y reciben por cambio de su persona sesenta mil piezas de oro; no hay que decir que la pobre víctima tan traidoramente entregada fue impíamente sacrificada por sus feroces enemigos.

Otro ejemplo del mismo autor. El jefe de los asesinos, el Viejo de la Montaña, de quien todos los soberanos de aquella parle del Asia eran tributarios, lo era él a su vez de tos Templarios, a los cuales pagaba dos mil piezas de oro anualmente. El año de 1173 ocurriósele al Viejo de la Montaña abrazar el cristianismo, quizás por libertarse de tan pesado tributo; con tal motivo envió un embajador al Rey de Jerusalén (Amauri), el cual se alegró en el alma, y para facilitar aquel paso, que consideraba como un bien de inestimable precio, se obligaba a pagar el mismo tributo a los Templarios. El embajador, satisfecho de su comisión, se retiraba ya a dar cuenta cumplida a su mandatario, cuando le asesinaron los Templarios antes de llegar al término de su viaje. Jacobo de Vitri, escritor de mitad del siglo XIII, hace de la orden la pintura siguiente. “Educados en las delicias del Oriente, su orgullo no tiene limites: yo sé, y lo sé de buen origen, que algunos sultanes con sus comensales han sido recibidos en la orden voluntariamente y con ceremonias pomposas, permitiéndoles celebrar sus ritos supersticiosos y su adoración al falso profeta. Los dichos populares le eran contrarios también, y alguno de ellos ha llegado hasta nuestros días. “Boire comme un Templier”: Beber como un templario, era dicho común en Francia, y Trithemo dice que en Alemania, en el siglo XV, casa de templario y casa de prostitución eran sinónimos; y por último, el abate Robrabacher, en su Historia universal de la Iglesia Católica, refiere que aún hoy, en un pueblo de la Lorena, se conserva la tradición de que las solteras y las casadas no tenían honra si pasaban por el sitio en que se hallaba la casa de los Templarios.

Hacia el año de 1273, el Papa S. Gregorio X, meditando sobre los proyectos de reforma de las órdenes religiosas, quiso unir a los Templarios con los de San Juan. En el 1289, Nicolás IV, tuvo el mismo pensamiento, y no estaba lejos de hacer lo mismo Clemente V, cuando estallando de pronto la mina con el descubrimiento de los más atroces delitos, la medida que se adoptó fue más enérgica, según diremos en lugar oportuno.

Templarios en España

Todavía vivía el gran doctor y fundador San Bernardo cuando vinieron a estos reinos los primeros caballeros Templarios, según dice Garibay en sus obras manuscritas. Reinaba en Aragón y Navarra el Rey D. Alonso el Batallador, y en Castilla y León el Rey D. Alonso, llamado el Emperador por sus heroicas hazañas. Fueron acogidos por este príncipe con muestras de grande amor, y con mucha estimación que andaban deseosos de ver la nueva religión que a sus oídos llegara, nunca vista por ellos ni por sus ascendientes. D. Alfonso, admirador de las virtudes y ciencia de San Bernardo, como se demuestra por los muchos monasterios que de la orden del Cister fundó en sus reinos, dio amparo y protección a los caballeros Templarios, aumentándose tan prodigiosamente la tan gloriosa milicia, que a los pocos años era firmísimo baluarte de la fe en las fronteras de Castilla.

En el año de 1150 dio a los caballeros la villa de Calatrava, haciéndoles de ella perpetua donación, para que mediante esto la defendiesen mejor de los moros, poniéndolos por fronteros contra los infieles de Andalucía. Uno de los primeros maestres que tuvo la orden fue D. Gutierre Hermildes, de quien procede el noble linaje de los Nietos de Talavera y de Salamanca, según Garibay, en el lugar citado.

Los trances de armas que pasaron en este tiempo entre los caballeros del Templo y los moros fueron varios y sangrientos, de manera que en los ocho años que poseyeron la villa de Calatrava se aumentó y fortaleció la religión cristiana en aquellos parajes, que vieron como por encanto mudarse la tierra y las costumbres, con fortalezas, hospitales y granjas, donde antes estaba yerma y solitaria. En el año de 1157 murió D. Alonso volviendo victorioso de la guerra de los moros, y por los grandes castos que requería la conservación de Calatrava y su dilatado alfoz, no pudiendo los caballeros Templarios sufragarlos por más tiempo, la restituyeron a D. Sancho, primogénito de aquel Rey de Castilla y de Toledo, segundo del nombre, llamado el Deseado. Vinieron entonces contra la villa de Calatrava multitud de moros de la parte de Andalucía y del África, y encargado de su defensa Fray Ramón, abad del monasterio de Fitero, de la orden del Cister, se hubo tan bien en ella, que el Rey le concedió la villa perpetuamente, y de aquí tuvo origen y principio la caballería de Calatrava, cuyas hazañas, andando los tiempos, inmortalizó la fama. Murió el Rey D. Sancho, sucediendo en el reino su único hijo D. Alonso a la edad tierna de cuatro años. Sus tutorías fueron causa de alborotos, tumultos y peleas entre los condes y grandes de la corte, de manera que en todo este tiempo la orden del Templo progresó poco, más atentos los que mandaban al engrandecimiento propio que al aumento y prosperidad de extraños aunque gloriosos institutos.

Hubo además otra causa muy poderosa en los tiempos de que hablamos para que la orden del Templo no tomase en España, y sobre todo en Castilla, el rápido incremento que tomó en el Oriente y después en Francia. Creían, y con razón, que era una orden extranjera, y veían que era mas fácil erigir en Castilla otras de igual índole, aunque con advocación, estatutos y maestres naturales de los reinos: así lo hicieron, dando lugar por estos tiempos a las órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, de manera que el objeto principal de la del Templo, cual era el de pelear por la fe de Cristo, estaba cumplido, y además el de mirar por el lustre del nombre castellano, pues aquellos caballeros venidos del Oriente volvían sin cesar los ojos hacia la parte donde tenían la cuna de su origen y el maestre que los mandaba. A pesar de todo la costumbre era tan poderosa, el deseo de pelear contra los enemigos de la fe tan vivo, y las ideas de la comunidad y de vivir a su sombra tan en auge, que si no tanto como en otras partes de la cristiandad, en donde no existían las razones expuestas, creció la orden y se extendió más que todas las otras militares, y lo bastante para ser envidiada por su poder y las riquezas que en poco tiempo adquirieron sus adeptos.

El monasterio de Santa María de Montalbán, diócesis de Toledo, fue uno de los primeros que tuvieron en Castilla, situado a distancia de dos leguas de la Puebla del mismo nombre y a media de su fuerte castillo; y parece cosa muy natural que fuera quizás el primero por ser aquel sitio el más expuesto a las correrías de los moros. A poco tiempo de esto tenían ya el de San Benito de Torija en la misma diócesis, el de San Juan de Otero en la de Osma, y el de San Juan de Dios en la de Valladolid. Esto en Castilla: en el de León el de San Salvador de Toro, diócesis de Zamora; los cuales se fundaron y edificaron en el pontificado de Alejandro III, que falleció en el año de 1181.

Tuvo después la orden otro en Torquemada, diócesis de Palencia, y un priorato en Palenzuela, y andando los tiempos tuvo hasta doce conventos en toda España, lo cual prueba el mucho poder y la grande extensión de su dominación, pues cuando las demás órdenes militares no tenían más que una casa, a excepción de la de Santiago que tuvo dos, Uclés y San Marcos de León, y después tres con la de Sevilla, los Templarios tuvieron doce, lo que prueba los muchos caballeros que había alistados en su milicia y el gran poder que alcanzaron casi a los primeros años de la fundación de su orden.

Los Templarios españoles derraman torrentes de sangre en la batalla

Siempre en guerra con los moros, los Templarios residentes en España sirvieron a sus reyes derramando a torrentes la sangre y tolerando con grande esfuerzo de ánimo muchos trabajos. Se hallaron en la desgraciada jornada de Alarcos, en la cual de nada valió su ardimiento y fiereza en el combatir. Más felices en la de las Navas, el 16 de julio de 1212, asistió su maestre provincial D. Garcés Ramírez al ilustre Rey Don Alfonso, y después que aquel murió, sucedióle D. Pedro Abitin, y en 1218 estaba en el concurso que en Ciudad Rodrigo celebraron los maestres de Calatrava y Pereyro, reinando ya en Castilla el santo Rey D. Fernando III, al cual sirvieron él y sus generosos y valerosos caballeros en las grandes guerras de la restauración de la provincia de Andalucía, en los duros y difíciles cercos de sus muchas y muy grandes ciudades, villas y castillos, y en otros trances, reencuentros y batallas.

Lo mismo hicieron en las guerras de la recuperación de la provincia de Extremadura, sacándola del poder de los infieles, ya en tiempo de D. Fernando, ya en el de su hijo D. Alonso el X, hasta que toda aquella ferocísima tierra volvió a poder de príncipes cristianos con grande aumento y exaltación de la santa fe católica. Mucho ayudaron también al Rey San Fernando en la toma de Sevilla, y el maestre, que a la sazón era D. Martín Martínez, quedó bien heredado en tierras y olivares. No menos útil fue la orden a D. Alonso el Sabio, cuando, infante todavía, redujo a la obediencia de los reyes de Castilla el reino de Murcia, tomándolo de los moros. Desde entonces nunca olvidó a la orden del Templo, siempre le fue propicio y en todas ocasiones le dio pruebas de su amor y generosidad, hasta el punto de hacer de ella mención en el codicilo que otorgó en Sevilla el año de 1284, diciendo que ella era el origen de todas las demás. Con tales patronos no era extraño que creciese el número de sus caballeros y se aumentase su crédito; y a tal punto es esto cierto que, con el discurso del tiempo, llegaron a tener en Castilla y León las encomiendas siguientes: la de Haro, Amoferd, Goya, San Feliz, Canabal, Neyras, Villapalmas, Mayorga, Santa María de Villasirga, Villa Rodrigo, Safines, Alanadre, Caravaca, Capilla, Villalpando, San Pedro, Zamora, Medina, Bustoso, Salamanca, Alconera, Esares, Ciudad Rodrigo, Ventosa, casas de Sevilla, casas de Córdoba, Talavera, Benavente, Junco, Casas de Cebolla y Villalva, perteneciente a la baylia de Montalván, Bañuela, Fregenal y otras, y algunos hospitales y otros muchos bienes. También tuvo la orden de que vamos hablando en Portugal muy gran patrimonio, que lo componían las baylías de Thomares, Arguin, Castro Marín, Olallas, Castelnuovo, Castillejo, Sanacheira, Pruços, Segura, Lardosa, Derosmaurchal y otras; estaban sus caballeros al principio bajo la obediencia del maestre provincial de Castilla, y a no ser porque los reyes tenían que atender a los servicios que prestaban las otras órdenes militares de más reciente institución, hubiera la del Templo igualado, si no excedido, a las de otras provincias, como por ejemplo la de Francia, que alcanzó tan grande superioridad, que sólo puede compararse con el abatimiento y miseria a que llegó después de su desgracia.

Maestrazgos de Castilla y Aragón

La orden del Templo en España estaba dividida en dos grandes maestrazgos para su mejor gobierno y administración: el primero era el de Castilla, que comprendía además los reinos de León y de Portugal, y el segundo el de Aragón, Valencia y Cataluña, ambos con la debida sumisión y obediencia al maestre general; pero los superiores en uno y otro reino se llamaban maestres. Gozaban de los privilegios de ricos hombres; así es que sus firmas aparecen en las confirmaciones de los que los reyes otorgaban juntamente con los de Santiago, Calatrava y Alcántara. Dice Garibay que si hubiera de confirmar el maestre general, precediera a todos en el catálogo, así por ser la orden del Templo más antigua en fundación y aprobación por la Iglesia, como por ser universal y la más rica y poderosa de todas por mar y por tierra. Su gran maestre era el mayor señor de toda la cristiandad, después de las personas reales, muy venerado de los sumos pontífices, con copiosas gracias y privilegios, y no menos respetado y estimado de los emperadores y reyes fieles e infieles. Precedían en todo por estas consideraciones a los maestres de las órdenes de San Juan de Jerusalén, San Lázaro y Santa María de los Teutónicos.

Después de la muerte del santo Rey D. Fernando continuaron los caballeros Templarios, en los tiempos de su hijo el Rey D. Alfonso el Sabio, defendiendo las fronteras del reino de Granada, siendo su maestre en estos reinos D. Martín Núñez, el cual gozaba en ellos del honor de rico hombre como aparece de varios privilegios, uno de ellos dado en Toledo a 6 de febrero de 1260, para que los caballeros, escuderos, hidalgos y dueñas, vecinos de la misma ciudad y muzárabes de ella, a quienes ciñesen espada los del linaje del mismo Rey o sus ricos hombres, gozasen de la exención del pecho llamado moneda, y otro en San Esteban de Iznatoraf, llamado hoy del Puerto, variando el nombre de Arrasate en el de Mondragón a la villa de Guipúzcoa. Y ambos dicen: D. Martín Núñez confirma, y lo mismo acontece en los privilegios del año de 1262. Sucedió en el maestrazgo a D. Martín D. Garcés Fernández Manrique, según consta por otro privilegio dado en Sevilla a 16 de diciembre de 1279, dando la villa y castillo de Almonaster y el lugar de Zalamea a la iglesia metropolitana de la misma ciudad; dice: D. Garcés Fernández, maestre del Templo, confirma.

Cuando el infante D. Sancho se alzó con el reino en contra del Rey su padre, los caballeros Templarios siguieron en servicio de D. Alfonso por el mucho amor que le tenían, al cual correspondió siempre, y en el privilegio que concedió a Sevilla en 1.° de septiembre de 1283, confirmando a la misma ciudad los que tenía, dice que lo confirman los que estaban con él en el levantamiento de la tierra, y cita entre otros a D. Juan Fernández, maestre de la orden del Templo. Confiesa el Rey en su codicilo otorgado en el año de 1284, más arriba citado, lo mucho que miraba por la orden del Templo, mandando que su corazón fuese llevado a enterrar a la Tierra Santa, al Monte Calvario, y determinó que D. Fray Juan y los otros tuviesen la voz del maestre del Templo en Castilla y León y Portugal. Manda a esta religión sus camas y mil marcos de plata de limosna para decirle misas en el Santo Sepulcro cuando se ganase de los infieles, o donde en otra parte fuese enterrado su corazón, haciendo en todo gran confianza del maestre y caballeros con palabras do mucho encarecimiento.

Reinando su hijo D. Sancho IV, parece por sus instrumentos que estos caballeros tuvieron por superior en los reinos en algún tiempo a los comendadores mayores en lugar de los maestres provinciales, siendo de los que gozaron en ellos de este título, con el honor de rico hombre, D. Gómez García, como parece por dos privilegios, el primero dado en Soria a 14 de febrero de 1285, en el primero de su reinado, y el segundo en Palencia, a 10 de diciembre del año siguiente de 1286, dando las villas de Cerezo y Grañón en la Rioja a D. Diego López de Haro, alférez mayor suyo, que después fue señor de Vizcaya, poblador de Bilbao. Dice en ambos: D. Gómez García, comendador mayor del Temple, confirma. Después, y en vida del rey, vuelven a denominarse maestres los superiores de la orden; así es que en el privilegio que lleva la fecha de 1289, confirmando a la ciudad de Toledo en 18 de diciembre sus fueros, se lee la firma de Gonzalo Ibáñez con el dictado de maestre del Temple. Ambos títulos de maestre y comendador mayor eran una misma dignidad, y así los dos eran llamados en latín magnos preceptores.

En el reinado de D. Fernando IV, y en los muchos privilegios rodados que hemos compilado en la colección diplomática, vemos a D. Gonzalo Yáñez confirmador en cinco. El primero confirma los de Sevilla, es del primer año del reinado, 1295, y se estampa a la página 17 de la Colección; el segundo a 16 de junio, y es una merced concedida a la ciudad de Palencia, y con equivocación del nombre y apellido del maestre, pues dice Pedro debiendo decir Gonzalo Yáñez, página 90. El tercero es la concesión de feria a la ciudad de Palencia, junio 30, 1296, página 92. El cuarto, merced a Don García Fernández de Villamayor, enero 2, 1257, página 113. El quinto la donación que el rey hizo de Alarcón a D. Juan Manuel por haber perdido a Elche, marzo 26, 1297, página 120; y el sexto, gracias y mercedes al obispo de Osma, 10 de octubre de 1298, pág. 121. Desde esta fecha, aunque hasta el año de 1307 se conservó íntegra la orden, no aparece confirmación alguna de su maestre en ninguno de los muchos privilegios que hemos visto y que se insertan en la Colección diplomática. En ella están los nombres como confirmadores de los maestres de Santiago, Calatrava y Alcántara, y el prior del Hospital; pero se omite el de los Templarios, sin que sepamos el porqué de esta falta, pues la orden estuvo siempre al servicio del Rey.

La declaración de dos presos inicia el fin de los Templarios

Llegaron por fin para la orden del Templo los tiempos de las tribulaciones, la época del infortunio, el día de su tremendo castigo. Ya no hay que contar los encuentros famosos ni las batallas peleadas contra los enemigos de la Fe; ahora, cambiando la historia de colores, pintará con las más negras tintas cuanto de bajo y odioso y deforme tiene el corazón del hombre; las más abyectas confesiones de crímenes y vicios vergonzosos, retractaciones humildes, miedo a los suplicios y a los tormentos, con los cuales la bárbara legislación de los tiempos pasados oscurecía la verdad. Drama terrible, en el cual Dios castigó la grandeza de aquella gente soberbia, que separada completamente del sendero que les marcara su gloriosa enseña, de la cima de su poder cayeron en el hondo abismo de su miseria.

De dos maneras se cuenta el descubrimiento providencial de los errores, crímenes, herejías y vicios cometidos por aquellos caballeros que vestían un blanco traje talar en señal de su pureza, y que por lo visto servía sólo para ocultar la podredumbre de sus corazones.

Según Juan Vilani y otros autores tuvo su origen aquel tan famoso descubrimiento en las viles delaciones de dos Templarios, a quienes el gran maestre condenara a crecidas penas por sus crímenes. Era uno el prior de Montfaucon de la provincia de Tolosa, y el otro Noffodei, florentino; los cuales procuraban por tales medios, o adquirir su libertad ó consumar su venganza. La historia de Clemente V, escrita por Amauri, prior de Santa María de Aspiran, lo cuenta de la manera siguiente:

Estaban juntos en un calabozo de Tolosa dos criminales, uno de ellos era un templario y otro un natural de Beziers en Francia. Esperaban ambos día por día su sentencia de muerte, y a semejanza de los marineros que en los días de fortuna en la mar no tienen momento seguro, se confesaron recíprocamente. Parece que el caballero de la orden del Templo confesó arrodillado a los pies de su compañero los enormes delitos de que después se acusó a sus correligionarios, y éste, que por lo visto era poco escrupuloso, contó avezado que estaba a toda clase de crímenes, creyó, y no se engañó, haber encontrado un tesoro, comprando su libertad a costa de una infamia. Al día siguiente de la confesión Squino de Florian, que así se llamaba el de Beziers, llamó a un dependiente del gobierno militar del punto en que estaba detenido y le dijo que poseía un secreto, de naturaleza tan grave, que sólo al mismo rey lo podía confiar. La curiosidad por una parte, y por otra la razón de Estado, hicieron que el rey llamase a su presencia al miserable, y conducido por buena escolta refirió al monarca la confesión del templario, con lo cual mandados por él examinar otros de la orden, se halló la confesión del apóstata naturalmente confirmada. En el fondo del asunto, estas dos versiones tienen grande analogía; y sea cierta la una o la otra, el hecho es que el Rey de Francia fue el primero que tuvo noticia de tan grave asunto, siendo muy laudable la determinación que tomó de consultar con el Papa, lo que debía hacerse, atendiendo al carácter religioso de la orden del Templo. Hizo el rey al Papa la consulta en Lyón en el año de 1305, y en Poitiers en el año de 1307; pero como el secreto ya no lo era por haberse divulgado lo que tanto importaba ocultar, llegó a oídos del gran maestre y de los principales comendadores de la orden, los cuales, juzgándose heridos en su fama y en su honra, acudieron al Papa en queja, solicitando una pesquisa o información que pusiese a salvo la reputación de que gozaban. Muy natural creyó el Pontífice ser el paso de los Templarios, y como por otra parte había calificado de absurda la acusación por lo enorme, ofreció al rey en carta de 25 de agosto del año de 1307, empezar lo más pronto posible la información, para lo cual le pedía a Felipe instrucciones y noticias acerca del asunto.

Su confesor, inquisidor y fraile dominico, le estimulaba a comenzar por medio de su autoridad y jurisdicción real el procedimiento contra los Templarios, y el rey no necesitaba tampoco aguijón, pues recelaba que hecho más público de lo que ya estaba el secreto, peligrase su vida o su corona, siendo los caballeros muchos en número y muy ricos, con fortalezas y castillos en lodo el ámbito del reino, enlazados con las primeras familias, y con elementos de todo género para resistir. Estos temores no eran infundados, pues ya se susurraba que muchos disponían de sus bienes, y que otros se preparaban a salir del reino huyendo de los rigores que con razón esperaban y temían.

El rey no esperó más; después de oír a una junta compuesta de teólogos dio con reserva sus terminantes órdenes para que en un día y a una hora misma se procediese en todo el reino a la captura de los Templarios y ocupación de sus castillos y fortalezas: todos cayeron en la red con tanta maña tendida, hasta el mismo gran maestre, que había llegado pocos días antes de Chipre con sesenta caballeros más, parte muy selecta de la orden. El día 13 de octubre de 1307 tuvo lugar este importantísimo acaecimiento, prólogo del largo y complicado proceso que vamos a referir.

Juan, canónigo de San Víctor, testigo presencial, o a lo menos contemporáneo, cuenta el suceso de la manera siguiente:

“En un mismo día se ejecutó la orden del rey contra los Templarios. El gran maestre había vuelto a París desde Poitiers, donde había conferenciado con el Papa. Algunos cardenales estaban en el secreto, y estimulaban al rey a que tomase aquella rigorosa medida. Sorprendió esta a todo el mundo, creyendo ser cosa de la corte romana de acuerdo con el monarca, y ejecutada por Guillermo de Nogaret y Reynaldo de Roye. El rey mandó que fuesen custodiadas por guardias fieles las casas de los Templarios, para que en todo tiempo le diesen estrecha cuenta de cuanto en ellas se contenía y de los bienes inmuebles que poseían. Las causas de su prisión, herejía, blasfemia, menosprecio de Jesucristo y de su santa religión, e impurezas que estremece sólo el contarlas: cosas descubiertas ya hacia algún tiempo por personas notables, y otras que lo eran menos, y habían sido Templarios, a las cuales prendió Nogaret para que en su día depusiesen como testigos. Estos, a quienes se puede dar el dictado de acusadores, fueron custodiados en Corbeil, y mantenidos en estrecha incomunicación por la orden terminante del confesor del rey, el dominico padre Imbert. Al día siguiente, esto es, el 14 de octubre de 1307, se celebró grande asamblea en el capítulo de la catedral, al que asistieron los doctores de la universidad, los canónigos, Guillermo de Nogaret, el preboste de París y muchos oficiales del rey. El señor de Nogaret, encargado principalmente de la prisión de los Templarios, contó menudamente el caso y refirió los cinco capítulos principales de la acusación que contra aquellos fulminaban los acusadores. Al dia siguiente, 15 del mismo mes y año, el rey convocó a todo el clero de París y al pueblo de las parroquias, y reunidos en el jardín de su palacio les dijo cómo y por qué había preso a los Templarios, con el objeto de prevenir cualquiera opinión equivocada, temiendo a la mucha consideración de que disfrutaban a causa de sus riquezas y dignidades.” Hasta aquí Juan de San Víctor.

Deseando el rey llevar adelante el procedimiento e instado vivamente para ello, sin consultar con el Papa y como protector de la fe, dio comisión al fraile dominico, su confesor Guillermo de París, para que abriese un sumario en el que fuesen recibidas las declaraciones de los Templarios presos o detenidos en París: asistieran al confesor varios testigos rogados, y todo pasó ante la presencia de dos notarios, que dan fe de las actuaciones. Examinó Guillermo 140 testigos; la mayor parte estuvieron contestes acerca de los cuatro capítulos sobre que fueron interrogados, a saber:

Las cuatro principales imputaciones a la Orden del Templo

Primero.- Si al entrar en la orden, el recipiendario les imponía la obligación de renegar de Jesucristo y les mandaba escupir a la santa cruz que de manifiesto y para este acto tenían delante.

Segundo.- Si era cierto que recomendándoles la castidad con respecto a las mujeres, les inducían a la sodomía, como cosa lícita, y si a su entrada o recibimiento habían seguido inmediatamente actos deshonestos y pecaminosos.

Tercero.- Si era cierto que la comunidad tenía un ídolo, al cual adoraban en los capítulos.

Cuarto.- Y si sabían si la orden tenia algún estatuto o reglamento secreto que previniese estas u otras prácticas.

Todos confesaron la primera y segunda pregunta, variando sólo en algunas particularidades poco dignas de tenerse en cuenta para la consecuencia final de la absolución o condenación de la orden. Unos dijeron que inmediatamente después de ser recibidos les inducían a cometer las herejías, otros que los llevaban detrás del altar, algunos que a una capilla secreta. Casi todos confiesan que el primer momento es de estupor, muchos se niegan y sólo obedecen en fuerza de las amenazas: hay quien no pudiendo resistir la terrible impresión, cae al suelo como herido de un rayo; protestan unos contra su entrada en la orden, y otros se confiesan con frailes de otras órdenes o con obispos, y recobran sus conciencias la tranquilidad perdida por medio de estas parciales absoluciones, una vez la penitencia cumplida. Casi todos por lo regular obedecen, pero ex ore, non ex corde; esto al renegar de Jesucristo.

En cuanto al escupir sobre la cruz, muchos confiesan haberlo hecho juxt, non supra. La segunda pregunta está contestada por todos, aunque salvando sus personas; solamente hay dos testigos que la absuelven en contra suya, citando al cómplice, que era nada menos que el maestre.

En cuanto a la tercera pregunta pocos la absuelven, pero ninguno la niega; dicen que la ignoran.

A la cuarta casi lodos se muestran ignorantes. Estas declaraciones, recibidas en París por Guillermo, el confesor del rey, fueron libres y espontáneas; no precedió a ellas tormento ni sugestión; son simples las preguntas, y más bien se nota que hay prisa a inquietud en despachar cuanto antes el sumario, que no ira ni deseo de buscar y agravar la culpabilidad en ciertos y determinados sujetos. Hay algunas declaraciones curiosas, que a la letra copiamos a insertamos en los apéndices que lleva esta ilustración, entre ellas la del gran maestre Jacobo Malai, Hugo de Paraudo, Alberto de Bumencourt, y otras que contienen alguna singularidad, dan más luz, o por el carácter del declarante prestan mayor firmeza. Hemos visto todo el proceso y leído una por una todas las declaraciones, y admira en unos la sumisión, en otros la estupidez, en muchos el miedo y en algunos pocos la admiración y aun la ira de verse engañados y ultrajados en su dignidad de caballeros y de hombres.

El sumario se extendió a todas las provincias, pero no se hizo con tanta prontitud que el Papa dejase de saberlo y detuviese las informaciones para darle otro giro a aquel asunto gravísimo, que tanto interesaba a la Iglesia y a toda la cristiandad. Letras sobre letras fueron dirigidas al rey por la santidad de Clemente V, en las cuales se inculcaba la doctrina de que siendo la orden del Templo un cuerpo religioso, sólo el Papa podía juzgar a los caballeros, y de ninguna manera la justicia del Rey, que visiblemente había traspasado sus limites prendiendo a los Templarios, secuestrándoles los bienes y limándoles declaraciones para proceder a ulteriores determinaciones; y contra el que más mostraba sus iras la corte pontificia era contra el confesor Guillermo de París y contra varios obispos, que obedeciendo las órdenes del rey habían abierto proceso en sus diócesis contra los delincuentes. Felipe contestó al Papa que en su calidad de protector de la Iglesia no podía mirar con indiferencia los progresos de la herejía, que tantas raíces había echado en aquella infame orden; que debía prevenir los complots que ya empezaban a formarse entre sus miembros para burlar el fin laudable de su justicia, que no era otro que el castigo de los horrendos crímenes cometidos a la sombra de la virtud en aquellos monasterios, que debieron ser siempre asilos de austera religión; que ya empezaban las intrigas, se urdían las tramas, se buscaban protectores y comenzaban las retractaciones, y que a todo esto daban pábulo las lentitudes con que en materia tan grave y que tanta celeridad exigía procedía el sumo pontífice, más atento a disminuir las faltas de los eclesiásticos que a castigar los delitos de súbditos infieles.

Sin embargo, el rey de Francia, no queriendo romper abiertamente con el Papa, ni aparecer como delator, escribió a Su Santidad el 24 de diciembre de 1307, diciéndole, que consentía en todo lo que le había propuesto, y que no siendo su intención menoscabar en lo mas mínimo los derechos de la Iglesia, ni renunciar a los que a su corona pertenecían, había entregado las personas de los Templarios a los cardenales legados, que traían el encargo de formar los procesos; y que en cuanto a los bienes tanto muebles como inmuebles, los había puesto a buen recaudo, y no en manos de sus intendentes, sino en el de personas abonadas que sabrían de ellos dar buena cuenta.

No contento el rey con esta carta, y aspirando a la nota de imparcial en el proceso comenzado, dispuso que varios de los presos fuesen conducidos a Poitiers a la presencia del Papa, y allí interrogados, una y otra vez, sobre los delitos de la orden. ¡Cuál fue la admiración del sumo pontífice y de los cardenales, cuando en pleno consistorio aquellos desgraciados ratificaron libremente y sin premio la confesión que habían hecho ante Guillermo de París pocos días antes! Hasta un caballero doméstico de Su Santidad confesó todas las abominaciones de que la orden era culpable, y él mismo uno de los cómplices. Convencido Clemente más de lo que quisiera de la verdad de las delaciones hechas contra la orden religiosa del Templo, expidió su bula que lleva la fecha del 5 julio de 1308 en Poitiers, y en ella alza la suspensión de los procedimientos, manda que sigan, con toda la posible celeridad, encomienda a los obispos y a los inquisidores su prosecución, reservando el fallo canónico para los concilios provinciales que debían celebrar los metropolitanos, juzgando sólo de los acusados de su diócesis, y de ninguna manera de la orden entera, por tocar esto a la santidad de la silla apostólica, así como las causas o procesos contra el gran maestre o maestres provinciales. Por otra bula, dada inmediatamente después de la anterior, el Papa asociaba a los obispos para los casos de herejía dos religiosos dominicos y otros dos franciscanos. Por último, Su Santidad se congratulaba por la manera franca, deferente y benévola con que el rey de Francia, teniendo en cuenta los respetos debidos a la Santa Sede, había aceptado sus consejos, y arreglado a ellos su conducta.

Convencido ya por sí mismo el sumo pontífice de la culpabilidad de los acusados, y tranquila su conciencia con la declaración conforme de sesenta y dos caballeros, dirigió sus letras apostólicas al regente del reino de Chipre, y a todos los príncipes de la cristiandad en cuyos estados existía la orden del Templo, para que procediesen a la prisión de los caballeros y embargo de los bienes de la comunidad, con un interrogatorio de catorce capítulos, al tenor del cual debían ser preguntados los presuntos reos por medio de comisarios que nombraba, celebrando y encareciendo mucho la piedad de Felipe y su exquisita diligencia, por cuyo medio había querido Dios descubrir tan grandes maldades tiempo hacía ocultas, y ahora reveladas, para hacer resaltar más y más su inmenso poder. Los capítulos del interrogatorio eran el resumen verídico y exacto de las declaraciones de los Templarios.

Felipe el Hermoso realiza un sondeo popular antes de actuar contra el Templo

El rey de Francia, mientras esto pasaba en Poitiers, no se descuidaba, celoso por una parte de sus prerrogativas, y no queriendo por otra abandonar, un procedimiento por él incoado, y al cual habían dado margen su celo por la religión y el sentimiento de justicia que abrigaba en su corazón; así es que lo consultó al claustro de teología de la universidad de París, el cual dio un dictamen favorable al Papa, diciendo que un príncipe lego no podía conocer del delito de herejía, ni de los crímenes religiosos, y que los Templarios por ser militares no estaban exentos del fuero de la Iglesia. Muy de concierto hasta ahora caminaban el Papa y el rey de Francia en un asunto cuya fama, difundida ya por toda la cristiandad, tenía en suspenso a las gentes y divididas las opiniones como en casos tales acontece. Felipe el Hermoso, que hasta este momento había procedido con la mayor cordura, quiso oír el dictamen de su parlamento, y mandó reunirlo en Tours antes de abocarse con el sumo pontífice por segunda vez, para tratar de lo que a todos traía tan inquietos. Este parlamento no fue como muchos otros, una reunión de magistrados más o menos díscolos, mejor o peor avenidos con la corte, negándose o prestándose a registrar los edictos reales; este parlamento se asemejó mucho a unos estados generales, pues a él fueron convocados todos los diputados de las ciudades y villas de Francia, nobles y plebeyos, clérigos y legos. “Porque Felipe, dice Juan de San Víctor, para dar un claro testimonio de la lealtad de sus intenciones y de la discreción de su conducta, quiso averiguar el parecer de sus súbditos de toda clase y condición; así es que no solamente oyó el consejo de los nobles y el de los eclesiásticos, sino también el de los legos y el del pueblo. Todos los diputados reunidos en Tours en el mes de mayo de 1308, después de oídas las deposiciones de los Templarios, juzgaron que debían ser condenados a muerte.”

Este parecer era conforme a la tradición de los parlamentos, y a la norma de su jurisprudencia, que nunca fue otra que la de defender a todo trance las regalías de la corona de las invasiones de la corte romana. Sigue Juan de San Vicente:

“El rey requirió a los principales doctores de la universidad de Paris para que le remitiesen la sentencia o censura contra los Templarios, juntamente con la confesión del gran maestre y los principales comendadores. La universidad, con presencia de un notario, copió las confesiones, y las remitió al rey con la copia de una carta circular escrita por el gran maestre a todos los caballeros, en la cual les prevenía que siguiesen su ejemplo, confesando sus culpas toda vez que habían sido seducidos por antiguos errores. La universidad acompañaba a estos interesantes documentos su parecer en el asunto, y era el siguiente:

“Sólo la Santa Sede tiene derecho a juzgar de los asuntos religiosos, de las herejías o de los grandes crímenes”.

El Papa y el rey celebraron nuevas vistas en Poitiers, y en presencia de varios cardenales y doctores, acordaron unánimemente que los bienes de los Templarios quedasen en poder de los oficiales del rey hasta nueva orden. En cuanto a las personas, se determinó que el rey las custodiase sin imponerles pena hasta la resolución del futuro concilio general que debía celebrarse en Viena de Francia el año de 1310.

No pudo el Papa, como deseaba, y como explícitamente lo decía en sus cartas dirigidas a toda la cristiandad, recibir personalmente las declaraciones del gran maestre y de otros cuatro principales de la orden, por ser comendadores o preceptores, pues dolientes a causa de las prisiones y trabajos sufridos, no podían ir a Poitiers: en tal caso, Clemente dio el delicado encargo a tres cardenales, los cuales, trasladados a Chinon, residencia de los reos, fueron oídos y examinados al tenor del interrogatorio antes publicado y circulado; todos estuvieron conformes en sus primeras declaraciones, ratificándolas de nuevo, incluso el gran maestre; todos abjuraron la herejía y pidieron humildemente la absolución, con el firme propósito de cumplir la penitencia que la Santa Sede quisiera imponerles. Los comisarios absolvieron a los dichos de las censuras, en vista de las muestras de arrepentimiento que dieron, sobre todo el gran maestre, Hugo de Peralde, y el gran comendador de Chipre, de quienes hacen especial mención.

Llegó ya el gran día en que el Papa nombrase los comisarios que debían instruir el proceso contra los Templarios del mundo Cristiano; nombró para ello por sus letras apostólicas a los metropolitanos de las provincias, y en Paris al arzobispo Narbonense, a los obispos Bajosense, Mimatense y Lemovicense, a Mateo de Ñapóles, Juan de Mantua, Juan de Montaur, arcedianos de Rouen, de Trento y de Maguelone, y a Guillermo Agarni, prepósito de Aix. En la bula que les dirige, y que encabeza el proceso y empieza: “Fascines misereicordiamcum servo suo”, el Santo Padre refiere menudamente cuanto hasta entonces se había averiguado de los delitos de los Templarios, sus declaraciones, lo que su misma santidad había oído de los acusados, y no termina la bula sin hacer elogios merecidos del rey de Francia.

Instalada la comisión, citaron a todos los Templarios de Francia a comparecer en su presencia, y el 22 de septiembre, del año de 1309, los comisarios celebraron su primera sesión con todo el aparato y las augustas formalidades de los tribunales de justicia, en una de las salas del palacio episcopal de París. Es curiosa la primera declaración que recibieron, y que por lo mismo copiamos a continuación, sin perjuicio de hacerlo de otros documentos en los apéndices.

“Eadem die Sabali, supradicti dominis commisariis existentibus in camera Episcopalis, et pro Tribunali sedentibus, venit quidam in habitu seculari ad presenciam corumdem, qui dicebatur venire pro facto dictorum templariorum. Interrogatus ab eis, de nomine, condicione, et causa advenlus ejusdem, respondit quod vocabatur Joannes de Melot, et quod erat diocesis Bisutenensis, et exhibuit quoddam sigillum in quo predictum nomen videbatur esse scullum, quod sigillum asserebat esse suum. Dixit etiam se fuisse de ordine Templi, el habitum ejusdem ordinis decem annis portasse, et se exivisse de eodem ordine, et quod nunquam, in anima et fide sua jurans, viderat, nec audiverat, nec sciverat aliquod malum de ordine supradicto. Dixit etiam, quod venerat ad dictos dominos commisarios, paratus facere et sigillare quisquid vellent. Interrogatus a dictis dominis commisariis, si venerat ad defendendum dictum ordinem Templi, et si volebat eum defendere quod diceret eis, quia parati erat benigne audire eumdem, respondit quod non venerat nisi ad illa que supradixit, et quod volebat scire quod fieret de ordine supradicto, et quod nolebat defendere ordinem supradiclum, instans paene ipsos dominos commisarios, quod ordinaret de eo illud quod vellent, et quod facerent sibi ministrari vitam, cum pauper esset. El quia fuit visum eisdem dominis commisariis, ex aspectu et consideratione persone suae, actuum, gestuum, et loquela, quod erat valde simplex, vel fatuus, et non bene compos mentis suae, non prosesserunt ulterius cum codem, sed suaserunt quod iret ad predictum dominum Episcopum Parisiensem, ad quem pertinebat recipere tales fratres fugitivos in sua diocesi Parisiensi, et quod sibi exponeret factum suum, et ipse benigno audiret eundem, et de eo disponeret el ordinaret, ut existimabant, quoad victum et alia, quod servatur in aliis fratribus dicti ordinis fugitivis, et sic recessit ad presentiam eorumdem.”

No empezaba mal la comisión, juicios inescrutables de Dios; el proceso tan preñado de desgracias, preliminar necesario de la extinción de una orden que había con la fama de sus caballeros llenado los ámbitos del mundo, empezaba por la declaración de un loco.

El Papa Clemente delimita las responsabilidades eclesiásticas

El Papa, por sus letras apostólicas, daba a entender, con sobra de claridad, que en las pesquisas que de su orden mandó hacer en toda la cristiandad, y muy particularmente en Francia, sólo llevaba por objeto instruir un sumario sobre la inocencia o culpabilidad de la orden, para que el congreso convocado para Viena pudiera dar con conocimiento de causa su fallo absolutorio o condenatorio; pero en esta decisión, que sólo lastimaba a la orden, no estaba comprendida la jurisdicción que sobre las personas tenían los obispos y concilios provinciales, a quienes incumbía juzgar los delitos de herejía. Más de una vez los comisarios del Papa en París hicieron presente esta doctrina a los que declaraban, y no perdonaron medio de buscar defensores para la orden, preguntando a todos si querían serlo y ofreciéndoles, en caso afirmativo, ayuda, protección, inmunidad y libertad. Una de las declaraciones más importantes que los comisarios recibieron, fue la de Jacobo Molai, gran maestre de la orden. Este caballero había dado su primera declaración ante Guillermo de París, confesando de plano todos los cargos que se le habían hecho; además, cuando la universidad remitió al rey copia de todo lo actuado para que sirviese de conocimiento al parlamento de Tours, remitió también una carta circular del maestre a los Templarios, exhortándolos a decir la verdad, como él lo había hecho, confesando antiguos pecados, hijos de corruptelas introducidas en la orden.

Cuando interrogado en Chinon por los cardenales delegados por el Papa, confesó sus pecados y pidió la absolución de las censuras, que le fue otorgada. Y ahora, al leerle la bula de Su Santidad, en la cual se refería toda esta larga y lamentable historia, admirado y aun horrorizado, exclamó:

“Producendo his signum crucis coram facie sua et in aliis signis pretendere videbatur, se esse valde stupefactum de hiis que continebantur super predicta confessione sua, et aliis in literis apostolicis supra dictis), dicens inter alia, quod si dicti Domini Comisarii fuissent alii quibus liceret hoc audiret, ipse diceret aliud. Et cum fuisset responsum eidem, per dictos commisarios, quod ipsi non erant at recipiendum vadium duelli, subjunxit dictus Magister, quod non intendebat dicere de hoc, sed placert Deo quod illud quod observatur a Sarracenis et Tartaris, observaretur contra tales perversos in hoc casu, nan dicti Sarraceni et Tartari abscindunt caput pervertis inventis; vel scindunt eos per medium. Et tum fuit subjunctum per dictos dominos comisarios, quod Eclesia illos qui inveniebantur heretici, judicabat hereticos, el obstinatos relinquebat curie seculari”.

Causa grande admiración el ver al maestre confesar por dos o tres veces los delitos de que se acusaba a toda la orden, y negarlos tan de repente y tan audazmente a los comisarios del Papa. Por desgracia son tales las contradicciones en la conducta de este dignatario hasta su desgraciada muerte, que más y más testifican la verdad de sus primeras declaraciones, o lo que es lo mismo, su propia culpabilidad y la de sus compañeros.

Querían los comisarios que dijese clara y terminantemente si se comprometía o no a defender la orden, y sobre este particular, que las más veces eludía, alegaba las excelencias de aquella religión, en la que el culto que a Dios se daba era superior al de las otras iglesias, las limosnas más en número y más cuantiosas (num in omnibus dominibus ordinis ex generali ordinatione ipsius ordinis, dabant ter, in septimana elemosinam omnibus accipere volentibus eam); y por último decía que los caballeros Templarios habían derramado cual nadie la sangre en defensa de la fe de Cristo; que él era un noble sin letras y pobre además, y desvalido, pero que no tendría reparo en presentarse al Papa, tanto más cuanto que creía haber oído que Su Santidad se había reservado juzgarlo y a los comendadores mayores. Ningún cargo se le hizo, ninguna violencia se empleó; a las razones que el Señor de Nogaret adujo, contestó como pudo; más adelante volverá a presentarse el gran maestre ante los tribunales con nuevas contradicciones, hasta que por último, condenado por la justicia de los hombres, apelará en su momento supremo, protestando de su inocencia para ante la justicia divina.
Es sumamente interesante todo el proceso que se escribió en París contra los Templarios por la comisión que a varones tan eminentes como los ya citados dio el Papa Clemente V. En él encontramos algunas declaraciones que parecen llenas de espíritu de verdad y resignación que tan bien sientan en religiosos perseguidos. Las lágrimas asoman a los ojos al ver aquellos rostros macilentos, aquella timidez y suspicacia con que viejos de más de sesenta años se presentan de nuevo a los tribunales, mirando a un lado y a otro por si descubren las infernales máquinas del tormento que ya habían agotado sus débiles fuerzas. Tal es el terror de que se hallan poseídos, que no saben si acertar diciendo la verdad o propalando la mentira; su único objeto es libertarse de los tormentos, y así es que temen la retractación y temen también la ratificación; interrogan con su mirada a los jueces para ver si en ellos descubren indicio, síntoma de sus intenciones. A veces empiezan a declarar antes de ser interrogados, otras dicen cosas impertinentes o añaden de cosecha propia lo que no se les pregunta; en suma, es doloroso ver a aquellos hombres, si culpables algunos, tan distantes de la dignidad y decoro que el hombre debe conservar, ora al protestar de su inocencia, ora al confesar humilde y arrepentido sus pecados.

Los obispos a quienes incumbía la prosecución de las causas de fe habían comenzado a proceder contra los Templarios, y según el modo de sustanciar las causas, usado por los tribunales legos, como por los ordinarios eclesiásticos, habían echado mano del tormento para descubrir la verdad. Acusaban los infelices, que venían temblando a declarar ante los comisarios, al obispo de París, que se había mostrado sin piedad y sin corazón para con los reos; entre muchas declaraciones que pudiéramos citar lo hacemos de la del templario Ponzardo de Giziaco, preceptor de Paians:

“Interrogatus si unquam fuit possitus in tormenlis, respondit quod fuit positus, tres menses erant elapsi ante confessionem factam por eum coram domino Pariensi episcopo, manibus ligatis retro, ita stricte quod sanguis sibi cucurit usque ad unques, in quadam fovea, in qua stetit per spacium unius leuge, protestans et dicens quod si poneretur adhuc in tormentis, quod ipse negarrt omnia que dicit modo, et diceret quecumque homo vellet. Tantum pro modico tempore, paratus erat vet capitis obtruncancionem, vel ignem, vel bullicionem pati pro honore dicti ordinis, tantum ita longa tormenta substinere non poterat, in quibus jam fuerat, duobus annis elaptis, et plus carcerem subtinendo”.

Los caballeros Templarios proclaman su inocencia

Llegó de la corte pontificia el interrogatorio por el cual debían examinarse los testigos, y al propio tiempo el rey dio permiso a todos los Templarios de Francia, estuviesen o no en prisión, para ser defensores de la orden, mandando a los oficiales reales de las provincias conducir a París con buena escolta los que mostraran tal deseo, sin que éste les perjudicara para los ulteriores procedimientos a que la causa diere lugar. EI interrogatorio se componía de 127 capítulos, y muchos caballeros acudieron a Paris diciendo y prometiendo que defenderían la orden. Los comisarios, siguiendo las instrucciones recibidas del pontífice, sólo atendían a los puntos relacionados con la orden en general, y el interrogatorio secundaba esta intención. Los caballeros defensores eran sesenta y cuatro; debían elegir, entre ellos, sus procuradores, para lo cual les dejaron tiempo y los colocaron en el Temple a fin de que holgadamente pudiesen hacer la elección al mismo tiempo que decidir en común sobre tantas cosas como les atañía en las circunstancias graves en que su convencimiento o su generosidad los había colocado. Pedro de Boulogne, sacerdote y procurador general de la orden, dijo a los notarios, cuando éstos se presentaron a saber la resolución de los hermanos Templarios, lo siguiente:

“Aunque según nuestros estatutos ni podemos sin el consentimiento del gran maestre y de la orden nombrar procuradores para que gestionen en público los intereses de todos, y aunque bajo este punto de vista sea ilegal lo que de nosotros se pretende, por todo pasamos con tal de defender nuestra propia causa. Rechazamos como falsas, como abominables mentiras, forjadas, inventadas y sugeridas por nuestros enemigos todas las acusaciones. La orden de los caballeros Templarios está pura y limpia de toda mancha; y los que lo contrario dicen son herejes e infieles. Prontos estamos a probarlo y justificarlo. Pero para ello necesitamos libertad y permiso para asistir al concilio general. Calificamos desde luego de pacatos, tímidos y cobardes a aquellos de nuestros hermanos a quienes el temor a la muerte o a los tormentos han arrancado las deposiciones que se nos han leído, y que nada pueden probar contra la orden ni contra ellos mismos, o quizás son miserables a quienes han corrompido las promesas o el oro de nuestros enemigos. Tan claro es esto que nos creemos con derecho a pedir en el nombre de Dios justicia, libertándonos de tan violenta persecución y admitiéndonos al libre y piadoso uso de los sacramentos de la Iglesia.”

Esto mismo, con ligeras diferencias, dijeron ante los comisarios el día 7 de abril de 1310. Que no querían ni podían elegir procuradores sin la anuencia del gran maestre y consentimiento de toda la orden; que no deseaban otra cosa más que defender a sus hermanos en el concilio convocado para Viena; que encomendaban la defensa a Pedro de Boulogne, Raynaud de Puyno, Guillermo de Chambonet y Bertran de Lartiges; que desde aquel momento estaban y pasaban por todo lo favorable que los apoderados hicieran presente a los padres acerca de la orden ; pero que también contradecían y daban por nulo cuanto dijeren de adverso; que tienen igualmente por nulo y de ningún valor el testimonio de todos los que hayan declarado o declaren en lo sucesivo contra la orden o contra sus individuos durante el curso de su larga prisión, pues ya se había visto el poco fundamento que tenían declaraciones, o arrancadas por fuerza o seducción; pedían además que los apóstatas de la orden fuesen custodiados severamente hasta el castigo de su falsedad y felonía, que se cierre la puerta a los legos en los momentos en que se interrogue a los Templarios, porque estos sobrecogidos por el terror no falten a la verdad por temor que les infunda la comparación natural entre el estado de fortuna de los embusteros, y la miseria, persecuciones y oprobio, patrimonio de los acusados que sostienen la verdad con su sangre como verdaderos mártires.

Parece imposible, dicen, que se crea más a los falsos testigos, corrompidos por el oro, que no a los que tanto han sufrido y han muerto en medio de los tormentos del martirio por no faltar a la verdad. Continúa la memoria con elogios y alabanzas a la orden, la que en todos tiempos había merecido tantas mercedes de los reyes y de los sumos pontífices, que a los tres votos que tienen todas las religiones reúne ésta el cuarto, el de defender la Iglesia de Cristo con las armas en la mano, y en cuyo cumplimiento habían derramado a torrentes la sangre en los campos de batalla. Todo en la memoria concurría a probar que en ningún tiempo y por ningún motivo habían faltado los caballeros a lo que se prevenía en sus estatutos. Pintábase en el escrito con frescos colores la manera simple, afectuosa e inocente con que recibían a los hermanos, dándoles el hábito bendito, y la cruz y el beso fraternal. Hacían los autores de la apologética memoria alusiones muy picantes “a los que han movido tan gran tempestad, llevados solamente del ansia de aumentar sus riquezas y tentados por los bienes de los Templarios, a quienes han hecho hablar un lenguaje de antemano concertado, sobornándolos para ello; de manera que los mismos acusados, intimidados con los tormentos y Ios suplicios, han fallado a su conciencia, siendo inocentes, deponiendo contra ellos mismos creyendo salvar sus cuerpos”. Por último, se quejaban de la prisión arbitraria, como que había precedido a las declaraciones y al juicio, y era pretexto del descrédito en que estaban, dando lugar a la malquerencia con tanta falsedad y tanta infamia contra ellos propalada.

A todo esto contestaron los comisarios que no habían ellos mandado proceder a la prisión de los caballeros Templarios, y por consiguiente que no podían mandarlos poner en libertad; que la difamación de la orden era muy anterior a las medidas rigurosas adoptadas contra sus individuos, como así aparecía de las letras apostólicas que figuraban a la cabeza del proceso; que los privilegios de la orden no se oponían al ejercicio de la jurisdicción que en las causas de herejía tenían los obispos. Que interrogado el gran maestre sobre si quería defender la orden, había respondido que el Papa se había reservado el conocer de su causa y que la defendería en la presencia de Su Santidad. Con esto y con decir que la humanidad presidiría a todas sus determinaciones, que oirían con benevolencia las defensas de los acusados, y que darían cuenta al Papa, dan por terminado este que pudiéramos llamar alegato, contradiciendo la pobre defensa de los cuatro procuradores.

Siguió el proceso en presencia de los defensores, vinieron unos tras otros todos los testigos, juraban por los Santos Evangelios decir la verdad tal cual la supieren, fuese favorable o contraria a la orden del Templo, y juraban además que ni estaban sobornados, ni seducidos, ni obligados por ninguna fuerza ni respeto humano. Doscientos treinta y un testigos fueron oídos en este proceso, el mayor y más interesante de todos los que nos ha dejado la Edad Media; íntegro ha venido a parar a la generación presente para que ésta lo juzgue sin prevención con todo conocimiento de causa, con imparcialidad cual la historia lo exige, con benevolencia como la caridad lo manda.

Los testigos confiesan las principales imputaciones

Casi todos los testigos están conformes en los dos puntos principales de renegar de Jesucristo y escupir sobre la cruz. Muchos afirman que lo hicieron viéndose amenazados de sufrir castigos muy crueles;: otros afirman que sus labios pronunciaron tales blasfemias, pero que los corazones renegaban de lo que decían sus labios. A Gerardo de Pasage, presentándole una imagen de Cristo crucificado pintado o esculpido en una cruz de madera, le preguntaron: ¿es este Dios nuestro Señor?,y al responder que era la imagen del Crucificado le dijeron: “No, no lo creáis, no es más que un pedazo de madera. Nuestro Señor está en el cielo”. Guillermo de Candaillar, requerido de hacer lo mismo, esto es, de blasfemar de Jesucristo y de escupir sobre la cruz, se resistió cuanto pudo; pero otro templario, Dominico de Linac, le obligó con un puñal al pecho a cumplir-con el ritual de la orden. A Alberto de Canelles dijeron mostrándole la cruz: El crucificado que ves aquí era un impostor, un falso profeta, no creas en él ni tengas la menor confianza, y en prueba del desprecio con que le miras escupe sobre él; no queriendo Alberto cometer tal sacrilegio, espada en mano le obligaron los circunstantes, y fuera de sí el recipiendario contra toda su voluntad se vio obligado a sufrir en silencio la prueba de su iniciación. Preguntando Borco de Marvalier, templario, a un prior muy antiguo en la orden, por qué obligaban a los que tomaban el hábito a renegar de Jesús, hijo de la Virgen María, a quien dedicaban frecuentemente un cántico, en el cual lo celebraban como al Redentor del mundo, le contestó que se guardase de ser curioso, que esto le atraería disgustos de consideración; que asistiera al refectorio y comiese bien, teniendo en cuenta que no había sido el primero que había renegado ni seria tampoco el último. Que esperaban a un cierto profeta, pero que esta historia era larga. A Juan de Pont L’Eveque le preguntaron si creía ver en el crucifijo que tenía delante la imagen de Dios. No, dijo, pero creo que representa a Dios y a Jesús crucificado. Sea lo que quiera le contestaron: no creáis en él; no era Dios, sino un falso profeta; renegad de él, y renegó. Las declaraciones de todos los testigos fueron recibidas de la misma manera, jamás las hemos visto más numerosas, más claras, más terminantes sobre un hecho concreto, ni en la historia antigua ni en la moderna.

Para mayor firmeza del horrible secreto, las recepciones se celebraban a puerta cerrada, y ni aun los parientes del nuevo adepto eran admitidos. Los capítulos se congregaban a horas desusadas, al amanecer, por ejemplo, y asistían los que tenían voto, sin que pudiera ningún profano acercarse a la puerta, que además de estar cerrada, estaba guardada por caballeros que la defendían espada en mano. Todos hablan de las caricias obscenas, pero muchos eran dispensados de cumplir tan atroz mandato; todos confiesan el permiso que se les concedía para entregarse a la sodomía, y del voto de castidad que se les exigía para con las mujeres; pero pocos confiesan haber incurrido en vicio tan detestable y tan contrario a la naturaleza. Pero lo que a nosotros nos parece cierto es que en la orden debió haber ciertos grados de iniciación; muy pocos cuentan haber visto al ídolo que adoraban algunos, y que según la pintura que otros, los menos, hacen, era deforme y de un mirar que causaba espanto; no muchos, de los cíngulos con que algunos rodeaban su cintura, tocados en el ídolo; y de los estatutos secretos de la orden, encerrados con cuidado bajo doble caja y doble llave, todavía menos.

Aún son más parcos los declarantes en cuanto a la supresión de las palabras de la consagración en el canon de la misa; no vemos en ninguna declaración prohibición formal de decirlas; insinuaciones, sí, perversas y heréticas que hacen algunos más antiguos a otros, o más jóvenes o más incautos, y que por lo regular son rechazadas.

Hay declaraciones que aseguran que los maestres y comendadores de la orden, aunque legos, se atribuían el poder de absolver los pecados; por último, todo nos inclina a creer lo que poco antes hemos dicho, a saber, que no todos los individuos de la orden estaban en todos los secretos; pero tal como aparece aquella pujante institución que habían tenido por fundador a San Bernardo, y por objeto defender en la tierra del Oriente los Santos Lugares, y en las partes del Occidente la fe de Cristo contra los enemigos de su Santo nombre, había degenerado de su primitiva índole hasta el punto de renegar de su Dios, entregándose a los vicios más abominables y dando entrada en sus religiosos albergues a la herejía más detestable.

¿De dónde vino el mal, quién lo impulsó, dónde tuvo su origen, qué se proponían los Templarios con la estúpida conducta que observaban? Cuestiones son éstas cuya respuesta es difícil o imposible, porque de los procesos nada podemos sacar en limpio más que la relajación de la regla.

El Papa Clemente V, al remitir los interrogatorios, no se cuidó de saber más sino si existía el mal, y no de saber hasta dónde llegaba, de dónde provenía y a qué aspiraba. Los que ahora examinamos aquel grande acontecimiento nos vemos reducidos, si no queremos errar, a encerrarnos también en el círculo que nos trazaron los que pudieron todo descubrirlo, añadiendo a las dolorosas páginas de la humanidad otra más dolorosa y más elocuente que pudiera servir de lección y de escarmiento a las generaciones venideras.

El Oriente, cuna de muchas religiones y sectas, donde el paganismo echó tan profundas raíces y donde el mahometismo tuvo su primero y principal asiento, tierra fértil y amena, propia para los placeres sensuales, contaminó también con su pestífero aliento, muy a los principios, la orden del Templo. El trato que los caballeros tenían con los mahometanos en los tiempos de treguas y de paces preparó el camino, que allanaron después las riquezas y la debilidad de la humana naturaleza. Tributarios de los enemigos de la fe en algunos momentos, merced a los trances de la guerra, no siempre afortunados, vasallos de los árabes por los castillos que en su territorio poseían, veíanse obligados a guardarles respeto y consideración, tributándoles homenaje. De aquí trato y roce continuos, de aquí el conocimiento de prácticas supersticiosas, afición a la idolatría y a los vicios nefandos, que siempre se han desarrollado en medio de la opulencia y de la molicie de los países dados a la sensualidad. Del Oriente vino, pues, aquella peste moral que acabó con los Templarios y los redujo a un estado abyecto y despreciable, dado que también la herejía entraba por mucho en la opinión de la gente sensata y del vulgo; no todos fueron culpables, pero a todos alcanzó la maldición de Dios y de los hombres.

Volvieron los defensores a cumplir con su penoso encargo: presentaron un nuevo escrito, semejante en todo a los anteriores: insisten en la tiranía con que los habían tratado, en la sorpresa con que desde sus conventos habían sido trasladados a los calabozos más hediondos, conducidos al matadero como manadas de inocentes corderos, atormentados tan cruelmente que unos habían espirado, otros quedado sin fuerzas, inválidos para toda su vida; decían que les habían robado lo más precioso que tiene el hombre, su libre albedrío, de suerte que las declaraciones de los Templarios nada valían, por no tener fuerza, contra la dignidad de la orden y aun contra ellos mismos; que el rey por medios directos había influido en el proceso ofreciendo a los caballeros prevaricadores recompensas y cargos públicos si le ayudaban a desacreditar y perder la orden.

Añadían que la razonable presunción les era favorable. ¿Quién hubiera sido bastante insensato para entrar o para perseverar en una congregación tan miserable y corrompida? ¡Y cómo personas de tanta grandeza y dignidad no hubieran elevado su voz contra tantas abominaciones, contra tantos horrores que son los fundamentos del proceso?

Pretendieron además que se les diese traslado de todas las actuaciones, comprendiendo en éstas los artículos por los cuales se tomaba las declaraciones a los caballeros; que publicase la comisión los nombres de los testigos a fin de proceder contra ellos en caso necesario, y sobre todo para no confundir a los que habían declarado con los que aún no lo habían hecho; que se les obligase a prestar juramento de no revelar a persona humana ni sus declaraciones ni las de sus compañeros, que por su parte ellos se obligaban también a guardar el más inviolable secreto, a fin de que la causa llegase íntegra al conocimiento de Su Santidad. Por último, pedían que se tomase declaración a los dependientes y criados de las casas conventuales sobre el número de caballeros que había muerto desde que empezaron los procedimientos, sentimientos que habían mostrado al espirar, sus últimas palabras, y muy particularmente las de aquellos que decían haberse reconciliado con la Iglesia, y que se obligase a los que nada habían declarado ni en pro ni en contra que lo hicieran en uno u otro sentido, pues estaban ciertos de que sabían la verdad tan bien como los hermanos declarantes. Curiosa por demás era la conclusión de aquel memorándum.

La anécdota de Adam de Dalincourt

“Cuenta la orden entre sus caballeros uno a quien llaman Adam de Dalincourt; vivió mucho tiempo bajo de la regla, y no pareciéndole bastante austera le vino en mientes retirarse a otra que lo fuese más para dedicarse a la contemplación y alejarse de todo punto de lo profano y mundanal. Entró pues con todos los competentes permisos en la austera religión de San Bruno; pero a poco tiempo volvió a suplicarnos ser recibido de nuevo en la nuestra del Templo. Lo recibimos, pero con las duras condiciones de costumbre para con los apóstatas. En paños menores se presentó en la puerta de la calle; de esta suerte entró y llegó hasta la sala capitular, en donde estaban reunidos todos los caballeros y muchos nobles, sus parientes y amigos; allí prosternado a los pies del maestre, en presencia de todos pidió misericordia, y derramando abundantes lágrimas suplicó ser admitido nuevamente.

Consiguió su objeto, pero no pudo salvar la dispensación de la penitencia. Durante un año entero todos los viernes ayunaba a pan y agua, dormía sobre el duro suelo, y los domingos, prosternado ante el altar con el hábito de penitente, recibía devoto y compungido la disciplina que el preste le daba, con menos caridad de la que convenía entre hermanos. Por último, y después de tantas pruebas, fue de nuevo admitido en la orden. Adam está en Paris, no ha declarado, decían los defensores, que se llame y se le interrogue al tenor de los artículos del interrogatorio; ¿y es creíble ni posible que persona tan virtuosa llevara con paciencia tales sufrimientos para conseguir de nuevo vestir el hábito de templario, manchado con tan horrendos crímenes?

El domingo 10 de mayo volvieron a presentarse los cuatros defensores, y Pedro de Bolonia que llevaba la voz dijo a los comisarios: “El Papa os ha nombrado para entender de todo aquello que con los Templarios tenga relación, y en virtud de esta importante comisión habéis oído las declaraciones de unos, las acusaciones de otros y las defensas; ahora hemos oído, con tanto horror como fundamento, que el arzobispo de Sens con sus sufragáneos celebra un concilio provincial contra muchos caballeros de la orden, de los 64 que se habían presentado para defenderla; con tal motivo desistimos de la defensa y apelamos del concilio para el Sumo Pontífice. Como la apelación interpuesta no era de la comisión sino del concilio, el arzobispo de Narbona dijo que no podía admitirla; pero que si tenían que hacer uso de la defensa podían decir cuanto quisieran. Apoyado ya en esta benevolencia y este humano deseo que siempre manifestó la comisión hacia aquellos desgraciados.

Pedro de Bolonia presentó una petición solicitando que los presos fuesen conducidos a la presencia del Papa para que oyese Su Santidad las defensas; que se intimase al arzobispo de Sens la suspensión de sus procedimientos; que permitiesen a los defensores ir al tribunal de este prelado para interponer la apelación; que les acompañasen dos notarios para que diesen fe y testimonio de cuanto allí pasara, y que cargando los gastos a los bienes de la orden se notificase a todos los arzobispos de Francia la apelación que los Templarios interponían para la Santa Sede. Los comisarios, con mucho sentimiento, dijeron a los defensores cuánto era su dolor viendo la desgraciada suerte que les cobijaba y los amargos trances por que habían pasado y tenían todavía que pasar; pero que ni su autoridad podía evitarlos ni su jurisdicción impedir la del concilio provincial. Que la comisión juzgaba de la orden en general, y los concilios de las personas; que eran dos tribunales independientes y de todo punto distintos, pero que aún así, llevados siempre del espíritu de caridad que les animaba, harían cuanto pudiesen en favor de los desgraciados reos.

De manera que ahora vemos claramente que había en este negocio dos tribunales; uno el del Papa, el cual quería conocer de los delitos de la orden para resolver en vista de las actuaciones lo que convenía hacer con ella, en el concilio de Viena, y otro el de los concilios provinciales, los cuales debían juzgar sobre las personas y castigarlas o absolverlas según sus delitos o sus merecimientos.

59 Templarios arden en París y 9 en Senlis

Reunióse, pues, el concilio provincial en París, convocado y presidido por Felipe de Marigni, arzobispo de Sens, y duraron sus sesiones quince días: en él fueron juzgados los Templarios: unos absueltos libremente, otros con penitencia y sub conditione, otros condenados a prisión perpetua y otros como relapsos y contumaces entregados al brazo secular para la imposición del último suplicio.

Después de la degradación fueron quemados vivos por herejes cincuenta y nueve Templarios. A pocos días otro concilio provincial celebrado en Senlis, presidido por el arzobispo de Reims, condenó como relapsos nueve Templarios, que entregados al brazo secular fueron quemados vivos. Y lo particular de estas ejecuciones era que tanto los de París, como los de Reims, retractaron sus declaraciones antes de morir, diciendo que eran inocentes, que su condenación era injusta, y que si habían declarado en contra de su orden y de sí propios, había sido por miedo a los tormentos.

Los comisarios del Papa, viendo el sesgo que tomaba el asunto y que los concilios provinciales que debían cuando menos haber esperado la suprema decisión del Papa y del concilio general para proceder después contra las personas de los que resultasen culpables, prejuzgando con sangrientos espectáculos la cuestión magna, suplicaron a los arzobispos que procediesen con discreción y madurez, tanto más cuanto que vueltos de su temor y espanto, se apresuraban a retractar sus primeras declaraciones, lo cual naturalmente había de envolver en un caos el procedimiento, del que fácilmente no podrían salir, y enseguida suspendieron las actuaciones; pero muy pronto las volvieron a seguir para oír nuevamente las defensas de la orden. Avisados Guillermo de Chambonet y Bertrand de Lartigue para que se presentasen ante los comisarios, contestaron que siendo legos nada podían hacer sin conferenciar con Pedro de Bolonia y Raynaldo de Pruyno; pero al notificarles que el primero había logrado escaparse de la prisión, y que el segundo había sido absuelto de sus votos en el concilio de Sens, los notificados abandonaron la defensa, que quedó de todo punto desierta desde ahora.

La comisión había terminado sus trabajos con la audiencia que había dado a 231 testigos, y así lo dijo al Papa respetuosamente por medio de uno de sus individuos. El sumo pontífice quería que se oyese también a los de Ultramar, como para dar más largas a aquel tan enmarañado negocio; pero teniendo en cuenta que muchos de los Templarios habían sido recibidos en la orden, estando en Ultramar, y que así lo declaraban, la distancia de los lugares, que no había en toda Francia un templario a quien no le hubiese requerido, ya por los inquisidores, o por los concilios, o por los comisarios; teniendo también muy presente que el tiempo en que debía celebrarse el concilio de Viena se aproximaba, los comisarios creyeron sinceramente que su comisión había concluido, y muy respetuosamente elevaron a la santidad de Clemente V todas las piezas del monstruoso proceso por medio de dos licenciados en jurisprudencia que llevaron al mismo tiempo un humilde mensaje, con la fecha del 5 de julio de 1311, a la abadía real de Pontoise. Pero antes de referir lo que pasó en el concilio de Viena, en el cual se decidió de la suerte de la orden de los Templarios, antes de ver la conducta del rey de Francia para con el gran maestre y otros comendadores, antes de saber lo que pasó con este motivo en otros varios reinos de la cristiandad, justo nos parece tratar antes de lo que ocurría en Castilla, Portugal y Aragón que más de cerca toca al reinado de D. Fernando IV, oscuro en este grave asunto, tanto o más que en otros que nos hemos propuesto ilustrar.

El proceso contra los Templarios de Castilla

Llegaron a España las letras apostólicas al mismo tiempo que a las demas naciones en donde la orden del Templo había defendido, según su religioso instituto, la fe de Cristo; en ellas el Papa hacia una relación sucinta de todo lo acaecido después del primer descubrimiento, punto de partida de los ulteriores procedimientos. Cómo el rey de Francia había sido el primero en saber los pecados, herejías y abominaciones de aquellos caballeros; cómo ante el inquisidor de Francia habían declarado ciento cuarenta testigos; como Su Santidad había oído a sesenta y dos, entre ellos grandes dignatarios y a un doméstico suyo, dignos de toda fe y crédito; como después lo habían hecho ante sus cardenales y otras personas muy autorizadas por su virtud y ciencia; de todo, pues, daba cuenta a los reyes de Castilla y Aragón, mandándoles proceder contra la orden, como el rey de Francia lo hacía, para salud de la Iglesia y honor del Nombre Cristiano. Varios rescriptos pontificios también llegaron, mandando prender a todos los individuos de la orden, secuestrar sus bienes y tenerlos a disposición del pontífice, el cual, según era fama, usaría de ellos teniendo en cuenta las necesidades de la Iglesia, muy afligida sobre todo en Oriente, donde las conquistas de Jos Godofredos se habían perdido de todo punto a causa de las nuevas invasiones de árabes y turcos. De todos estos rescriptos, singularmente de los dirigidos a Aragón, se encuentran ejemplares en la Colección diplomática, págs. 578, 593, 595, 610, 617 y otras.

No estaban los reyes de Castilla y de Aragón muy conformes con el Papa ni con el
rey de Francia en esto de acusar y castigar a los Templarios que residían en sus respectivos pueblos. Creían, y con razón, que el mal de que se quejaban aquellos soberanos pudiera estar limitado a Francia o a Chipre y no haber pasado todavía los montes, invadiendo las tierras de la España; tenían por una arbitrariedad sin ejemplo y por un despojo injusto y violento el reducirlos a prisión sin la más pequeña sumaria información, y secuestrarles sus bienes; conocían que era pagar mal a aquellos soldados de Cristo corresponder con incalificables persecuciones a los peligros, trabajos y afanes con que un día y otro derramaban su sangre en las batallas por la fe de Jesucristo; y a todo esto se agregaba que dueños de castillos y amparados en sus fortalezas, valientes y hechos a la guerra, numerosos y ricos, con clientela poderosa, con vasallos y apaniguados, podían oponerse con ventaja a las órdenes del sumo pontífice, emprender una guerra de las que tan comunes eran en aquellos tiempos; debilitar o anular el poder de los monarcas, y lo que era aún peor, dejar desguarnecidas las fronteras y a los moros la puerta abierta para sus depredaciones y algaradas. Teniendo en cuenta todas estas cosas, los reyes de Castilla y de Aragón procedieron con discreción y mesura al principio, y aunque obedecieron como buenos cristianos las órdenes del Padre Espiritual, no mostraron la misma saña que el rey de Francia, a quien su carácter le llevara a la violencia, o que convencido de la justicia de sus procederes, su celo lo exaltase en la prosecución de una obra meritoria y aceptable a los ojos de Dios.

El rey de Aragón se negó por el pronto a perseguir a los Templarios hasta que la
Santa Sede le indicase, clara y terminantemente, los delitos que habían cometido. Esto se deduce de la contestación que a D. Jaime dio el Pontífice con fecha de 3 de enero de 1308, y que se halla en la página 503 de la Colección.

“Paterne benignitatis affectu regie magnitudinis recepimus litteras inter alia continentes, quod dolorem et admirationem supper commiseis per fratres ordinis militiae templi Jerosolimitani prout tuae veritudini fuerat intimatum conceperas vehementer et quod super ipsis notebas sicut nee etiam noveras expedire contra fratres memoratos donec super illis providentia Sedis apostolicae in hac parte tibi recrisberet veritatem”.

No solamente los reyes de Castilla y León estuvieron en un principio propicios a los Templarios de sus reinos, sino que el rey de Inglaterra se decidió con firmeza no solamente por los que caían bajo su jurisdicción, sino también por todos los de la cristiandad. El día 10 de diciembre escribió al Papa suplicándole que excusara a aquellos caballeros perseguidos todos los daños y perjuicios que padecían por la mala voluntad de sus émulos, hasta averiguar jurídicamente la verdad de los delitos que se les imputaban.

“El quia praedicti Magister et fratres, in fidei Catholicae puritate constantes, a nobis, et ab omnibus de regno nostro tam vita quam moribus habentur multipliciter commendari, non possumus hujusmodi suspectis relatibus dare fidem, donec super hiis nobis plenior notuerit certitudo”. Página 590 de la Colección.

Y no contento este monarca con dirigirse al Papa escribió otra carta al rey de Portugal, suplicándole que no diese crédito a las sugestiones e imputaciones que ciertas personas habían levantado contra la orden de caballería de los Templarios.

“Illos, quos, pro defensione fidei Catholicae, ac impugnatione hostium crucis Christi, actus strenui laborisque prolixitas recomendant, decet et convenit, prout ad honorem Dei, et exaltationem fidei unquierit, prosequi eum favore”.

Y más adelante:

“Vestram regiam Majestatem affectuose requirimus et rogamus, quatinus praemisis cum diligentia debita ponderatis, aures vestras a perversorum detractionibus, qui ut credimus, non zelo rectitudinis, sed cupiditatis et invidiae spiritibus excitantur, avertere velitis”.

Dios os guarde de los secretos de los Templarios

No mejoró la suerte de los Templarios con la decidida protección del rey de Inglaterra ni tampoco les sirvió la benevolencia de los reyes de Castilla y de Aragón; las letras pontificias fueron obedecidas y los Templarios presos no sin resistencia, como después veremos, particularmente en Aragón; de todo lo cual se dio cuenta al Pontífice, el cual, por lo tocante a Castilla, dirigió sus letras con fecha 17 de agosto de 1308, y tercero de su pontificado, a D. Gonzalo Barroso, arzobispo de Toledo segundo de este nombre, y a D. Rodrigo, arzobispo de Santiago, D. Giraldo, obispo de Palencia, D. Juan, obispo de Lisboa, y a los abades Isidorense y de San Pablo de la diócesis de Claromonte y de Tolosa, y al maestro Velasco Pérez, chantre de la iglesia de Santiago, y a Fray Américo de Nanis de la orden de los predicadores; diciéndoles que por cuanto preguntados y examinados hasta el número de sesenta y dos testigos en su presencia y la de tres cardenales y otros notarios públicos, habían jurado ser verdad aquellos delitos y pedido penitencia de ellos, les mandaba que fuesen a Toledo y a su arzobispado y provincia, y que por públicos edictos citasen al maestre de España y a sus caballeros y religiosos y se informasen de los artículos que remitía, y cerrado y sellado le enviasen el proceso; y que si alguno los quisiese defender le descomulgasen, invocando en caso de necesidad el auxilio del brazo secular, y que todos ellos y cada uno pudiese hacer la dicha información con pleno poder por autoridad apostólica.

Estaban, dice Garibay, mucho tiempo hacia fuera de los reinos los Templarios tan mal mirados que las gentes vinieron a decir como en sentencia vulgar: Dios os guarde de los secretos de los Templarios. En la misma ciudad de Poitiers, y a pocos días de expedida la precedente bula, dirigió el Papa otro rescripto al mismo arzobispo y sus sufragáneos, que eran los de Sigüenza, Cuenca, Osma, Palencia, Segovia, Córdoba, Jaén y Cartagena, y a los abades de la misma provincia, a los cuales refiere el contenido de la bula anterior, y añadiendo, que varones tan religiosos, como que derramaron muchas veces su sangre por el nombre de Cristo, exponiendo sus personas a los peligros de la muerte, se hubiesen contaminado con tales horrores y abominaciones, tan increíbles y de tal magnitud que había sido menester oírlas de boca de los mismos interesados; y ahora, condoliéndose de ellos, mandaba que juntamente con los diputados en la bula precedente hagan la misma inquisición.

Fernando de Castilla y León defiende a los Templarios españoles

Dice Garibay, que D. Fernando, rey de Castilla y de León, envió al Papa por embajador a su primo hermano D. López Díaz de Haro, su alférez mayor y señor de Vizcaya, para que en unión con el embajador de Aragón y el de Portugal, hicieran presente a Su Santidad los muchos servicios que en todos tiempos había hecho a la cristiandad la orden del Templo, y muy particularmente los Templarios españoles, que siempre en guerra con los moros no habían tenido tiempo de distraerse de sus primeras obligaciones para encenagarse en los detestables vicios que los placeres y la ociosidad engendran. Llevaban los enviados el encargo de advertir al Papa de los grandes trabajos que pasaban los de aquella orden, y que Dios sabía como fue instituida para gloria y honor de su Santísimo Nombre, y que habiendo militado siempre bajo el estandarte de la fe católica, como era notorio a los pasados y a los presentes, sus obras daban claro testimonio de su verdadera religión y atestiguaban contra los delitos de que eran acusados falsamente; debían también decir cuán cierto y notorio era a todo el mundo cómo muchos caballeros habían sido martirizados por los infieles en defensa y confesión de la Santa Fe Católica, en este mismo tiempo en que se les achacaba haber apostatado generalmente de ella, y que considerase cuántas veces los de esta orden, estando en duras prisiones, en poder de infieles por espacio de diez, veinte y treinta años, y más, tuvieron muchas y muy favorables ocasiones de apostatar, y sin embargo nunca lo hicieron, y que si lo hubieran hecho, no sólo fueran libres de tantos trabajos, desde el primer día, más aún se les dieran en esta vida todas las cosas que más pudieran desear para sus contentos.

Añadían que eso mismo pasaba en los tiempos presentes, pues en poder de los reyes infieles había muchos de su orden en gran cautividad y esclavitud, y en sólo el poder del sultán del Egipto más de sesenta, los cuales si quisieran dejar la santa fe católica se haría con ellos lo mismo con mucho deseo y liberalidad de los enemigos. Los embajadores tenían el encargo de decir a Su Santidad, por expresa orden de sus respectivos soberanos, que se maravillaban mucho de ver que su beatitud, tolerase la acusación de tales culpas contra toda la orden, siendo sus obras meritorias manifiestamente, pues en ellas habían seguido sus individuos aquella doctrina evangélica del capítulo 15 de San Juan, donde dice que ninguno tiene mayor caridad que el que aventura su ánima por sus amigos, porque ellos habían puesto las suyas ordinariamente por toda la república cristiana por mar y tierra, en guerra y en paz, exponiéndose a infinitos trabajos, derramamiento de sangre, muertes y otras innumerables adversidades y peligros. Decían aún más, que considerase de cuánta utilidad y ejemplo era y había sido esta orden para el aumento de la fe católica, en cuyo amparo y creencia se habían criado sus caballeros y religiosos desde su principio, siendo los primeros en todos los peligros de sus personas y vidas en la defensa de la misma fe, y que antes bien esta religión había sido el origen y fundamento de donde emanaron las demás militares que había en el reino con autoridad y aprobación de la Sede Apostólica, en universal provecho de la República Cristiana; que no se oponían a que los autores de tan graves delitos fuesen punidos con el rigor condigno a sus culpas, pero que los inocentes sin ellas y toda la orden en general no padeciesen, y le suplicaban, como a verdadero Padre y Pastor Universal, tuviese por bien de proveer de breve y conveniente remedio en todo, pues ellos podían decir con verdad que el lobo había herido el rebaño de sus ovejas, y que por sus buenas obras y ejemplo eran los de mayor utilidad y fruto, y que estaban dispuestos a defender su verdad así en juicio contencioso ante la Sede Apostólica, como en el de las armas, contra cualquiera que los retase, hasta la manifestación de su inocencia.

Dijéronle más, que todos les levantaban aquellas calumnias por envidia, y por codicia de sus bienes, mediante testigos falsos y malvadas cautelas; que probarían cómo ellos eran verdaderamente católicos y fieles cristianos, y que creían firmemente en la santa fe de Jesucristo, según la predicaba y enseñaba la Santa Madre Iglesia romana, y que en su persecución se hacía ofensa a Dios y a su Iglesia y a todo el pueblo cristiano, y sentían por cosa gravísima, que por maravilla podrán hallar prelado, religioso o letrado que quiera defender su verdad, y que al Papa incumbía la defensa como cabeza de toda la Cristiandad.

Estas y otras cosas, y muchas más razones dijeron al Papa los Templarios españoles, enderezando al rey de Francia aquello de herir al lobo el rebaño, dándole a entender que él les hacía la guerra principal por haber sus bienes.

Los Templarios españoles: inocentes

He copiado lodo lo que precede, y la idea de la embajada al Santo Padre por parte de los reyes de Castilla, Aragón y Portugal, del manuscrito de Garibay, en el que tan célebre historiador habla de los Templarios. Vemos en este escrito una defensa lógica y razonada de los comprendidos en tropel en aquella causa famosa. Si eran culpables los Templarios franceses, ¿por qué también lo habían de ser los españoles? Si prevaricaron los unos en medio de las delicias y deleites de una ociosa paz, ¿por qué suponer la prevaricación de los otros, a los cuales no daba un momento de vagar la porfiada, tenaz y diaria guerra que con los moros tenían? Todos sus antecedentes religiosos ¿no venían a confirmar que sus almas estaban incorruptas? ¿No habían dado hartas pruebas de su abnegación, de su constancia y de su fe? ¿No habían sufrido el martirio en varias ocasiones? ¿No estaban dispuestos a sufrirlo todavía? ¿Se había levantado alguna voz contra los Templarios de los reinos de Castilla y de Aragón? Entonces ¿cómo confundirlos con los acusados, con los confesos, con los convictos? Si a los unos había perdido su confesión admitida en causa propia por serles contraria, ¿por qué no les había de servir a ellos también en causa propia siéndoles favorable?

Vemos con gusto que esta defensa era más legítima, más razonada, más atrevida y más convincente que la imperfecta que hicieron de la orden los caballeros franceses. Pero lo que añadiría mucho peso a favor de los Templarios en esta tremenda controversia, sería el saber de positivo que los reyes ya citados amparaban la causa de sus súbditos, y que convencidos de su bondad se presentaban por medio de sus embajadores al Papa, defendiendo por sí a aquella orden, a lo menos la parte existente en España, como limpia de las manchas que habían oscurecido su refulgente esplendor en Francia y en el Oriente.

Como Garibay no dice de dónde tomó la noticia de la embajada, no hemos, podido verificarla, y no podemos menos de ponerla en duda y aún negarla en vista de las razones siguientes: ni la Crónica ni en otro alguno escritor hemos visto que D. Lope Díaz de Haro marchase a Francia con embajada de su soberano para el Sumo Pontífice; tampoco hablan los escritores aragoneses de embajada que enviase D. Jaime con el motivo indicado, y sólo asegura Zurita que los Templarios de aquel reino la enviaron en los propios términos y con las mismas razones que Garibay atribuye a los reyes de Castilla y Aragón. La opinión de Zurita es más verosímil que la de Garibay. ¿Cómo el rey de Aragón había de salir a la defensa de los Templarios de una manera tan explícita, usando de las mismas palabras que aquellos caballeros usaban, en los momentos en que habían izado en todos sus castillos la bandera de rebelión contra el rey y contra el papa?

Cotéjense los dos documentos, el de Zurita y el de Garibny, y se verá que son completamente iguales, por lo cual creemos que en vez de embajada de reyes fue representación más o menos enérgica la que salió de Aragón, y quizás también de Castilla, para el Papa Clemente, la cual no tuvo el resultado que apetecían los interesados.

La embajada de que habla la Crónica es la que llevó el famoso D. Juan Núñez de Lara, que salió del real para la corte del Pontífice, a poco de levantado el asedio de las Algeciras, con misión ostensible confesada por la Crónica, y misión secreta según Oderico Raynaldo: la primera era recabar del Santo Padre nueva bula para la percepción de rentas eclesiásticas: la segunda en unión con los embajadores de Portugal y de Aragón, defender la buena memoria del Papa Bonifacio VIII, que al año siguiente había de juzgar el concilio de Viena convocado para tratar de este asunto y del de los Templarios. D. Juan Núñez llegó a la corte pontificia, fue muy atendido .y obsequiado por el Papa, que lo recibió a pesar de ser tiempo de vacantes, y le otorgó la gracia que pedía en nombre del rey de Castilla y otras mercedes, que todas redundaban en pro de la religión, mayor exaltación de la fe católica, y en hacer la guerra porfiada a los moros de Andalucía, según con más extensión decimos en la nota número uno, página 225 de la Crónica. ¿Llevó además otro encargo secreto, y era éste el de la defensa de los Templarios? Nada dice la Crónica, nada el autor antes citado; en lo posible cabe, pero sería temeridad el afirmarlo; nos inclinamos a creer que los reyes de Aragón y Castilla, aunque mostraron alguna benevolencia hacia los Templarios, tenían más empeño en que sus bienes, una vez extinguida la orden, no saliesen de su dominio y autoridad. Para esto sí hubo embajadas y empeño decidido y decisiva victoria.

De todas maneras si D. Juan Núñez fue a Poitiers con el encargo de tratar la cuestión, ¿En qué términos? Ni lo sabemos ni hemos encontrado quien lo diga más que Garibay; los resultados sin embargo no fueron favorables; la misión tuvo mal éxito, como tantas otras misiones diplomáticas, las cuajes permanecen ocultas, quizás a causa de su poca fortuna.

En cumplimiento de las letras apostólicas arriba enunciadas, los comisarios a quienes vinieron cometidas en los reinos de Castilla y Portugal, empezaron los pnocedimientos, y en Tordesillas, villa de la diócesis de Palencia, despacharon sus cartas citatorias en 15 de abril de 1310, que comienzan así:

“D. Gonzalo, por la misericordia divina, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, legado de la Sacrosanta Sede Apostólica y canciller del reino de Castilla; D. Geraldo, obispo de Palencía, y D. Juan, obispo de Lisboa, diputados por inquisidores por la Sede Apostólica, para las cosas abajo escritas, etc. A los religiosos varones el señor D. Rodrigo Ibáñez, gran preceptor de la orden de la caballería del Templo en España, y a los frailes de la misma orden a él sujetos, conviene a saber a Fray López Peláez, y Fray Fernández Núñez, y Fray Diego Gómez, etc., y a todos y a cada uno de los frailes de la dicha orden instituida en los reinos de Castilla y León, reconoced al autor de la salud y obedeced a los mandatos apostólicos, etc. Después de esto dicen cómo recibieron las letras del santísimo señor suyo Clemente, por la divina Providencia Papa V, sobre el hacer inquisición de las herejías y de los otros crímenes así contra ellos y la dicha orden, como contra todas las personas de la dicha orden, sus traslados sellados con los sellos de los reverendos padres y señores el arzobispo Vearense y el obispo Colibense, y que para nulificar éstas envían a los discretos varones Garcí Pérez, racionero de la iglesia de Toledo y Melindo Rodríguez, racionero de la santa iglesia de Santa María de Torresvedras, de la diócesis de Lisboa, constituido por sus nuncios espirituales al efecto. Por lo cual les mandaban por autoridad de las dichas letras apostólicas a ellos concedidas, y en virtud de santa obediencia, y so pena de excomunión, que para 27 dias del mes de abril de este año pareciesen personalmente en Medina del Campo, diócesis de Salamanca, a decir delante de ellos la verdad sobre las cosas que fueren preguntados en el dicho negocio de la inquisición, según las dichas letras y forma a ellos dada, y para todo lo demás que conviniere hacerse en este negocio, y que el dicho término concedido en los edictos se les señalaba como último y perentorio, y que en caso contrario su ausencia teniendo por presencia, procederían cuanto pudiesen en derecho, y que por autoridad del señor Papa mandaban a todos los obispos, abades, deanes, prepósitos, priores, arcedianos, personas eclesiásticas, y a los rectores, capellanes, clérigos, religiosos de cualesquiera órdenes, que siendo requeridos por los dichos sus nuncios procurasen y diesen todo favor para que se notificase este edicto de citación al dicho maestre y freires, en cualesquiera lugares que conviniese para el dicho día y lugar, dando fe y testimonio de estas citaciones y denunciaciones, y de todo lo demás que sobre ello entendían, haciéndolo en debida forma por sus letras selladas con sus sellos, so pena de excomunión desde aquella hora, so la cual mandaron así bien a todos los notarios y testigos que fuesen requeridos para esto, hiciesen personalmente todo lo que por los dichos nuncios o cualquiera de ellos les fuese dicho y mandado en su nombre, y en fe de ello dieron estas letras selladas con sus sellos en el dicho lugar, día y año.

Los dichos racioneros fueron por las partes necesarias a hacer estas diligencias, y los dichos arzobispo de Toledo y obispos vinieron a Medina del Campo y comenzaron a hacer las convenientes, y en particular enviaron sus letras a todos los prelados de Castilla y León, mandándoles en nombre de su santidad que cada uno hiciese pesquisas para averiguar los bienes que tenían los Templarios en sus diócesis, y en particular consta la que despacharon en esta villa en primero de mayo de este año de 1310 para D. García, obispo de Jaén. El cual, habiendo juntado en su iglesia catedral a Juan Sánchez, dean de ella, y a su capítulo, y a los frailes menores, y a los curas, alcaldes, caballeros y otras personas principales de la ciudad, dijeron todos contestes que no sabían que la orden del Templo tuviese ninguna cosa en ella ni en su obispado, y esta respuesta se envió a Medina por instrumento auténtico dado en Jaén a 17 de julio del dicho año. Los demás prelados cumplieron con los mandatos apostólicos, diciendo en cada caso la verdad de lo que se les preguntaba.

Los últimos Templarios de Castilla y León

Comparecieron en Medina, en obedecimiento a los mandatos apostólicos, D. Rodrigo Ibáñez, maestre de la orden, Fray Lope Peláez, Fray Fernando Nuñez, Fray Diego Gómez, Fray Diego Peña y Fray Pedro de Arallaneda, Fray Diego de Bones, Fray Martin, Fray Pedro Urines, Fray Alonso Chamorro, Fray Gonzalo Bayo, Fray Juan Cabeza, Fray Juan Saherdo y otros muchos, que fueron los últimos caballeros que la orden tuvo en Castilla y León, según Garibay. El mismo autor asegura que a todos se les tomó declaración,y además a muchos testigos fidedignos y de mucha autoridad, legos y religiosos, que habían frecuentado los convenios y tratado con los freires, y visitado los hospitales, prioratos y baylías, y que de todo ello no resultó ni el mas remoto indicio de herejía, idolatría o torpeza, de que eran acusados, según el tenor del articulado que incluimos en el apéndice; antes al contrario, se probó que siempre habían vivido en la observancia de la institución de su orden, confirmada por la Santa Sede Apostólica.

Las baylías que fueron citadas por el arzobispo son las que ya hemos mencionado al hablar de las riquezas y poder que los Templarios tenían en los reinos de Castilla y León. Murió en esto el arzobispo de Toledo, sucediéndole en el arzobispado D. Gutierre Gómez de Toledo, arcediano de la misma iglesia y natural de la dicha ciudad, de claro linaje, como hermano de Fernán Gómez de Toledo, camarero mayor del rey D. Fernando, su favorito. Continuó la causa el segundo nombrado en las letras pontificias, D. Rodrigo del Padrón, natural de Galicia, arzobispo de Santiago, prelado de gran valer y autoridad y muy celebrado, en la Crónica del rey; y después de concluido el proceso contra los de esta orden, se juntó, dice Garibay y otros autores también lo confirman, concilio provincial en Salamanca, como lugar muy cómodo para esta santa congregación, no sólo por los varones doctos que encerraba aquella célebre universidad, como por su situación central, y adonde con menores dispendios y no muchos trabajos podían acudir los santos padres.

Juntáronse con el dicho arzobispo de Santiago D. Juan, obispo de Lisboa, D. Vasco, obispo de Guardi, en Portugal, D. Gonzalo, obispo de Zamora, D. Pedro, obispo, de Avila, D. Alonso, obispo de Ciudad Rodrigo, D. Domingo, obispo de Plasencia, Don Rodrigo, obispo de Mondoñedo, D. Alonso, obispo de Astorga, D. Juan, obispo de Tuy y D. Fray Juan, obispo de Lugo, y los vicarios de los ausentes cada uno con sus recados. Los cuales, después de examinado el proceso, vieron que no resultaba ningún crimen contra los Templarios de estos reinos, de que se alegraron mucho todos estos venerables prelados, dando muchas gracias a Dios porque entre tantas espinas había conservado a los Templarios de estos reinos en vida santa y católica y en la observancia de los estatutos de su religión, confirmada por la Santa Sede Apostólica.

El arzobispo de Santiago, reunido con los demás sus compañeros en las casas del obispo de Lamego, habló ante toda la santa sínodo, dice siempre Garibay, con mucha prudencia y elocuencia, mostrando cómo era esta orden en España muy santa, y lo había sido, como constaba muy claro, mediante las grandes diligencias que se habían hecho por mandado del Papa; y que él de su parte, y la de todos los prelados que en el santo concilio se habían congregado, les declaraba libres de las culpas que les eran impuestas, porque en Dios y en su conciencia y en la de todos estos prelados era así verdad; la cual, en presencia de todos, publicaba por tal para que llegase a noticia de todas las gentes de Castilla y de León, y se alegrasen al saber que sus Templarios habían sido buenos y católicos, y que lo eran, y que mediante las letras apostólicas pudieran bien absolverlos por libres; pero que después de mucho acuerdo habían determinado los padres, por reverencia a la Santa Sede y muy mejor expediente de los presos, remitir al Papa todo lo actuado para que la absolución fuese mas autorizada, y se viese que si allí habían sido malos aquí eran buenos.

El pueblo maltrata a los Templarios

El maestre y los otros presos fueron trasladados a Salamanca, y habiendo oído al arzobispo dieron muchos loores a Dios, y a él y a todo el concilio, por tanto bien; y enseguida requirieron a los comisarios les declarasen libres por sentencia, puesto que tenían toda la autoridad competente para ello, y también que les entrégasemos bienes embargados, atendiendo a la gran pobreza y miseria que padecían sin culpa, y que cuidasen de la seguridad de sus personas, porque los seglares los maltrataban, y aun los mataban cuando los cogían a mansalva; y por último pidieron con mucha instancia que expidieran sus mandamientos para que los clérigos y religiosos de estos reinos los admitiesen a los oficios divinos y les administrasen los sacramentos. No accedieron los padres a estas súplicas porque todo lo habían referido al Papa, volviendo a sus prisiones con más honor y mejores tratamientos.

Las dos partes del proceso contra los Templarios

Hemos seguido en esta empeñada contienda, aún no resuelta, la opinión de un autor tan concienzudo y diligente como Garibay, y aun casi hemos copiado letra por letra la narración que hace de este acontecimiento en su obra inédita que ya hemos citado. Muchos autores convienen en ello, pero de pasada, muy a la ligera y sin dar razón de su dicho; otros niegan rotundamente la absolución de los Templarios en el concilio de Salamanca; ¿qué hacer, qué creer en tal conflicto? La crítica, la razón, los documentos históricos nos dan alguna luz para proceder con justicia y con toda imparcialidad en este tan enmarañado litigio. A nuestros lectores dejamos la respuesta, si bien nos inclinamos a pensar que los Templarios de Castilla y de León fueron declarados inocentes en el concilio celebrado en Salamanca.

En Castilla, como en Francia y como en las otras partes de la cristiandad donde existía la orden del Templo, el proceso de sus caballeros aparece dividido en dos partes:

La primera es una averiguación sumaria de los crímenes y pecados que a la orden se atribuía, mandada hacer por el Papa, y encomendada por sus letras apostólicas a cardenales, a obispos, a legados o vicarios u otros clérigos constituidos en dignidad.

La segunda es la causa incoada “jure propio” por los obispos, y terminada, no sobre la orden, sino contra las personas, por los concilios provinciales, cuya jurisdicción conocía en aquel entonces de los delitos de herejía.

De manera que en Castilla, según el tenor de las palabras de Garibay y de otros historiadores, aparecieron divididos los procedimientos de los Templarios en estas dos partes, sin que sobre este punto, al menos que sepamos, se haya hecho hasta ahora distinción ni diferencia. Por las letras apostólicas, dirigidas al arzobispo de Toledo D. Gonzalo, comenzó la averiguación que la Santa Sede quería hacer en toda la cristiandad acerca de los desórdenes con que se habían contaminado los caballeros del Templo; quería saber el pontífice si el mal era cierto y las declaraciones verdaderas; quería saber la intensidad y la extensión de aquella epidemia moral y religiosa, para proceder en el concilio de Viena, ya convocado, con toda la discreción, libertad y conocimiento de causa necesario a resolver un asunto tan grave. Y esto fue lo que mandó hacer, y por su parte hizo el arzobispo D. Gonzalo Barroso en Medina del Campo, adonde los presuntos reos fueron citados.

Muerto ya el arzobispo de Toledo, como era el segundo nombrado en las letras pontificias el arzobispo de Santiago D. Rodrigo del Padrón, siguió en el conocimiento de este asunto, y terminado convocó concilio provincial en Salamanca para juzgar a las personas sobre la herejía y demás delitos que caían bajo su jurisdicción.

Que se reunió concilio en Salamanca en el año de 1310, es indudable, nadie hay que lo niegue; y para mayor prueba tenemos la última sesión que imprimió Florez en el tomo 18 de la España Sagrada, y que nosotros insertamos en la Colección diplomática a la página 770. Que debió tratarse el asunto de los Templarios, no lo afirmamos tan rotundamente, pero parece tan natural, que, casi casi, la negativa nos parece absurda. Cuando en toda la cristiandad se reunían los concilios provinciales con el mismo objeto, cuando en Italia, Alemania, Inglaterra, y en el vecino reino de Aragón absolvían o condenaban a los Templarios los concilios provinciales, sin contar a Francia de cuyos procesos tenemos completas noticias, ¿solamente los obispos de Castilla habían de ser o tan ignorantes o tan descuidados, que no llenaran como todos sus hermanos uno de sus principales deberes? Y si fue cierto que se reunió el concilio, como no tiene duda, todavía es más increíble y más absurdo, que reunido el concilio en aquel tiempo, y presidido por el que había hecho la inquisición sobre los delitos achacados a la orden, no tratase de la materia de su principal incumbencia, y para el cual probablemente fue convocado.

Carece por consiguiente de toda verosimilitud la opinión de los que niegan al concilio de Salamanca celebrado en 1310, el desempeño de una de las primeras obligaciones del episcopado, cual era el de perseguir, averiguar y castigar la herejía.

En cuanto a la decisión del concilio respecto a la inocencia de los acusados, puede ser cosa más disputada por lo indecisa, porque no existiendo documento que la afirme, están en su derecho los que la niegan, aunque por la misma razón estamos nosotros en el nuestro, negando también la condenación. Pero si ésta tuvo lugar, ¿dónde, en qué parte refiere la historia los suplicios o las penas a que fueron condenados los Templarios? ¿Cómo en el largo litigio a que dio lugar el secuestro de sus bienes, no encontramos ni una ligera alusión a los castigos impuestos al maestre, a individuos de la orden, y sólo a la decisión del Papa, y del concilio de Viena? Y si fueron absueltos los de Aragón en el concilio de Tarragona; los de Lombardia, las Marcas, Toscana y Dalmacia, en el concilio de Rávena; los de Sesena y Marca de Ancona, en el concilio de Pisa; los de gran parte de Alemania en el de Maguncia, ¿cómo no pudieron serlos castellanos en el de Salamanca? La falta de documentos en Salamanca o en cualquiera de las iglesias sufragáneas cuyos obispos asistieron al concilio, prueba en nuestro concepto que la declaración de aquella sagrada congregación fue favorable, pues a no haberlo sido no se hubiera consultado con la Santa Sede, pues jurisdicción bastante había en el concilio para la imposición de la pena, como la ejecutaron por sí y ante sí el concilio de Sens en Francia, el de Londres, el de Nápoles, Sicilia y los estados de la Iglesia; si el de Salamanca remitió todo el expediente a la corte pontificia fue que considerando a los encausados como inocentes, no tuvo inconveniente en abandonar los antecedentes que no habían de tener en Castilla ningún ulterior resultado, y servir únicamente para la decisión que el concilio general y el Papa debían tomar acerca de la futura determinación de la orden.

La opinión de Garibay

Por último, tenemos en nuestro favor la opinión de Garibay, que de una manera terminante, sin abrigar la menor duda, y sin sospechar tampoco que otros puedan abrigarla, da por cosa segura la absolución de los Templarios en el concilio de Salamanca, y la opinión de Morales, que según el parecer de algunos la recibió de Florian de Ocampo. Dice aquél en la suma de privilegios:

“Era 1318, vinieron a Castilla letras del Papa dirigidas al arzobispo de Toledo, y al arzobispo de Sevilla, y a D. Rodrigo, arzobispo de Santiago, a D. Juan, obispo de Lisboa, y al obispo de Palencia y a otros sus coadjutores; en que les hacía saber cómo los freyres de la orden del Temple fueron infamados ante el por algunos artículos malos tirantes en herejía, a que algunos freyres de esta orden allá en Francia fueron presos y traídos ante el Papa y ante los cardenales y sus notarios, confesaron parte de aquellos delitos, según en las dichas letras se declara, y para mayor certificación mandaba el Papa a los arzobispos y coadjutores contra toda su orden acá en Castilla y León y Portugal y que prendiesen todos freyres Templarios cada uno en su provincia, para que hecha la inquisición se cumpliese con ellos lo que fuese justicia. Ítem que hecha la inquisición reservando el Papa para sí la sentencia general contra la dicha orden de los Templarios, ya contra el comendador mayor de estos reinos, hiciesen los tales inquisidores particulares comisarios y sus coadjutores concilio provincial cada uno en su diócesis y povinvias, con sus obispos sufragáneos y diesen sentencia y condenación a las personas particulares de los dichos freyres Templarios, si los hallasen culpados, o los absolviesen no teniendo culpa. Conforme a este mandamiento del Papa, luego se hizo inquisición en el arzobispo de Sevilla y sus provincias sufragáneas, y después en la de Toledo, y después en la de Lisboa, siendo presente a todo el obispo de Palencia. Hecho esto se juntaron en Medina del Campo y llamaron a D. Fray Rodrigo Yáñez, maestre del Temple en los dichos reinos a los principales freiles de esta orden, los cuales venidos obedientemente se metieron en la presión de los comisarios para estar a cuanto de ellos se quisiere ordenar. Y a pocos días hicieron juramento y pleito homenaje como caballeros que eran de tornar a ellos cada cuando que fuesen llamados.
Octubre: Era 1348, miércoles 21 días del mes de octubre, se juntaron en la ciudad de Salamanca D. Rodrigo, arzobispo de Santiago, D. Juan, obispo de Lisboa, y D. Vasco obispo de Garda, y D. Gonzalo, obispo de Zamora, y D. Pedro, obispo de Ávila, y D. Alfonso, obispo de Cibdade, D. Domingo, obispo de Plasencia, D. Rodrigo, obispo de Mondoñedo, D. Alfonso, obispo de Astorga, D. Juan, obispo de Tuy, D. Fray Juan, obispo de Lugo; llegados en su concilio provincial en las casas del obispo de Lamego, que son en la dicha ciudad de Salamanca sobre los negocios tocantes a la orden del Temple, y tornados allí a la presión el D. Rodrigo Yáñezz, maestre del Temple, y los principales de sus freyles, el arzobispo de Santiago ante todo el pueblo y caballeros y clerecía, habló largamente como él había hecho cumplida inquisición en todas sus diócesis sufragáneas, y lo mismo el obispo do Lisboa en la parte del arzobispado de Braga, perteneciente al reino de León, según el Papa lo mandaba, y lo mismo el de Toledo, y todos los otros comisarios, y como quiera que vistos y examinados los procesos con grandísima diligencia y solicitud, no hallaban ser culpados en cosa alguna los dichos freyles ni su orden acá en estos reinos de Castilla y León, sino muy buenos religiosos y de muy buena fama, y así lo declaraban y manifestaban a todos en Dios y sus conciencias y lo daban por cosa publica, y pues que según el mandamiento que tenían del Papa, les podían absolver por tales; pero que por reverencia del Papa y por mayor honra y provecho de los dichos freyres tenían por bien reservar la dicha sentencia para que el Papa la diese, para que allí donde primeramente llegó la infamia, llegue también la buena fama, de lo cual prometían informar a Su Santidad cumplidamente. Y luego el dicho maestre del Temple requirió a los dichos arzobispos y comisarios los diesen por libres por su sentencia conforme al mandamiento del Papa y facultad que de él tenían y les mandasen restituir sus bienes de que estaban despojados, porque estaban en gran pobreza, y les mandasen asegurar de las gentes seglares que los mataban y herían, y diesen carta para el rey que les tenía sus bienes y para los clérigos y religiosos que les admitiesen a las misas y horas a sacramentos de que les estrañaban como a herejes. Lo cual pidieron con gran instancia. Los comísarios respondieron lo que primero dicho tenían.. ” Mor. Sum: de previl. B. R. tom. 2.

Esta tan importante opinión confirma la nuestra, emitida ya y corroborada con todas las pruebas que la crítica ha podido suministrarnos en una cuestión muy oscura hasta hoy por falta de documentos.

El archivo de Aragón sobre el Temple

Feliz en el proceso de los Templarios, como en otros muchos asuntos históricos, el archivo de Aragón conserva muy curiosos documentos, con los cuales se podría escribir la historia de los Templarios de aquel reino; de todos ellos da noticia el diligentísimo escritor Padre Villanueva en su tomo V del Viaje literario a las iglesias de España.

Antes que el Papa escribiese al rey de Aragón sobre el gravísimo negocio de los Templarios, ya lo había hecho el rey de Francia, más empeñado que ningún otro soberano en aquella contienda; pero D. Jaime se negó a proceder contra los caballeros, ya porque de ellos no había recibido agravio, ya porque el Papa hasta entonces en un asunto que tocaba a su poder espiritual había guardado un absoluto silencio. Dirigióse el rey a Clemente V pidiéndole consejo, y suplicándole le dijese qué crímenes habían cometido los caballeros de aquella orden; pero antes de obtener respuesta a tan discreta pregunta, ya se había visto obligado a proceder, instigado por los obispos y el inquisidor de la fe. A principio de diciembre de 1307 mandó abrir en Valencia pesquisa contra los individuos de aquella orden ante Bernardo de Aversona, siendo los jueces o los pesquisidores nombrados por el rey,, el obispo de Valencia D. Raimundo Despont, el de Zaragoza D. Ximen, y Fray Juan Llolger, dominico, inquisidor en los reinos; los primeros limitaban sus procedimientos a los Templarios de su diócesis, y el último los extendía a todos los del reino. Acoplaron tan delicado encargo, pero con la condición de ser auxiliados en su caso por la justicia real para impedir la fuga de los acusados, procediendo enseguida al secuestro de todos los bienes de la orden. Testigos fueron D. Jaime Pérez y D. Juan, hermanos del rey; Fray Guillermo Aranion, dominico, y confesor del rey; Gonzalo García y Artal de Azlor, sus consejeros; Pedro de Costa, juez, y Bernaldo de Albacia vicecanciller. El rey admitió la condición, dando inmediatamente orden a Gomdo de Entenza., procurador general del reino de Valencia, para prender a los Templarios y ocupar e inventariar sus bienes; al día siguiente, 2 de diciembre, se dio la misma orden para los de Peñíscola y Xivert y los de Cataluña y Aragón, y en todas ellas se pone la cláusula de: “a causa de las instancias que sobre ello hace el rey de Francia.”

A 5 del mismo mes y año despachó el rey convocatorias a los obispos de Valencia, Zaragoza, Tarazona, Huesca, Segorbe, Lérida, Barcelona, Vique, Gerona, Tortosa y Urgel, y al vicario general del arzobispado de Tarragona D. Rodrigo, para que acudiesen todos en la próxima Estefanía a tratar del modo de proceder contra los Templarios. Los del rey se habían apoderado ya del castillo de Peñíscola a 12 de diciembre, y Bernardo de Siliano traía a Valencia preso al comendador que lo habitaba, con todo lo que en el recinto había encontrado. En el 29 mandaba D. Jaime al bayle de Tortosa llevar a su presencia, Valencia, “tres fratres Templarios, qui rasis barbis, relicto dicto ordine fugiebant… quorum alter interrogatus qualiter fiebat professio, et ingressus per fratres ipsius ordinis, respondit, se hoc nec Papae, nec aliquid alio, nisi nobis (regi) tantummodo revelaret”.

Los Templarios españoles hacen amago de morir luchando

Los Templarios tan pronto como advirtieron los primeros síntomas de la tempestad que sobre ellos iba a descargar, pusieron sus castillos en defensa apercibidos para la guerra: así lo da a entender la carta que el rey escribió en Valencia a 23 de enero de 1308, dirigida a D. Raimundo Despout, obispo de aquella diócesis. Raimundo Laguardia con otros muchos se hicieron fuertes en el castillo de Miravel, otros en el de Monzón, y el conde de Urgel, Dalmacio de Rocaberti, y el obispo de Gerona, se opusieron a la captura de los Templarios y secuestro de sus bienes en sus estados y diócesis, negándose a obedecer las repetidas órdenes del rey. Este preguntaba al de Francia cómo iba el asunto en sus reinos, mostrándose indeciso para creer los rumores que corrían, y temiendo si por exceso de celo había pecado en asunto de tal trascendencia: los de Miravet decían que se conformarían con la decisión del Papa si se limitaba a suprimir la orden, pero no a sufrir la sentencia que los declarase herejes, porque en tal caso morirían todos en las ruinas del castillo: al fin, se rindieron, y todos se sujetaron al juicio, todo por lo mismo quedó sosegado, si bien la opinión conmovida, los pareceres varios, y las persecuciones continuas y sangrientas.

Aún no parecía bastante lo hecho, pues en 5 de julio de 1310 despachó el rey una real orden desde Daroca mandando a los bayles que estrechasen más las prisiones de los Templarios, poniéndoles grillos y redoblando el cuidado: decía el rey que esto era a petición de los inquisidores apostólicos; y para que todo llevara el sello de lo raro y lo singular en este proceso, la regla debía ser general y empezar en todas las prisiones en un día dado, señalando el de Santa María Magdalena inmediato. No sabemos si condolido el monarca con los ayes de las victimas, o convencido de la inutilidad de aquellos rigores, es lo cierto que el 20 de octubre, estando el rey en Barcelona, mandó a los vegueres que mitigasen el rigor, dejando libres a los Templarios dentro de los castillos, con tal que jurasen primero no salir ni escaparse, so pena de ser reputados y tenidos por herejes. Da D. Jaime la razón de su conducta templada así como la dio de su duro proceder; y era que ahora el concilio provincial Tarraconense, celebrado a principios de octubre de aquel año, le pidió que pues no se había sentenciado el negocio de los Templarios, ni constaban con certidumbre sus delitos, les mandase poner en custodia segura, pero no penal. Poco duró este benigno proceder, porque en 18 de marzo de 1311 el Papa escribió al rey desde Aviñón participándole la sorprendente nueva de que en los procesos que habían formado el arzobispo de Tarragona, obispo de Valencia, y otros comisionados de la causa de los Templarios, no quedaban convencidos los acusados, y sólo resultaba contra ellos una vehemente sospecha, y que por consiguiente había mandado proceder a la cuestión de tormentos, y suplicaba al rey que auxiliase y protegiese esta resolución. Tan bárbara insinuación, si bien conforme con la legislación y jurisprudencia de aquella época, debió llevarse a cabo; pues a 3 de diciembre siguiente mandó el rey que se propinasen medicinas a los Templarios que las necesitasen o por enfermedad o “propter tormenta”.

Surge la sospecha de intervención económica contra el Temple

Por último, el rey, por orden general, mandó conducir lodos los Templarios a Barberá o a Monblanc, a petición del arzobispo de Tarragona para el concilio provincial que debía comenzar en la próxima fiesta de San Lucas. Ya hemos tenido lugar de observar, que ni el Papa ni el rey, ni los inquisidores, ni los concilios provinciales, tuvieron lenidad, ni aun siquiera caridad con los Templarios del reino de Aragón; presos, aherrojados, sufriendo molestias, y padeciendo todo género de penalidades, iban de una parte a otra custodiados con buena escolta, y sin darles lo más preciso siquiera para su miserable existencia. El tormento por lo visto aniquiló sus cuerpos, pero no disminuyó ni el valor de sus almas ni rebajó la constancia de su carácter. A pesar de tener enemigos por jueces, de clamar contra ellos con su imponente grito la opinión pública, de disputar sobre sus bienes con encarnizamiento el Papa y los reyes, con más energía que decoro mucho tiempo antes que el fallo del tribunal hubiera recaído en la causa; a pesar de circunstancias tan desventajosas, el concilio provincial pronunció su sentencia de absolución a 4 de noviembre de 1312, la cual fue leída al pueblo por Arnaldo Lescomes, canónigo de Barcelona.

El concilio general de Viena, convocado para el 1.° de noviembre de 1310, fue prorrogado hasta el mismo día de los Santos de 1311, asistieron 114 prelados y otros muchos procuradores, y dos patriarcas, el de Antioquia y el de Alejandría; su total número según Vilani fue de 300. El 16 de octubre se celebró la primera sesión, el Papa predicó, según la costumbre, sobre el texto siguiente: “Las obras del Señor son grandes en la asamblea de los justos.” El concilio oyó de la santa boca del padre común de los fieles los tres asuntos principales para los cuales habían sido convocados los padres.

El Papa Clemente disuelve la Orden Militar del Templo

Templarios, socorros a la Tierra Santa, y reforma de costumbres y de la disciplina. El primer asunto fue el que se trató con más detenimiento, por ser el más grave y de mayores consecuencias. Leyéronse los procedimientos que se habían incoado en toda la cristiandad contra los Templarios, y apenas leídas se presentaron nueve caballeros en nombre de dos mil franceses” Templarios, pidiendo ser oídos. Los santos padres accedieron a la demanda creyéndola justa, exceptuando los arzobispos de Reims, de Sens y de Rouen. Mucho se habló sobre este incidente, según dicen los autores contemporáneos; los ánimos se hallaban en suspenso, la curiosidad era grande, la tardanza daba cuidado; por fin, el Papa, el 22 de marzo del año de 1312, en consejo secreto de cardenales y prelados, extinguió la orden, más por justo modo de proceder que por sentencia condenatoria, reservando sus personas y bienes a disposición de la Santa Sede y de la Iglesia.

El rey de Francia, primer promovedor de la causa y proceso de los Templarios, llegó al concilio a la segunda sesión, a tiempo para oír la sentencia que publicó el pontífice, y es del tenor siguiente:

“Clemente, obispo siervo de los siervos de Dios, a todos los que las presentes vieren, sabed: Que teniendo muy en cuenta las muchas informaciones y procesos llevados a cabo, por encargo de la Santa Sede Apostólica en todas las partes de la cristiandad contra la orden militar del Templo, y contra sus freyres, por las muchas herejías de que eran acusados, y muy particularmente por el enorme atentado cometido por ellos en sus recibimientos, renegando de Cristo Señor Nuestro, y despreciando sus divinas efigies hasta el punto de escupir sobre ellas, y algunas veces hollarlas; teniendo en cuenta que el gran maestre, el visitador de Francia, los primeros comendadores, y muchos de los hermanos han confesado en presencia de sus jueces la enormidad de sus crímenes, haciendo recaer las sospechas de hallarse contaminada toda la orden; considerando la infamia que de estas confesiones le ha resultado y las pretensiones eficaces de los prelados, duques, condes, barones y pueblo de Francia, el escándalo que ha corrido de uno a otro punto, difícil de apaciguar mientras la dicha orden subsista, considerando otras muchas razones y causas a cuál más justas, con mucho y gravísimo dolor, no menos que con profundísima aflicción, no por sentencia definitiva que legalmente no podemos dar, según las informaciones y procesos, sino por vía de provisión o decreto apostólico abolimos, suprimimos y anulamos la orden militar del Templo, sus hábitos, su nombre; sometiéndola a perpetua prohibición: esto lo hacemos con aprobación del santo concilio en Viena el 5 de mayo, año 7.º de nuestro pontificado.” La bula, vox audita est in excelso, se publicó con todas las formalidades al día siguiente.

Comienza las desavenencias por el destino de las propiedades del Templo. Los Reyes de Castilla, Aragón y Portugal se niegan a entregarlas

La cuestión de los bienes suscitó graves dificultades entre el Papa y los soberanos: si éstos habían sido dóciles en cuanto a las personas no lo fueron tanto con respecto a entregar desde luego las inmensas riquezas que aquella orden poseía. Los reyes de Castilla, Aragón y Portugal se negaron a entregar unos bienes que tanto apetecían para las necesidades urgentísimas de la guerra que contra los moros llevaban.

Tenían razón; así es que conociéndolo el pontífice no salieron de España los bienes de los Templarios; unos se aplicaron a la orden de San Juan, otros a la de Santiago y Calatrava, y los de Aragón fueron el patrimonio de la de Montosa, fundada a poco tiempo de la extinción de la del Templo. Finalmente, teniendo en cuenta las sentencias parciales de los concilios provinciales, celebrados en toda la cristiandad, encontramos que la mayor parte de los Templarios fueron puestos en libertad después de una larga prisión; muchos tomaron el hábito de San Juan, en Aragón el de Montesa y en Portugal el de Cristo; órdenes que aún existen hoy, si bien desviadas completamente de su primitivo origen.

El gran maestre se resiste a la prisión perpetua y finalmente Felipe el Hermoso le envía a la hoguera

Ya hemos visto como el Papa se había reservado el examen y juicio del gran maestre, del visitador general de Francia y los comendadores de Viena y Normandía. El Papa desistió y nombró para que los juzgasen al obispo de Albano, al de Sens y a otros cardenales; reunidos en tribunal dieron su sentencia en público delante de la puerta de la catedral de París en un tablado levantado al efecto. Como estuviesen presentes los reos a oír la notificación de la sentencia, que era de prisión perpetua, y predicando uno de los cardenales, como era costumbre en actos parecidos, el gran maestre y otro de sus compañeros, a grandes gritos, protestaron de su inocencia, reclamando contra el predicador y contra el arzobispo de Sens. Con asombro de los jueces, con admiración de los circunstantes retractaron sus declaraciones anteriores y se confesaron culpados como calumniadores de la orden y de sus caballeros. Los jueces, no sabiendo qué determinación tomar en aquel apuro, se retiraron de la vista del público, entregando por el pronto los reos al preboste de París. Cuando el rey supo lo ocurrido, convocó a su consejo, excluyendo de él para aquel acto a los eclesiásticos, y con su parecer mandó llevar a los reos a un apartado lugar de la isla situada entre el jardín del Rey y la ermita de San Agustín, y mandólos quemar como a herejes contumaces y relapsos.

Los últimos momentos del maestre y de su compañero fueron sublimes: he aquí cómo el historiador Paulo Emilio da cuenta de tan triste acontecimiento:

Últimos momentos del Gran Maestre del Templo. Críptica declaración de inocencia

“Al borde del sepulcro (dijo el gran maestre), en el momento de comparecer ante Dios, en este supremo instante en el cual la mentira es un delito imperdonable, mi corazón confiesa la verdad. A saber: que he cometido un crimen abominable contra mí y contra mis hermanos. Declaro que merezco la muerte y los más insufribles suplicios por haber inventado, y aun sostenido en medio de los rigores del tormento, las calumnias más execrables contra mi orden, que tantos servicios ha hecho a la Religión Cristiana, y esto por el culpable egoísmo de alcanzar una vida feliz y en favor de personas que no merecen tan cobarde complacencia. Yo pudiera rescatar mi vida; pero no la quiero, y mucho menos a costa de otra mentira más detestable que la primera”.

La muerte enterró con el cuerpo el secreto del alma del maestre; sus últimas palabras fueron, son y serán cifras ininteligibles para los humanos, sólo Dios puede comprender su sentido y saber si era inocente o culpado el maestre, cuyo carácter durante el proceso y en los momentos últimos de su vida es un verdadero enigma.

Felipe el Hermoso cambia la condena impuesta motu propio

Tal fue la historia y tal el fin de la orden del Temple. El Papa acabó con la orden en el concilio de Viena. El rey de Francia le cortó la cabeza, condenando a morir quemado en un rincón de una de las islas del Sena a su maestre. El Papa procedió con justicia, con prudencia y discreción en el largo debate de tan grave asunto. El rey con ligereza y con ira. La última pena impuesta al maestre motu propio, sin jurisdicción, y hasta con alevosía, fue una acción condenada por la justicia y la moral y severamente reprendida por la historia.