sábado, 29 de marzo de 2014

Discurso de Hitler en el Reichstag el 28-4-1939, en respuesta a telegrama de Roosevelt del 14-4-1939

El 28 de abril de 1939, Adolf Hitler convocó a los parlamentarios del Reichstag para pronunciar un discurso en respuesta al mensaje-telegrama que el Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt le envió el día 14 de abril.  El contenido del telegrama de Roosevelt fue objeto de muchas críticas por la forma como estuvo  redactado y sobre todo cuando Hitler expuso su respuesta de manera pública, con un discurso de 2 horas y media, respondiendo, uno a uno todos los argumentos de Roosevelt.  Al día siguiente en muchos periódicos de todo el mundo fue comentado el discurso con amplia difusión de extractos de su contenido y en algunos países publicado en su totalidad.
En varios países aliados de Estados Unidos, el telegrama de Roosevelt fue comentado, pero no publicado en su totalidad y la respuesta de Hitler, o no fue publicada o también fue parcialmente presentada.  También durante varias décadas algunos extractos del discurso de Hitler, fueron sacados de contexto y usados como propaganda; por ejemplo, el caso más difundido, cuando en el discurso mencionó al "Reich de mil años" refiriendose al Imperio Alemán desde el Primer Reich, pero se usó la frase para atribuirle que presagiaba un "Tercer Reich Nacionalsocialista que duraría mil años".

Miembros del Reichstag 
"El Presidente de los Estados Unidos de América me ha enviado un telegrama, con un singular contenido que ya conoce la Cámara.  Antes de que yo recibiera ese documento, el resto del mundo ya había sido informado de su contenido, por medio de la radio, por los informes de los periódicos, y por numerosos comentarios aparecidos en los órganos de prensa del mundo democrático que nos ilustraron profusamente en cuanto al hecho de que este telegrama era un documento táctico muy hábil, destinado a imponer a los estados, en los que el verdadero pueblo gobierna, la responsabilidad de las medidas bélicas adoptadas por los países plutocráticos.


En vista de estos hechos he decidido convocar al Reichstag alemán, para que ustedes, señores, puedan tener la oportunidad de escuchar primero mi respuesta y así confirmarla o rechazarla.  Pero, además, he considerado conveniente mantener el método de procedimiento empleado por el presidente Roosevelt y, por mi parte, informar al resto del mundo de mi respuesta.  Pero me gustaría también aprovechar esta oportunidad para dar expresión a los sentimientos que me inspiran los tremendos acontecimientos históricos del mes de marzo.  Puedo expresar mi más íntimo sentir sólo en forma de humilde agradecimiento a la Providencia, que me ha concedido, a quien fuera una vez un soldado desconocido de la Gran Guerra, llegar a ser el líder de mi tan querido pueblo.
Recuperación de la libertad
La Providencia me mostró el camino para liberar a nuestro pueblo desde lo más profundo de su miseria sin derramamiento de sangre y conducirlo una vez más al resurgimiento.  La Providencia me concedió que yo pudiera cumplir con mi tarea suprema de sacar al pueblo alemán de las profundidades de la derrota, liberándolo de las ataduras del más indignante dictado de todos los tiempos.  Solamente ese ha sido mi objetivo.
Desde el día en que yo entré en política, no me ha animado más ideal que el de reconquistar la libertad de la nación alemana, restableciendo el poder y la fuerza del Reich, superando el resquebrajamiento interno de la nación, poniendo remedio a su aislamiento del resto del mundo, y salvaguardando el mantenimiento de su existencia económica y su independencia política.

He trabajado solamente para restaurar lo que una vez, otros destruyeron por la fuerza.  He deseado sólo reparar lo que la maldad satánica y la sinrazón humanas destruyeron o demolieron.  No he tomado, por tanto, ninguna medida que haya violado los derechos de los demás, sólo he restaurado en justicia lo que fue violado hace veinte años.  Actualmente en el Gran Reich alemán no existe ningún territorio que no fuera desde los primeros tiempos parte de este Reich, vinculado a él o sujeto a su soberanía.  Mucho antes de que el continente americano fuera descubierto —por no decir colonizado— por la gente blanca, este Reich existía, no sólo con sus fronteras actuales, sino con la adición de muchas otras regiones y provincias que desde entonces se han perdido.
Hace veintiún años, cuando el derramamiento de sangre de la guerra llegó a su fin, millones de mentes estaban llenas de la ardiente esperanza de que la paz de la razón y la justicia recompensaran y bendijeran a las naciones que fueron visitadas por el flagelo terrible de la Gran Guerra.  Digo "recompensaran", a todos aquellos hombres y mujeres —cualquiera que hayan sido las conclusiones a las que hayan llegado los historiadores— que no tuvieron responsabilidad por esos terribles hechos.  En algunos países, todavía pueden haber políticos que incluso en esta época tienen la percepción de la responsabilidad de esas personas por la masacre más atroz de todos los tiempos, sin embargo, el gran número de soldados combatientes de cada país y sus naciones no fueron culpables, sino más bien víctimas dignas de conmiseración.
Yo mismo, como ustedes saben, nunca había jugado un papel en la política antes de la guerra, y solamente, como muchos otros millones de personas, realizaba las funciones que estaba llamado a cumplir como un ciudadano decente y un soldado.  Por lo tanto, estaba con la conciencia absolutamente clara de que yo era capaz de asumir la causa de la libertad y el futuro de mi pueblo, tanto durante, como después de la guerra.  Y por eso, puedo hablar en nombre de millones y millones de otros igualmente libres de culpa, cuando declaro que todos aquellos, que sólo habían combatido por su nación y en el fiel cumplimiento de su deber, tienen derecho a la paz de la razón y la justicia, de modo que la humanidad pudiera por fin trabajar para hacer un gran esfuerzo conjunto por las pérdidas que sufrió.  Pero esos millones fueron engañados con esa paz, y no fue sólo el pueblo alemán, o quienes lucharon a nuestro lado contra los demás pueblos, todos sufrieron a través del Tratado de Paz, porque ese Tratado tuvo un efecto devastador también en los países vencedores.
Que la política debía ser controlada por los hombres que no habían luchado en la guerra, fue calificado por primera vez como un infortunio.  El odio era desconocido por los soldados, pero no por los viejos políticos que habían preservado cuidadosamente sus preciosas vidas de los horrores de la guerra, y que después cayeron sobre la humanidad cubiertos con el manto de insanos espíritus de venganza.
El odio, la maldad y la sinrazón, fueron los antepasados intelectuales del Tratado de Versalles.  Territorios y Estados con un historial que se remonta a mil años fueron arbitrariamente divididos y disueltos.  Los hombres que vivieron juntos desde tiempos inmemoriales fueron desgarradoramente aislados, las condiciones económicas de su vida fueron ignoradas, mientras que los mismos pueblos se convirtieron en vencedores y vencidos, en amos que poseen todos los derechos y en esclavos que no poseen ninguno.  Ese documento de Versalles ha sido, afortunadamente, puesto en blanco y negro para ser visto por las generaciones venideras, de lo contrario, habría sido considerado en el futuro como el producto de una imaginación grotesca de salvajes y corruptos.  Casi 115 millones de personas fueron despojadas de su derecho a la libre autodeterminación, no por soldados victoriosos, sino por alienados políticos, y fueron arbitrariamente separados de las antiguas comunidades para formar parte de otras nuevas, sin ninguna consideración por su raza, por su origen, por el sentido común o por sus medios de vida.
Los resultados fueron terribles.  Aunque en ese momento los estadistas osaron destruir una gran cantidad de cosas, hubo un factor que no pudo ser eliminado; la gigantesca masa de gente que vive en Europa Central, atestados en un espacio reducido, que sólo podrían garantizarse su pan de cada día por el pleno empleo y el orden resultante.  Pero, ¿qué saben sobre estos problemas esos estadistas de los llamados imperios democráticos?
Una horda de personas totalmente estúpida e ignorante se abatió sobre la humanidad.  En los distritos en los que cerca de 140 personas por kilómetro cuadrado tenían que ganarse la vida, sólo destruyeron el orden que se había construido a lo largo de casi 2.000 años de desarrollo histórico, y crearon el desorden, sin ser ellos mismos capaces o estar deseosos de resolver los problemas que enfrenta la vida comunitaria de estas personas porque, además, los dictadores que impusieron el nuevo orden mundial, debieron asumir en ese momento su responsabilidad.
Sin embargo, cuando ese nuevo orden mundial se convirtió en una catástrofe, los dictadores de la paz democrática, americanos y europeos por igual, fueron tan cobardes que ninguno de ellos se atrevió a aceptar la responsabilidad por lo ocurrido.  Cada uno le echó la culpa a los demás, tratando de ese modo, salvarse de la sentencia de la historia.  Sin embargo, los pueblos que fueron maltratados por su odio y sinrazón, por desgracia, no estaban en condiciones de escapar de quienes los perjudicaron.
Es imposible enumerar las etapas de los sufrimientos de nuestro propio pueblo.  Robadas la totalidad de nuestras posesiones coloniales, privados de todos sus recursos financieros, saqueados por las llamadas reparaciones de guerra y por lo tanto empobrecidos, nuestra nación fue arrastrada al período más oscuro de su historia nacional.  Téngase en cuenta que esa no era la Alemania Nacionalsocialista, sino la Alemania democrática, la Alemania que estaba tan débil que confió, por un solo momento, en las promesas de los estadistas democráticos.
La miseria resultante y las continuas necesidades comenzaron a llevar a nuestra nación a la desesperación política.  La gente decente y trabajadora de la Europa central pensó que iban a lograr la posibilidad de liberación con la completa destrucción del viejo orden, que para ellos representaba una maldición.
Por un lado, parásitos judíos saquearon la nación sin piedad y, por otro lado, soliviantaron al pueblo hundido como estaba en la miseria.  Como la desgracia de nuestra nación se convirtió en el único objetivo de esa carrera, era posible incubar entre la creciente horda de desempleados a los elementos apropiados para la revolución bolchevique.
La decadencia del orden político y la confusión de la opinión pública por la prensa judía irresponsable, condujo a choques cada vez más violentos en la vida económica y por consiguiente al incremento de la pobreza y mayor predisposición para absorber ideas subversivas bolcheviques.  El ejército de la revolución mundial judía, como se le llamó a la masa de desempleados, finalmente se elevó a casi siete millones.
Alemania nunca había conocido antes ese estado de cosas.  Antaño, en la zona en la que el gran pueblo alemán y los antiguos estados habsburgos vivieron, la vida económica, a pesar de todas las dificultades de la lucha por la existencia que implica la excesiva densidad de población, no había vuelto muy incierto el porvenir, sino, por el contrario, más y más seguro.
Laboriosidad y trabajo, mucha austeridad y el amor por el orden escrupuloso, a pesar de que no permitió a la población de este territorio acumular riquezas excesivas, les permitió en todo caso, asegurarlos contra la miseria más abyecta.  Los resultados de la paz miserable, forzada por los dictadores democráticos, fueron mucho más terribles para esas personas cuando fueron condenados en Versalles.  Hoy sabemos la razón de los resultados terribles de la Gran Guerra.
Resolución del problema del Sarre
En primer lugar, fue la avaricia por el botín.  Lo que rara vez se paga en la vida privada, podría, según ellos, ser para la humanidad un experimento rentable si se multiplica un millón de veces.  Si las naciones grandes fueran saqueadas y exprimidas al máximo, entonces sería posible para ellos vivir una vida de cómoda y sin preocupaciones.  Tal era la opinión de esos economistas improvisados.
A tal fin, los Estados tenían que se desmembrados.  Alemania fue privada de sus posesiones coloniales, aunque, no tenían ningún valor real para las democracias del mundo, los distritos más importantes para la obtención de materias primas tenían que ser invadidos y —si fuera necesario— puestos bajo la influencia de las democracias y, sobre todo las infortunadas víctimas de ese lamentable maltrato democrático de naciones y pueblos, tenían que ser impedidas a que jamás se recuperaran, y mucho menos que se rebelaran contra sus opresores.
Para ello, durante 60, 70 ó 100 años, Alemania había de pagar sumas tan exorbitantes, que la cuestión del procedimiento más adecuado para su recaudación no podía ser menos que un misterio, aun para los mismos autores del proyecto.  Obtener las sumas en oro, en moneda extranjera, o por medio de pagos regulares en especies, habría sido absolutamente imposible sin que los sorprendidos colectores de ese tributo quedaran también arruinados.  Como cuestión de hecho, esos dictadores de la paz democrática, destruyeron toda la economía mundial con su locura de Versalles.
El desmembramiento sin sentido de pueblos y Estados llevó a la destrucción de la producción y del comercio que se habían consolidado en el curso de cientos de años, por lo tanto, llevó a un mayor desarrollo de tendencias autárquicas y con ella la extinción de las condiciones generales de la economía mundial que hasta entonces habían existido.
Cuando hace 20 años, firmé mi nombre en el libro de la vida política como el séptimo miembro del Partido de los Trabajadores Alemanes en Munich, me di cuenta de los signos de la decadencia que aparecían a mi alrededor.  Lo peor de todo —como ya he subrayado— era la desesperación de las masas que son su consecuencia, la desaparición entre las clases educadas de toda confianza en la razón humana, y mucho menos en el sentido de justicia, y en cambio un predominio del egoísmo brutal en todos los seres dispuestos a ello.
En el curso de lo que son ahora 20 años, he sido capaz de moldear una nueva nación, convertirla de la desorganización caótica a un todo orgánico y establecer un nuevo orden que ya forma parte de la historia alemana.  Sin embargo, lo que tengo la intención de proponer hoy ante ustedes, a modo de introducción, es ante todo el significado de mis intenciones y su realización en lo que respecta a la política exterior.  Uno de los actos más vergonzosos de la opresión jamás cometida, previsto en el Dictado de Versalles, ha sido el desmembramiento de la nación alemana y la desintegración política del territorio en el que había vivido durante miles de años.
Nunca, señores, me quedó ninguna duda que efectivamente, es prácticamente imposible en cualquier lugar de Europa llegar a una armonía en las fronteras estatales y nacionales que dé resultados satisfactorios en todos los sentidos.  Por un lado, la migración de los pueblos, que poco a poco se estancó durante los últimos siglos, y por el otro, el desarrollo de grandes comunidades han creado una situación que, bajo cualquier forma en que se la mire, necesariamente debe ser considerada insatisfactoria por los interesados.  Fue, sin embargo, el modo mismo en que estos acontecimientos nacionales y políticos fueron estabilizados progresivamente en el siglo pasado lo que provocó que muchos consideraran justificado, con la esperanza de que al final un compromiso que se encuentre entre el respeto por la vida nacional de los diversos pueblos de Europa y el reconocimiento de las estructuras políticas establecidas pueda realizarse sin destruir el orden político en Europa y con ella la base económica existente, sin embargo las nacionalidades debían ser preservadas.
Esa esperanza fue abolida por la Gran Guerra.  El dictado de paz de Versalles no le hizo justicia ni a un principio ni al otro.  Ni el derecho a la libre determinación ni tampoco a la libre política, por no hablar de lo que respecta a las necesidades económicas y las condiciones para el desarrollo europeo.  Sin embargo, nunca tuve ninguna duda de que —como ya he subrayado— incluso una revisión del Tratado de Versalles también tendría que tener sus límites.  Y siempre lo he dicho con la mayor franqueza, no por razones tácticas, sino por mi convicción más íntima.  Como el líder nacional del pueblo alemán, nunca he tenido ninguna duda de que, siempre que el interés superior de la comunidad Europea ha estado en riesgo, los intereses nacionales deben, si es necesario, ser relegados al segundo lugar en ciertos casos.
Y, como ya he enfatizado, esto no es por razones tácticas, pues nunca he dejado que subsistiese duda alguna acerca de que hasta la revisión del Tratado de Versalles tendría también sus limites.  Por lo tanto, en cuanto se refiere a ciertos territorios que pudieran ser disputados, he llegado a una decisión final que he proclamado no sólo ante el mundo exterior, sino ante mi propio pueblo, y me he encargado de que se atengan a ella.
No he calificado, como hizo Francia en 1870-1871, la cesión de Alsacia y de Lorena como intolerable para el porvenir; pero he establecido diferencias entre el territorio del Sarre y aquellas dos provincias que antaño fueron imperiales; nunca ha cambiado mi actitud sobre este particular, ni lo haré jamás.  La devolución del territorio del Sarre puso fin a todo problema territorial, en Europa, entre Francia y Alemania.  Siempre he considerado como lamentable que los estadistas franceses no se fijaran debidamente en esa actitud.  La actitud de ellos a este respecto no es la adecuada para considerar este asunto.  Le he confirmado esa actitud a Francia para expresar, que comprendo la necesidad de buscar la paz en Europa, en lugar de sembrar la semilla de la continua incertidumbre y hasta de la tensión, medíante peticiones ilimitadas y exigencias continuas de revisión.
Alemania no es responsable de la tensión actual
Si esta tensión ha surgido ahora, sin embargo, la responsabilidad no recae en Alemania, sino en los elementos internacionales que sistemáticamente producen tensión, con el fin de servir a sus intereses capitalistas.
He hecho declaraciones vinculantes a un gran número de estados.  Ninguno de esos estados puede quejarse de que alguna vez se haya hecho ni la sombra de una demanda contra los mismos por parte de Alemania.  Ninguno de los estadistas escandinavos, por ejemplo, puede sostener que el gobierno alemán o la opinión pública alemana les haya presentado alguna solicitud, que fuera incompatible con la soberanía y la integridad de sus estados.
Me complació sobremanera que cierto número de países europeos recogieran esas declaraciones hechas por el Gobierno alemán para expresar y dar énfasis a su deseo de una neutralidad absoluta.  Este ha sido el caso de Holanda, Bélgica, Suiza, Dinamarca, etc.  Ya he mencionado a Francia.  No es preciso que mencione a Italia, con quien nos unen lazos de una amistad profunda y sólida; Hungría y Yugoslavia con las que, como vecinos, tenemos la suerte de mantener relaciones muy amistosas.
El Anschluss de Austria
Por otra parte no he dejado lugar a dudas desde el primer momento de mis actividades políticas de que existían otras circunstancias que representan ultrajes tan mezquinos y groseros para el derecho de la autodeterminación de nuestro pueblo, que jamás podremos aceptarlas ni conformarnos con ellas.
Nunca he escrito una sola línea o pronunciado un solo discurso que mostrara una actitud diferente hacia los estados que acabamos de mencionar.  Por otra parte, en relación con los otros casos, nunca he escrito una sola línea o pronunciado un solo discurso en el que haya formulado alguna actitud contraria a lo que predico.
Primero.  Austria, la más antigua frontera oriental del pueblo alemán, fue una vez el contrafuerte de la nación alemana en el sur-este del Reich.
Los alemanes de esa tierra son descendientes de colonos de todas las tribus alemanas, incluso la tribu de Baviera ha, contribuido en su mayor parte a esa descendencia.  Más tarde esa frontera medieval oriental se convirtió en territorio de la corona y el núcleo del imperio alemán de cinco siglos de antigüedad, con Viena como la capital del Reich alemán de esa época.
Ese Reich alemán sufrió finalmente la ruptura, en el curso de la progresiva disolución hecha por Napoleón, el Corso, pero siguió existiendo como una federación alemana, y no hace mucho luchó y sufrió, en la guerra más grande de todos los tiempos, como una unidad que fue la expresión de los sentimientos nacionales del pueblo, aunque ya no era un estado unido.  Yo mismo soy un hijo de esa frontera medieval oriental.
No sólo fue el Reich alemán destruido y Austria escindida en partes por los criminales de Versalles, sino que a los alemanes se les prohibió también reconocer esa comunidad a la que habían declarado su adhesión por más de mil años.  Siempre he considerado la eliminación de ese estado de cosas como la tarea más alta y más sagrada de mi vida.  Nunca he dejado de proclamar esta determinación, y siempre he estado resuelto a dar cuenta de esas ideas que eran mi preocupación día y noche.
Habría pecado contra el llamado de la Providencia si hubiera fallado en el esfuerzo de dirigir a mi país y al pueblo alemán de la frontera medieval oriental, para que regresara al Reich y por lo tanto a la comunidad del pueblo alemán.  De este modo, por otro lado, he eliminado la parte más vergonzosa del Tratado de Versalles.  He restablecido el derecho a la libre auto-determinación y he acabado con la opresión democrática inflingida a siete millones y medio de alemanes.  He levantado la prohibición que les impedía votar sobre su propio destino, y llevé a cabo esa votación ante el mundo entero.  El resultado fue no sólo lo que yo esperaba, sino también, precisamente, lo que había sido anticipado por los opresores de pueblos del Versalles democrático.   ¿Por qué otra razón impidieron ellos el plebiscito sobre la cuestión de la unificación?
Bohemia y Moravia
Segundo.  Bohemia y Moravia.  Cuando en el marco de las migraciones de los pueblos germanos, por razones inexplicables para nosotros, comenzaron a emigrar fuera del territorio que hoy es Bohemia y Moravia, un pueblo eslavo extranjero usurpó ese territorio creando una brecha entre los alemanes.  Desde entonces el área ocupada por ese pueblo eslavo ha sido encerrado en forma de herradura por los alemanes.
Desde el punto de vista económico, la existencia independiente, en el largo plazo, es imposible para esos países, excepto a través de estrechas relaciones con la nación y la economía alemanas.  Pero aparte de eso, casi cuatro millones de alemanes vivían en ese territorio de Bohemia y Moravia.  Una política de aniquilación nacional, sobre todo después del Tratado de Versalles, fue impuesta bajo la presión de la mayoría checa, en conjunto, también, con las condiciones económicas y la creciente ola de desamparo, que llevaron a la emigración de esos ciudadanos alemanes, por lo que los alemanes abandonados en el territorio se redujeron a aproximadamente 3.700.000.
La población de la franja del territorio es uniformemente alemana, pero también hay grandes enclaves lingüísticos alemanes en el interior.  La nación checa es en su origen extranjera para nosotros, pero en los mil años en los que los dos pueblos han convivido, la cultura checa ha sido en su mayor parte formada y moldeada por las influencias alemanas.  La economía checa debe su existencia al hecho de haber sido parte del gran sistema económico alemán.  La capital de ese país fue durante un tiempo una ciudad imperial de Alemania, y en ella fue fundada la Karls-Universität zu Prag, la más antigua universidad alemana.
Numerosas catedrales, ayuntamientos, y residencias de nobles y ciudadanos por igual, dan testimonio de la influencia alemana en la cultura del pueblo checo.  La población checa en sí misma, en el curso de los siglos ha alternado entre estrechos y distantes contactos con la población alemana.  Cuando ocurrió cada estrecha relación entre los pueblos checos y alemanes existió un período en el que tanto Alemania, como la nación checa florecieron, mientras que cada alejamiento fue calamitoso por sus consecuencias.
Estamos familiarizados con los méritos y valores del pueblo alemán, pero la nación checa, con la suma total de su destreza y habilidad, su industria, su diligencia, su amor a su tierra natal y de su propio patrimonio nacional, también merece nuestro respeto.  Hubo períodos en realidad en la que este respeto mutuo por las cualidades de la otra nación era una cuestión de hecho.
La paz de la Versalles democrática puede asumir el crédito de haber asignado a los checos el papel especial de ser un estado satélite, capaz de ser utilizado en contra de Alemania.  Para ello, arbitrariamente adjudicaron bienes nacionales extranjeros al Estado checo, el que fue absolutamente incapaz de sobrevivir por la fuerza de la unidad nacional checa únicamente.  Es decir, le agregaron violentamente otras nacionalidades con el fin de dar una base firme a un estado que se incorporaba a la Europa Central como una amenaza latente para la nación alemana.
Para ese estado, en el que el llamado elemento nacional predominante fue en realidad una minoría, sólo podía mantenerse por medio de un brutal asalto a las unidades nacionales que formaban la mayor parte de la población.  Ese asalto fue posible sólo en la medida en que la protección y la asistencia fue concedida por las democracias europeas.  Esta ayuda se podía esperar, naturalmente, sólo a condición de que ese Estado fuera concebido para hacerse cargo con lealtad, para desempeñar el papel que se le había asignado desde su nacimiento, pero el propósito de ese papel no era otro que impedir la consolidación de la Europa central, proporcionando un puente a Europa para la agresión bolchevique, y, sobre todo para actuar como un mercenario de las democracias europeas frente a Alemania.
Todo siguió de forma automática.  Cuanto más ese Estado trató de cumplir la tarea que se le había encomendado, mayor era la resistencia opuesta por las minorías nacionales.  Y cuanto mayor era la resistencia, más se hizo necesario recurrir a la opresión.  Ese endurecimiento inevitable de la antítesis interna llevó a su vez a una mayor dependencia de ese Estado en los fundadores y benefactores democráticos europeos, para que sólo ellos estuvieran en condiciones de mantener en el largo plazo la existencia económica de esa creación natural y artificial.  Alemania estaba interesada principalmente en una sola cosa y era liberar, a los casi cuatro millones de alemanes en ese país, de su situación intolerable, y hacer posible para ellos regresar a su país de origen y al Reich de mil años.
Fue natural que ese problema inmediatamente puso en relieve todos los demás aspectos del problema de las nacionalidades.  Pero también fue natural que la supresión de las diferentes etnias, despojó lo que quedaba de la capacidad del Estado para sobrevivir — un hecho que los fundadores de ese Estado lo tuvieron muy en cuenta cuando lo planearon en Versalles.  Fue por esa sola razón que decidieron asaltar a las otras minorías, a las que obligaron, en contra de su voluntad, a formar parte de ese mal concebido y precario estado.
Es cierto que, mientras la propia Alemania se encontrara impotente e indefensa, la opresión de casi cuatro millones de alemanes podría llevarse a cabo sin que el Reich ofreciera resistencia alguna.  Sin embargo, sólo un párvulo en la política podría haber creído que la nación alemana permanecería para siempre en el estado en que la postraron en 1919.  Sólo mientras los traidores internacionales, apoyados desde el exterior, tuvieran el control del Estado alemán, podrían estar seguros de que soportarían pacientemente esas condiciones vergonzosas.  Desde el momento en que, después de la victoria del Nacionalsocialismo, esos traidores tuvieron que mudarse de domicilio al lugar de donde habían recibido sus subvenciones, para entonces, la solución del problema era sólo cuestión de tiempo.
Por otra parte, era exclusivamente un asunto que afectaba las nacionalidades en cuestión, ninguna de ellas relacionada con la Europa occidental.  Por tanto, era comprensible que la Europa occidental se interesara por el Estado ficticio creado para sus propios fines, pero las etnias en torno a ese Estado debieron haber considerado ese interés, porque para ellos era un factor determinante pero que tenía un sustento falso del cual muchos quizás se arrepintieron.  Si ese interés se hubiera orientado únicamente hacia el establecimiento financiero de ese Estado, y si ese interés financiero no hubiera sido sometido exclusivamente a los objetivos políticos de las democracias, Alemania no habría tenido nada que decir.
Las necesidades financieras de ese Estado fueron guiadas por una sola idea, a saber, la creación de un Estado militar armado hasta los dientes, con vistas a formar un bastión que se extendiera hacia el Reich alemán, lo que constituiría una base para las operaciones militares conjuntas para la invasión del Reich desde el oeste, o en todo caso una base aérea de indudable valor.
Lo que se esperaba de ese Estado se muestra más claramente por la observación del ministro francés de Aire, M. Pierre Cot, quien calmadamente afirmó que el deber de ese Estado, en caso de cualquier conflicto, iba a ser convertirse en un aeródromo para el despegue y aterrizaje bombarderos, con los cuales sería posible destruir los más importantes centros industriales alemanes en unas pocas horas.  Es, por tanto, comprensible que el gobierno alemán a su vez decidiera destruir ese aeródromo para aviones de bombardeo.  No fue esta decisión producto del odio al pueblo checo.  Todo lo contrario, porque en el curso de los mil años durante los cuales los pueblos alemán y checo vivieron juntos, hubo períodos de una estrecha cooperación que duró cientos de años, interrumpidos, por cierto, sólo por breves períodos de tensión.  En esos períodos de tensión, por las pasiones de la gente que luchaba entre sí en sus frentes nacionales —muy fácilmente ensombrecían el sentido de la justicia y daban así una equivocada idea general de la situación.  Esa es una característica de todas las guerras.  Sólo en las épocas de convivencia en armonía, los dos pueblos hicieron un acuerdo en que ambos podían, con todo derecho, presentar sus sagrados reclamos pero con deferencia y respeto por sus nacionalidades.
En esos años de lucha mi propia actitud hacia el pueblo checo ha estado enfocada únicamente a la tutela de los intereses nacionales del Reich, junto con sentimientos de respeto por el pueblo checo.  Una cosa es cierta sin embargo.  Aun si las parteras democráticas de ese Estado hubieran logrado alcanzar sus propósitos, el Reich alemán sin duda no habría sido destruido, a pesar de que podríamos haber sufrido grandes pérdidas.  No, el pueblo checo debido a su reducido tamaño y su posición, probablemente habría tenido que soportar más temores, y de hecho estoy convencido, consecuencias catastróficas.
Me siento feliz de que haya sido posible, incluso para disgusto de los intereses democráticos, evitar esa catástrofe en el centro de Europa, gracias a nuestra propia moderación y también al buen juicio del pueblo checo.  Eso, por lo que los más preclaros y más sabios checos lucharon para lograrlo durante décadas, es como una solución natural concedida a este pueblo por el Partido Nacional Socialista Alemán del Tercer Reich, a saber, el derecho a su propia nacionalidad y el derecho a fomentar esa nacionalidad y de revivirla.  La Alemania Nacionalsocialista no tiene la noción de traicionar los principios raciales de los cuales nos sentimos orgullosos.  Ellos serán beneficiosos no sólo para la nación alemana, sino para al pueblo checo.  Pero sí exigimos el reconocimiento de esa necesidad histórica y de la exigencia económica en la que todos nos encontramos.  Cuando anuncié la solución de ese problema en el Reichstag el 22 de febrero de 1938, me convencí de que yo estaba obedeciendo a la urgencia de resolver esa situación en Europa Central.
Aun el 10 de marzo 1938, creí que por medio de una evolución gradual podría ser posible resolver el problema de las minorías en ese Estado, en un momento u otro, por vía de la cooperación mutua para llegar a un terreno común que fuera ventajoso para todos los intereses afectados, tanto política como económicamente.
No fue sino hasta que el señor Benes, que estaba completamente en manos de sus benefactores internacionales democráticos, convirtió el problema en un asunto militar desatando una ola de represión sobre los alemanes, al mismo tiempo que intentaba la movilización que todos ustedes conocen, para disminuir el prestigio internacional del Estado alemán y dañar su prestigio, lo que me hizo claro que una solución por esos medios ya no era posible.  Con el falso informe de una movilización alemana, obviamente inspirado desde el extranjero, influyó en los checos con el fin de hacer que el Reich alemán perdiera prestigio.
No es necesario repetir una vez más, que en mayo del pasado año Alemania no había movilizado un solo hombre, aunque todos éramos de la opinión de que el verdadero destino de Herr Schuschnigg [N.T. Canciller austriaco] debería haber sido demostrar a todos la oportunidad de trabajar para el entendimiento mutuo por medio de un tratamiento más justo a las minorías nacionales.  Por mi parte, estábamos en todo caso, preparados para intentar ese tipo de desarrollo pacífico con paciencia, porque si hubiera sido necesario el proceso podría haber durado varios años.  Sin embargo, fue precisamente la posibilidad de esa solución pacífica la que fue una espina en la carne de los agitadores en las democracias.
Ellos nos odian a nosotros los alemanes y preferirían erradicarnos por completo.  ¿Qué significan los checos para ellos? No son más que medios para un fin. ¿Y por qué preocuparse por la suerte de una nación pequeña y valiente? ¿Por qué debían preocuparse por las vidas de cientos de miles de valientes soldados que se sacrificaron por su política? Esos pacifistas de Europa Occidental no se preocuparon por trabajar por la paz, sino por causar el derramamiento de sangre a fin, de esta manera, enfrentar a las naciones entre sí y por lo tanto causar más derramamiento de sangre.  Por esta razón, ellos inventaron la historia de la movilización alemana y embaucaron a la opinión pública de Praga.  Fue pensado para que sirva de pretexto para la movilización Checa, y luego por este medio se esperaba poder ejercer la presión militar deseada sobre las elecciones en los Sudetes alemanes, que ya no podían ser evitadas."
El Acuerdo de Munich
"Según la opinión del Sr. Benes, sólo quedaban dos alternativas para Alemania: o aceptar esa movilización checa y con ella un golpe vergonzoso a su prestigio, o ingeniosamente cancelar cuentas en la Checo-Eslovaquia.  Esto habría significado una guerra sangrienta, tal vez implicando la movilización de las naciones de Europa occidental, que no tenía nada que ver en estos asuntos, pero que los harían participar en el inevitable baño de sangre y sumergiendo a la humanidad en una nueva catástrofe en la que algunos tendrían el honor de perder sus vida y otros el placer de obtener beneficios de la guerra.  Ustedes señores conocen, las decisiones que tomé en aquel momento:
1. La solución de esta cuestión tomada el 2 de octubre de 1938. [NT. Acuerdo de Munich]
2. Los preparativos para esta solución con todos los medios necesarios para no dejar duda de que cualquier intento de intervención se alcanzaran mediante la fuerza unida de toda la nación.
Fue en esta coyuntura que decreté y ordené la construcción de las fortificaciones del oeste.  El 25 de septiembre 1938 ya estaban en tal estado que su poder de resistencia fue de treinta a cuarenta veces mayor que la de la vieja Línea Siegfried en la Gran Guerra.  Ahora han sido prácticamente concluida y en la actualidad están siendo ampliadas por las nuevas líneas fuera de Aquisgrán y Saarbrücken que después ordené.  Estas líneas de defensa también están listas.
En vista de la calidad de éstas, las más grandes fortificaciones jamás construidas, la nación alemana puede sentirse perfectamente segura de que ningún poder en este mundo podrá tener éxito intentando romper este frente.  Cuando el primer intento de provocación utilizando la movilización checa no logró producir el resultado deseado, comenzó la segunda fase, en la que los motivos que subyacen a una cuestión que preocupa realmente a Europa Central solamente, eran aún más evidentes.
Si el grito de "Nunca otro, Munich" se plantea en el mundo de hoy, esto no hace sino confirmar el hecho de que la solución pacífica de los problemas parece ser la cosa más torpe que ha pasado a los ojos de los belicistas.  Ellos lamentan que no se haya derramado sangre, por cierto no su sangre, porque esos agitadores nunca están donde se oyen los disparos, sino sólo donde se hace dinero.  No!  Es la sangre de los muchos soldados sin nombre!
Por otra parte, no habría habido necesidad de la Conferencia de Munich, porque esa conferencia sólo fue posible por el hecho de que los países que al principio había incitado a los interesados para resistir a toda costa, se vieron obligados más tarde, cuando la situación de presión para una solución de una manera u otra, les aseguraba un retiro más o menos respetable, porque sin Munich —es decir, sin la interferencia de los países de Europa Occidental— una solución de todo el problema —si es que se hubiera tornado tan agudo— muy probablemente habría sido la cosa más fácil del mundo.
La decisión de Munich nos llevó a los siguientes resultados:
1. El retorno al Reich de las partes más esenciales de los asentamientos alemanes en la frontera de Bohemia y Moravia;
2. Mantener abierta la posibilidad de una solución de otros problemas de Estado, esto es, la devolución o separación de las minorías húngaras y eslovacas;
3. Todavía quedaba la cuestión de las garantías.  En cuanto a Alemania e Italia se refiere, la garantía de este Estado se había, desde el principio, supeditado en el consentimiento de todas las partes interesadas en la frontera con Checo-Eslovaquia, es decir, la garantía se acopló con la solución real del problema relativo a las partes mencionadas, que no estaban todavía resueltas.
Los siguientes problemas quedaron todavía pendientes:
1. El retorno de los distritos magyares a Hungría;
2. El retorno de los distritos polacos a Polonia;
3. La solución de la cuestión Eslovaca;
4. La solución de la cuestión ucraniana.
Como ustedes saben, las negociaciones entre Hungría y Checo-Eslovaquia apenas había comenzado cuando tanto los negociadores húngaros como los checoslovacos, solicitaron a Alemania e Italia, el país que se encuentra de la mano con Alemania, para actuar como árbitros en la definición de las nuevas fronteras entre Eslovaquia, la Ucrania-Carpática y Hungría.  Los países afectados no hicieron uso de la oportunidad de apelar a las cuatro potencias, por el contrario, renunciaron expresamente a esa oportunidad.  Incluso se negaron.  Y eso era natural.  Todas las personas que viven en ese territorio desean paz y tranquilidad.  Italia y Alemania estaban preparadas para responder al llamado.  Ni Inglaterra ni Francia formularon objeción alguna a dicho acuerdo, aunque en realidad constituía una salida formal del acuerdo de Munich.  Pero, tampoco lo han hecho.  Hubiera sido una locura de París o Londres protestar contra una acción por parte de Alemania o Italia, que se habría llevado a cabo exclusivamente a petición de los países afectados.  Como siempre sucede en estos casos, la decisión a la que llegaron Alemania e Italia no resultó del todo satisfactoria para las partes.  Desde el principio, la dificultad fue que tenía que ser aceptado voluntariamente por ambas partes.  Así, después de su aceptación por los dos estados, se habrían planteado protestas violentas.
Hungría, impulsada por intereses generales y específicos, exigió la Ucrania-Carpática, mientras que Polonia exigía medios directos de comunicación con Hungría.  Estaba claro que en dichas circunstancias, incluso el resto del Estado que Versalles había creado, estaba predestinado a la extinción.  Era un hecho que tal vez únicamente un solo Estado estaba interesado en la preservación del statu quo y ese Estado fue Rumania.  El hombre más autorizado para hablar en nombre de ese país me dijo personalmente cuán deseable sería contar con una línea directa de comunicación con Alemania, quizás a través de Ucrania y Eslovaquia.  Menciono esto como una indicación, según los clarividentes de Estados Unidos, "de la magnitud del sufrimiento, que la amenaza de Alemania, significa para Rumania".
Pero ya era evidente que Alemania no podía emprender la tarea de oponerse de manera permanente a un desarrollo natural, ni de luchar para mantener un estado de cosas sobre las que no teníamos ninguna responsabilidad.  Se llegó por tanto a la etapa, en que me decidí a hacer una declaración en nombre del gobierno alemán, en el sentido de que no teníamos intención de incurrir por más tiempo en el reproche de oponernos a los deseos comunes de Polonia y Hungría respecto a sus fronteras, simplemente para mantener abierto el camino del acercamiento entre Alemania y Rumania.
Dado que, por otra parte, el gobierno checo recurrió una vez más a sus viejos métodos y como Eslovaquia también dio expresión a su deseo de independencia, la ulterior existencia de ese artificial Estado, estaba fuera de toda posibilidad.  A la estructura de la Checo-Eslovaquia elaborada en Versalles le había llegado su día.  Se disolvió no porque Alemania deseara su disolución, sino porque, en el largo plazo, es imposible mantener y sostener estados artificiales creados en las mesas de conferencias, ya que son incapaces de sobrevivir.  En consecuencia, en respuesta a una pregunta sobre una garantía pedida por Inglaterra y Francia unos días antes de la disolución de ese Estado, Alemania se negó a darla ya que las condiciones establecidas en Munich ya no existían.
Por el contrario, después que toda la estructura del Estado había empezado a romperse y en realidad ya se había disuelto, el gobierno alemán decidió intervenir.  Que lo hizo sólo en cumplimiento de un deber evidente lo demuestran los hechos siguientes.  Con motivo de la primera visita del Ministro de Relaciones Exteriores checo, el Sr. Chvalkovsky en Munich, el gobierno alemán se pronunció claramente sobre el futuro de Checo-Eslovaquia.  Personalmente le aseguré al Sr. Chvalkovsky en esa ocasión, que siempre y cuando las importantes minorías alemanas que permanecían en el territorio checo fueran tratadas correctamente y se les proporcionara una solución integral en todo ese Estado, podríamos entonces garantizar una actitud correcta por parte de Alemania y no pondríamos obstáculos para la viabilidad de ese Estado.
Pero también dejé en claro más allá de toda duda, que si los checos tomaban medidas en concordancia con la línea política del ex presidente Benes, no toleraríamos tales situaciones, y las reprimiríamos apenas comenzaran.  También señalé que el mantenimiento de un enorme arsenal militar en Europa Central, sin ninguna razón o propósito, sólo podría considerarse como una señal de peligro.
Los acontecimientos posteriores demostraron cuán justificadas fueron mis advertencias.  Un flujo en constante crecimiento de la propaganda clandestina y una tendencia gradual de los periódicos checos a recaer en sus viejas tendencias hizo evidente, incluso para el más perfecto iluso, que el viejo estado de cosas pronto se restablecería.  El riesgo de un conflicto militar era aún mayor ya que siempre existía la posibilidad de que algún loco pudiera tomar el control de los grandes depósitos de municiones.  Esto implicaba el peligro de una enorme explosión.  Como prueba de ello, me veo obligado, señores, darles una idea de la amplitud verdaderamente gigantesca de esta tienda internacional de municiones en Europa Central.
Desde la ocupación de ese territorio, se han tomado y puesto en custodia los siguientes elementos:
Fuerza Aérea: aviones, 1582; cañones antiaéreos, 501.
Ejército: armas ligeras y pesadas, 2175; lanzadores de minas, 785; tanques, 469; ametralladoras, 43.876; pistolas automáticas, 114.000; fusiles, 1,090.000.
Municiones: de infantería, cerca de 1.000.000.000 de rondas, granadas de artillería, más de 3,000.000 de rondas.
Otros implementos de guerra de todo tipo, por ejemplo, equipos de construcción de puentes, detectores de aviones, reflectores antiaéreos, instrumentos de medida, vehículos de motor y vehículos especiales de motor en grandes cantidades.
Creo que es una bendición para millones y millones que, gracias al hecho de que los ojos de hombres responsables en el otro lado se abrieron en el último momento, que logré evitar esa explosión y encontramos una solución que, estoy convencido, finalmente ha suprimido el problema de esta fuente de peligro en Europa Central.  El argumento de que esta solución es contraria al Acuerdo de Munich no tiene asidero o confirmación.  Ese acuerdo no podría en ningún caso considerarse definitivo, ya que se admitió que dejó otros problemas que aún requerían solución.
No se nos puede reprochar el hecho de que las partes interesadas y esto es lo principal — no se presentaron a las cuatro potencias, sino sólo a Italia y Alemania, ni por el hecho de que ese Estado se escindió por propia voluntad y por consiguiente, Checo-Eslovaquia dejó de existir.  Fue, sin embargo, comprensible que, después de que principios etnográficos hacía tiempo que habían sido violados, Alemania debía tomar bajo su protección sus intereses de mil años de antigüedad, las cuales no eran sólo de naturaleza política, sino también económica.  El futuro dirá si la solución que Alemania encontró es correcta o incorrecta.  Sea buena o no, la solución que ha hallado Alemania lo cierto es que no está sujeta a la supervisión ni a la crítica inglesas; porque Bohemia y Moravia como restos de la antigua Checo-Eslovaquia, nada tienen que ver ya con el acuerdo da Munich.  De igual manera que las medidas tomadas por Inglaterra, por ejemplo en la Irlanda del Norte, estén bien o mal, no están sujetas a la supervisión ni a la crítica alemana.
Este es el caso de esos antiguos electorados alemanes.  Sin embargo, no logro comprender cómo el acuerdo a que llegamos el señor Chamberlain y yo, en Munich, puede referirse a este caso, porque el caso de Checo-Eslovaquia fue resuelto en la Conferencia de las Cuatro Potencias de Munich, hasta el punto en que podría haberse resuelto en ese entonces.  Aparte de eso, se estableció simplemente la aclaración de que si las partes interesadas no llegaban a un acuerdo, tendrían el derecho a apelar a las cuatro Potencias que habían firmaron el Pacto, y que de ocurrir ese caso, se reunirían de nuevo para celebrar otra consulta después de la expiración de un plazo de tres meses.
Sin embargo, esas partes interesadas no apelaron a las cuatro Potencias sino que se dirigieron tan sólo a Alemania y a Italia.  Eso estaba plenamente justificado y se demuestra por el hecho de que ni Inglaterra ni Francia formularon objeciones, sino que aceptaron la resolución dictada por Alemania e Italia.  No, el acuerdo entre Chamberlain y yo, no tenía nada que ver con estos problemas, sino únicamente con las cuestiones relativas a las relaciones entre Inglaterra y Alemania.  Esto queda patente por el hecho de que esas cuestiones se tratarán en el futuro en el espíritu del acuerdo de Munich y del Acuerdo Naval Anglo-Alemán, es decir, con un espíritu amistoso de la consulta.
Disolución del Acuerdo Naval Anglo-Alemán
No obstante, si ese acuerdo se aplicara a todas las actividades alemanas futuras de carácter político, Inglaterra tampoco debería tomar medida alguna ya sea en Palestina o en otro lugar, sin antes consultar con Alemania.  Es obvio que no esperamos eso, del mismo modo que nos negamos a permitir cualquier fiscalización similar contra nosotros.  Ahora, si el señor Chamberlain decide que el acuerdo de Munich está cancelado porque lo hemos quebrantado, tomaremos nota de ello y obraremos en consecuencia.
Durante toda mi carrera política siempre he propuesto la idea de una estrecha amistad y colaboración entre Alemania e Inglaterra.  En mi Partido me encontré con muchos otros que tenían la misma idea y deseo.  Tal vez se unieron a mí por mi actitud en ese sentido.  Este deseo de amistad y cooperación anglo-alemana no se basa únicamente en los sentimientos sobre la base de los orígenes raciales de nuestros dos pueblos, sino también a mi comprensión de la importancia de la existencia del Imperio Británico para toda la humanidad.
Nunca he dejado lugar para que quepa ninguna duda de mi creencia de que la existencia de ese imperio es un factor de valor inestimable para el conjunto de la cultura humana y la vida económica mundial.  Por cualquiera que fueran los medios, Gran Bretaña ha adquirido sus territorios coloniales —y sé que esos medios eran de fuerza y con frecuencia de brutalidad.  Sé muy bien que ningún otro imperio jamás se ha creado de otra manera, y que, en última instancia, no se trata tanto de los métodos, que se tienen en cuenta en la historia o en el éxito o no éxito de los métodos, como tales, sino más bien en el interés general que los métodos producen.  Ahora, no hay duda de que el pueblo anglosajón ha realizado una inmensa labor colonizadora en el mundo.  Por esa obra tiene mi sincera admiración.
La idea de la destrucción de esa obra me parecía y todavía me parece, desde el punto de vista más elevado de la humanidad, como nada más que una manifestación de la destrucción sin sentido humano.  Sin embargo, mi sincero respeto por ese logro no significa que yo ignore la seguridad de la vida de mi propio pueblo.  Me parece imposible de alcanzar una amistad duradera entre los pueblos alemán y anglosajón, si la otra parte no reconoce que hay alemanes, así como intereses alemanes y británicos, que así como la preservación del Imperio Británico es el objeto y la vida de los británicos, así también la libertad y la preservación del Reich alemán es el propósito de vida de los alemanes.
Una verdadera amistad duradera entre estas dos naciones sólo es concebible en una base de respeto mutuo.  El pueblo Inglés gobierna un gran imperio.  Ellos construyeron ese imperio en un momento en que el pueblo alemán se encontraba débil.  Alemania había sido un gran imperio.  Hubo un tiempo en que gobernó el Occidente.  En sangrientas luchas y disensiones religiosas, y como resultado de la desintegración política interna, este imperio se sumió en la decadencia y su grandeza finalmente cayó en un profundo sueño.
Pero al igual que ese viejo imperio parecía haber llegado a su fin, las semillas de su renacimiento fueron surgiendo.  A partir de Brandenburgo y Prusia surgió una nueva Alemania, el Segundo Reich, del que por fin ha surgido el Tercer Reich del Pueblo Alemán.  Y espero que todos los ingleses entiendan que no sentimos el más mínimo sentimiento de inferioridad con los británicos.  La parte que hemos jugado en la historia es demasiado grande para eso.  Inglaterra ha dado al mundo muchos grandes hombres y Alemania no menos que ellos.  La férrea lucha por el mantenimiento de la vida de nuestro pueblo en el transcurso de tres siglos, costó un sacrificio de vidas que supera con creces lo que otros pueblos han tenido que sufrir para mantener su existencia.
Si Alemania, un país que siempre ha sido atacado, no fue capaz de retener sus posesiones y se vio obligado a sacrificar muchas de sus provincias, fue debido sólo a su lamentable situación política y a la impotencia que resultó de ella.  La situación ha sido revertida.  Por lo tanto, nosotros, los alemanes no nos sentimos en lo más mínimo inferiores a la nación británica.  Nuestra autoestima es tan grande como la de un inglés.  En la historia de nuestro pueblo, a lo largo de aproximadamente dos mil años, han ocurrido suficientes acontecimientos y logros que nos llenan de legítimo orgullo.
Ahora, si Inglaterra no puede entender nuestro punto de vista, pensando acaso que puede considerar a Alemania como un Estado vasallo, entonces nuestro amor y afecto por Inglaterra han sido desperdiciados.  No vamos a hundirnos en la desesperación ni perderemos entusiasmo por ello, pero — basándose en la conciencia de nuestra propia fuerza y en la fuerza de nuestros amigos — vamos a encontrar los medios para garantizar nuestra independencia sin menoscabo de nuestra dignidad.  He escuchado la declaración del Primer Ministro británico en el sentido de que no es capaz de tener ninguna confianza en las garantías alemanas.  En estas circunstancias considero que es una cosa natural, que ya no debemos esperar que él o el pueblo británico pueda soportar el peso de una situación que significa una tarea demasiado difícil para ellos y que sólo puede ser superada en una atmósfera de confianza mutua.
Cuando Alemania se convirtió en Nacionalsocialista y así abrió el camino para su resurrección nacional, en cumplimiento de mi inquebrantable política de amistad con Inglaterra, por mi propia voluntad, hice la propuesta para la restricción voluntaria de armamentos navales alemanes.  Esa restricción, sin embargo, estaba basada en una condición, a saber, la voluntad y la convicción de que una guerra entre Inglaterra y Alemania nunca volvería a ocurrir.  Este deseo y esta convicción continúan vivos hoy en mí.
Sin embargo, estoy ahora obligado a declarar que la política de Inglaterra, tanto de forma extraoficial como oficial, no deja ninguna duda al hecho de que dicha convicción ya no es compartida en Londres, y que, por el contrario, prevalece la opinión de que existe no importa en qué conflictos Alemania pueda algún día estar enredada, Gran Bretaña siempre tomará una posición en contra de Alemania.  Así, la guerra contra Alemania se da por sentada en ese país.
Lamento profundamente que esto haya pasado, porque la única reclamación que he hecho y seguiré haciéndole a Inglaterra es la devolución de nuestras colonias.  Pero siempre he dejado muy claro que esto nunca se convertiría en una de las causas de conflictos militares entre nosotros.  Siempre he sostenido que los ingleses, para quienes esas colonias no tienen ningún valor, algún día comprenderán la situación de Alemania, y entonces valorarán más la amistad de Alemania que la posesión de territorios que, aunque a ellos no les otorga beneficios reales, son de vital importancia para Alemania.
Sin embargo, aparte de eso, nunca he presentado una reclamación que pudiera de alguna manera interferir con los intereses británicos o se hayan convertido en un peligro para su Imperio y, por tanto significaran algún tipo de daño para Inglaterra.  Siempre he mantenido dentro de los límites de esas demandas íntimamente ligadas al territorio que le corresponde a Alemania, y por lo tanto se refieren a la propiedad eterna de la nación alemana.  Pero, como hoy Inglaterra, tanto desde la prensa como oficialmente, defiende la opinión de que debe oponerse en cualquier circunstancia a Alemania y lo confirma por la familiar política de acorralamiento, la base del tratado naval ha sido eliminado.  Por tanto, he decidido enviar hoy una comunicación a tal efecto al Gobierno británico.
Esto no es para nosotros un asunto de importancia material práctica porque todavía espero que seremos capaces de evitar una carrera armamentista con Inglaterra, pero sí es una acción de auto respeto.  Si el Gobierno británico, en cambio, desea entrar una vez más en negociaciones con Alemania sobre este asunto, nadie estaría más feliz que yo, ante la perspectiva de seguir siendo capaz de llegar a un entendimiento claro y directo.
Alemania sólo está recuperando lo que le pertenece
Por otra parte, yo conozco a mi gente y confío en ellos.  No queremos nada que antes no nos perteneciera y por nuestra parte nunca robaremos la propiedad de ningún Estado, pero el que crea que es capaz de atacar a Alemania, se encontrará frente a una medida de fuerza y resistencia, que en comparación, lo ocurrido en 1914 es insignificante.  En relación con esto quiero decirlo aquí y ahora, de que el asunto fue usado como el punto de partida para la nueva campaña contra el Reich, por los mismos círculos que provocaron la movilización de Checo-Eslovaquia.
Ya les he asegurado señores, al comienzo de mi intervención, que nunca, ya sea en el caso de Austria o en el caso de Checo-Eslovaquia, he adoptado ninguna actitud en mi vida política que no fuera compatible con los acontecimientos que han ocurrido ahora.  Por lo tanto, en relación con el problema de los alemanes de Memel, si esta cuestión no fue resuelta por la propia Lituania en una forma digna y generosa, un día tendrá que ser planteada por Alemania.
Ustedes saben que el territorio de Memel también se escindió arbitrariamente del Reich por el Dictado de Versalles y que finalmente, en el año 1923, es decir, en medio de un período de paz total, ese territorio fue ocupado por Lituania y así se puede decir que confiscado.  El destino de los alemanes de Memel ha sido desde entonces un verdadero martirio.
En el curso de la reincorporación de Bohemia y Moravia al marco del Reich alemán, también era posible para mí llegar a un acuerdo con el Gobierno de Lituania, que permitiera el regreso de ese territorio a Alemania, sin ningún tipo de acto de violencia y sin derramamiento de sangre.  También en ese caso no he exigido un kilómetro cuadrado más de lo que anteriormente poseíamos y que no nos hubieran sido robados.
Esto significa, por tanto, que ese territorio sólo ha regresado al Reich alemán, porque había sido arrancado de nosotros por los dementes que dictaron la paz en Versalles.  Pero esta solución, estoy convencido, sólo será ventajosa para las relaciones entre Alemania y Lituania, ya que Alemania, como nuestra actitud ha demostrado, no tiene otro interés que el de vivir en paz y amistad con ese estado, y establecer y fomentar las relaciones económicas con él.
Importancia económica de los acuerdos comerciales
En este contexto, me gustaría hacer una observación muy clara.  La importancia de los acuerdos económicos con Alemania no sólo radican en el hecho de que Alemania es capaz de exportar para satisfacer casi todas las necesidades de la industria, y que no sólo será un consumidor muy grande, sino que al mismo tiempo también será un comprador de numerosos productos, lo que así permite a otros países a participar en el comercio internacional.
Nos interesa no sólo la retención de esos mercados económicos, sino especialmente la promoción de buenas relaciones con ellos, porque la existencia de nuestro pueblo se basa en gran medida en ellos.  Los estadistas llamados democráticos lo consideran como uno de sus mayores logros políticos el excluir a un país de sus mercados por medio del boicot, por ejemplo, probablemente, con el fin de que mueran de hambre.  No necesito decirles que cualquier nación seguramente preferiría luchar a morir de hambre en tales circunstancias.  En cuanto a Alemania se refiere, está en cualquier caso decidida a no permitir que algunos mercados de importancia económica le sean robados por las amenazas o la intervención brutal.
Pero esto no es sólo para nuestro propio beneficio, sino también por el interés de nuestros socios comerciales.  Aquí, como en todos los negocios, la dependencia no es unilateral, sino recíproca.   ¿Con qué frecuencia tenemos el placer de leer en los artículos de aficionados a la economía que se publican en los periódicos de las democracias, que Alemania, porque mantiene estrechas relaciones económicas con un país, convierte a ese país en dependiente de ella.  Eso es absolutamente absurdo y un sin sentido judío.  Si Alemania suministra hoy a un país agrícola maquinaria y recibe productos alimenticios en pago, el Reich como consumidor de los productos alimenticios, no es el menos dependiente sino el más dependiente del país agrario, porque ellos reciben productos industriales en pago.
Alemania se refiere a los Estados bálticos como quienes son sus socios comerciales más importantes.  Y por esa razón es de nuestro interés de que estos países deben llevar una vida nacional independiente y ordenada.  Esto es en nuestra opinión un requisito previo, que exista un desarrollo económico interno que es a su vez la condición de la que depende el intercambio de bienes.  Estoy, pues, feliz de que hayamos sido capaces de resolver también el punto de controversia entre Lituania y Alemania.  Esto elimina el único obstáculo en el camino de la política de amistad, lo que demuestra su valía, ya que estoy convencido de que se logrará, no con meras frases políticas, sino con medidas económicas prácticas."
Problemas pendientes con Polonia
"Fue seguramente una vez más, un duro golpe para el mundo democrático el que no haya habido derramamiento de sangre — que 175.000 alemanes fueran capaces de volver a la patria que amaban por encima de todo sin que unos cientos de otros miles tuvieran que morir por ello.  Ésto entristeció profundamente a los apóstoles del humanitarismo.  Por lo tanto, no es de extrañar que inmediatamente se pusieran a buscar nuevas posibilidades para lograr una alteración completa de la atmósfera europea.  Y así, como en el caso de Checo-Eslovaquia, volvieron a recurrir a la afirmación de que Alemania adoptó medidas militares, y que eso suponía que había una movilización.  Esa movilización se decía que era dirigida contra Polonia.
Quiero decir algo sobre las relaciones entre Alemania y Polonia.  En este caso, del mismo modo, el Tratado de Paz de Versalles —por supuesto, de forma intencionada— hirió a Alemania con mucha más violencia.  La forma peculiar en que el corredor que da acceso al mar a Polonia, fue trazado, sobre todo pensado, para evitar que para siempre Alemania y Polonia jamás pudieran llegar a un entendimiento.  Éste, como ya he enfatizado, es quizás el más doloroso de todos los problemas de Alemania.
Sin embargo, nunca he dejado de sostener que para el Estado polaco la necesidad de un libre acceso al mar no puede ser ignorado.  Ése es un principio general aplicable a todas las naciones e igualmente válido para este caso.  Las Naciones que la Providencia ha destinado, o si se quiere, condenado, a vivir una al lado de la otra, harían bien en no hacerse la vida todavía más difícil entre sí, de manera artificial e innecesaria.  El difunto Mariscal Pilsudski, que era de la misma opinión, estaba por lo tanto dispuesto a entrar en la cuestión de aclarar la atmósfera de las relaciones entre Alemania y Polonia y llegar finalmente a la firma de un acuerdo por el que Alemania y Polonia expresaban su intención de renunciar a la guerra total, como medio de resolver las cuestiones que concernían a los dos países.
Este acuerdo contenía una sola excepción, que era en efecto una concesión a Polonia.  Se estipuló que los pactos de ayuda mutua ya contraídos por Polonia —ésto se aplicaba al pacto con Francia— no serían afectados por el acuerdo.  Pero era obvio que eso sólo podía aplicarse al pacto de asistencia mutua celebrado ya de antemano, y no a lo que los nuevos pactos podría firmarse en el futuro.  Es un hecho que el acuerdo entre Alemania y Polonia dio como resultado una disminución notable de la tensión en Europa.  Sin embargo, quedaba una cuestión pendiente entre Alemania y Polonia, que tarde o temprano, como es natural, tendría que ser resuelta, la cuestión de la ciudad alemana de Danzig.
Danzig es una ciudad alemana y desea pertenecer a Alemania.  Por otro lado esta ciudad tiene contratos con Polonia, que se vieron obligados a reconocer por imposición de los dictadores de la Paz de Versalles.  Además, dado que la Liga de Naciones, desde ya la mayor fabricante de problemas, está ahora representada por un Alto Comisionado —por cierto un hombre de tacto extraordinario— el problema de Danzig debe ponerse en cualquier caso a debate, sobre todo ahora que esta calamitosa organización está gradualmente llegando a la extinción.
Miré el arreglo pacífico de este problema como una contribución más a la final relajación de la tensión europea.  Porque el aflojamiento de esa tensión con seguridad no se puede lograr a través de la agitación generada por los alienados belicistas, sino a través de la eliminación de las causas reales de peligro.  Después de que el problema de Danzig fue discutido varias veces hace unos meses, he hecho una oferta concreta al Gobierno polaco.  Señores, ahora doy a conocer esta oferta y ustedes mismos pueden juzgar si esta oferta no representa la mayor concesión imaginable en aras de los intereses de la paz europea.
Como ya he señalado, siempre he visto la necesidad de un acceso al mar para ese país y por consiguiente, he tomado en consideración esa necesidad.  No soy un estadista democrático, sino un nacionalsocialista y positivista.
Considero necesario, sin embargo, aclararle al gobierno de Varsovia que, al igual que su deseo de acceso al mar, Alemania necesita tener acceso a su provincia en el Este.  Esos son todos los problemas difíciles de resolver.  Sin embargo, no es Alemania, la responsable por ellos, sino más bien los impostores de Versalles que, ya sea por su malicia o por su desconsideración, colocaron barriles de cien libras de pólvora alrededor de Europa, todos ellos equipados con mechas encendidas que serían muy difíciles de apagar.
Esos problemas no pueden resolverse con ideas anticuadas.  Creo más bien que debemos adoptar nuevos métodos, el acceso de Polonia al mar a través del Corredor, por una parte, y una ruta de Alemania a través del Corredor, por otra, que no tienen, por ejemplo, importancia militar alguna.  Su importancia es exclusivamente psicológica y económica.  Atribuirles alguna importancia militar a unas rutas de tráfico de este tipo, sería sólo un afán de exhibicionismo, totalmente ignorante de los asuntos militares.  En consecuencia, he hecho las siguientes propuestas que se presentaron al Gobierno polaco:
1. Danzig regresa como un Estado Libre dentro del marco del Reich alemán.
2. Alemania obtiene una ruta a través del corredor y una línea férrea paralela con el mismo estatus extraterritorial para Alemania como el propio corredor lo tiene para Polonia.
A cambio, Alemania está dispuesta a:
1. Reconocer todos los derechos económicos polacos en Danzig.
2. Le asegurar a Polonia un puerto libre en Danzig del tamaño deseado, dándole un acceso totalmente libre al mar.
3. Acepta al mismo tiempo, los límites actuales entre Alemania y Polonia, y los considera como definitivos.
4. Concluir un tratado de no agresión de veinticinco años con Polonia, un tratado por lo tanto que se extiende mucho más allá de la duración de mi propia vida, y
5. Establecer una garantía de independencia del Estado de Eslovaquia de manera conjunta por Alemania, Polonia y Hungría —lo que significa en la práctica, la renuncia a cualquier hegemonía alemana exclusiva en ese territorio.
El Gobierno polaco ha rechazado mi oferta y se ha declarado dispuesto solamente a:
1. Negociar sobre la cuestión de un sustituto para el Comisionado de la Liga de Naciones, y
2. Considerar facilidades para el tránsito a través del Corredor.
He lamentado muchísimo esta actitud incomprensible del Gobierno polaco, pero eso no es todo.  Lo peor es que Polonia, al igual que Checo-Eslovaquia hace un año, bajo la presión de una campaña internacional de mentiras, ahora cree que debe movilizar sus tropas, a pesar de que Alemania no ha movilizado a un sólo efectivo, y no pensaba tomar ninguna medida contra Polonia.
Como ya he dicho, en sí mismo, eso es muy lamentable.  La posteridad un día decidirá si fue realmente correcto rechazar esta sugerencia mía.  Como también he dicho, fue un esfuerzo de mi parte resolver el asunto, mediante un compromiso que fue realmente único, una cuestión que afecta íntimamente al pueblo alemán y resolverlo en beneficio de ambos países.
Estoy convencido de que esa solución no hubiera significado ninguna entrega, sino un logro para Polonia, porque no debe quedar ninguna sombra de duda de que Danzig nunca se convertirá polaca.
Denuncia del Pacto Germano-Polaco de No Agresión
La intención de atacar por parte de Alemania fue pura invención de la prensa internacional, llevó, como ustedes saben, a las llamadas garantías y a una obligación de parte del Gobierno polaco a comprometiera en la asistencia mutua, que bajo determinadas circunstancias, obligaba a Polonia por ese tratado a emprender una acción militar contra Alemania en el caso de un conflicto entre Alemania y cualquier otra potencia, si tal conflicto involucrara a Inglaterra.
Esta obligación está en contradicción con el acuerdo que hice con el Mariscal Pilsudski hace algún tiempo, ya que en este acuerdo se hace referencia exclusivamente a las obligaciones existentes en ese momento, a saber, las obligaciones, que sabíamos que Polonia tenía con Francia.  La extensión posterior de esas obligaciones fue contraria a los términos del Pacto de No Agresión de Alemania y Polonia.
Bajo esas circunstancias yo no habría entrado en ese pacto, porque ¿qué sentido tendrían los pactos de no agresión si una de las partes deja abiertas las posibilidades a un número enorme de excepciones?
Las alternativas son —ya sea la seguridad colectiva que no es sino la inseguridad colectiva y el peligro de guerra permanente, o bien, claros acuerdos que excluyan, fundamentalmente, el uso de armas entre las partes contratantes.  En lo que se refiere al acuerdo que el Mariscal Pilsudski y yo una vez firmamos, después de haber sido infringido unilateralmente por Polonia, queda por lo tanto nulo.
He enviado un comunicado en este sentido al Gobierno polaco.  Mi actitud en principio, no queda modificada en lo que se refiere a los problemas antes mencionados y si el Gobierno polaco deseara concertar un nuevo acuerdo para regular sus relaciones con el Reich, recibiré con satisfacción la iniciativa siempre y cuando, naturalmente, esos acuerdos se hallen basados en obligaciones completamente claras que vinculen a ambas partes por igual.
Alemania está perfectamente dispuesta en cualquier momento a honrar esas obligaciones, y también a cumplirlas.  Si esas cosas han provocado inquietud de nuevo en Europa durante las últimas semanas, es por la propaganda bien conocida de los belicistas internacionales que son los únicos responsables de ello.  Esa propaganda llevada a cabo constantemente por numerosos órganos de los Estados democráticos, para crear la tensión nerviosa, inventando rumores, están llevando a Europa a la catástrofe, de la que esperan lograr lo que no han logrado aún, a saber, la destrucción de la civilización europea por los bolcheviques.
La ayuda alemana a España
El odio de esos fabricantes del mal es fácilmente comprensible, ya que se les privó de uno de los puntos críticos de peligro más importante en Europa, gracias al heroísmo de un hombre y su nación y —debo decirlo— gracias también, a los voluntarios italianos y alemanes.  En las últimas semanas Alemania, con la simpatía más ferviente y gran regocijo, fue testigo de la victoria de la España Nacionalista.  Cuando me decidí a responder a la petición del General Franco para darle la ayuda de la Alemania Nacionalsocialista en la lucha contra el mal, el apoyo internacional de los incendiarios bolcheviques, este paso de Alemania fue sujeto a malas interpretaciones y abusos indignantes por esos mismos agitadores internacionales.
Declararon en ese momento, que Alemania no sólo tenía la intención de establecerse en España y que se proponía adoptar colonias españolas, sino que incluso inventaron la mentira infame de la llegada de 20.000 soldados alemanes a Marruecos.  En resumen, nada fue dejado al azar para levantar y echar sospechas sobre el idealismo de nuestro apoyo y el apoyo italiano, en el intento de encontrar material para su renovado belicismo.
En unas pocas semanas a partir de ahora, el héroe victorioso de la España Nacionalista celebrará su entrada triunfal a la capital de su país.  El pueblo español le aclama como su libertador de los horrores indecibles y como el liberador de las bandas de incendiarios, los cuales se estima que tienen más de 715.000 vidas humanas en sus conciencias, sólo por las ejecuciones y asesinatos que cometieron
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Los habitantes de las aldeas y ciudades enteras fueron literalmente masacrados mientras que sus patrones benevolentes, los apóstoles humanitarios de Europa Occidental y la democracia de América, permanecieron en silencio.
En ese, su desfile triunfal, los voluntarios de nuestra legión alemana, marcharán junto con sus compañeros de Italia al lado de las filas de los valientes soldados españoles.  Dentro de poco esperamos darles a nuestros soldados la bienvenida a casa.  La nación alemana sabrá con qué valor sus propios hijos también han desempeñado su papel en esa tierra, en la lucha por la libertad de un pueblo noble.  Fue una lucha por la salvación de la civilización europea, ya que si las fuerzas infrahumanas del bolchevismo hubieran resultado victoriosas en España, bien podrían haberse propagado a través de toda Europa.
De ahí el odio de los que están decepcionados de que Europa no se dirija una vez más hacia el fuego y las llamas.  Por esta misma razón están doblemente ansiosos de no perder ninguna oportunidad de sembrar las semillas de la desconfianza entre las naciones, revolviendo en otra parte el ambiente de guerra que tanto desean.
Algunas de las mentirosas declaraciones inventadas en las últimas semanas por esos belicistas internacionales, las que fueron publicadas en numerosos periódicos, son tan infantiles como son maliciosas.
El primer resultado —aparte de servir a los fines de la política interna— para los gobiernos democráticos es la difusión de una histeria colectiva que incluso hace creer que sea posible la llegada de marcianos a la tierra con ilimitadas posibilidades.  El propósito real, sin embargo, es preparar a la opinión pública respecto a la política inglesa de cerco cuando sea necesario y, en consecuencia, apoyarla, esperando lo peor de lo peor.
El pueblo alemán, por el contrario, puede dedicarse a sus quehaceres con tranquilidad perfecta.  Sus fronteras son custodiadas por el mejor ejército de la historia de Alemania.  El cielo está protegido por la flota aérea más poderosa, y nuestras costas son inexpugnables por cualquier potencia enemiga.  En el Oeste se ha construido el mayor complejo defensivo de todos los tiempos.
Pero los factores decisivos son la unidad de la nación alemana como, en su conjunto, la confianza de todos los alemanes en sí mismos y en sus fuerzas de combate y -si se me permite decirlo- la fe de todos en su liderazgo.
Amistad con Italia y Japón
Pero la confianza del pueblo en su líder, no es menor que en nuestros amigos.  El principal de ellos es el Estado que está más cerca de nosotros en cada respeto, como resultado de los destinos comunes que nos unen.  De nuevo este año la Italia Fascista ha puesto de manifiesto la mayor comprensión en los justos intereses de Alemania.  Nadie debería sorprenderse si nosotros, por nuestra parte, tenemos los mismos sentimientos para con las necesidades de Italia.  El lazo que une a los dos pueblos no puede desatarse.  Todos los intentos de poner esto en duda son descabellados.
En cualquier caso, esto está confirmado por el hecho de que un artículo aparecido hace unos días en un principal periódico democrático, dijo que "ya no sería posible considerar dividir a Italia y Alemania, con el fin de destruirlas por separado".  Así, el Gobierno alemán comprende a cabalidad y aprecia la justicia de las medidas adoptadas por su amigo italiano en Albania y tiene, por tanto, que congratularlo.  Sí, no es sólo el derecho, sino también el deber de asegurar el fascismo en Italia, en la esfera, sin duda, asignada por la naturaleza y la historia, el mantenimiento de un orden, que es obviamente la única base y la seguridad para un real florecimiento de la civilización humana.  Después de todo, en el mundo no hay espacio para la duda con respecto a la obra civilizadora del fascismo, como no lo hay para el Nacionalsocialismo.
En ambos casos los hechos indiscutibles se enfrentan, en contraposición a las presunciones infundadas y no probadas de las declaraciones de la otra parte.  La creación de lazos aún más estrechos entre Alemania, Italia y Japón es el objetivo constante del Gobierno alemán.  Consideramos que la existencia y el mantenimiento de la libertad y la independencia de estas tres grandes potencias, como el factor más determinante para el futuro, por lo que para la preservación de una verdadera cultura humana, una verdadera civilización y un orden justo en el mundo.
Respuesta al mensaje de Roosevelt
El 15 de abril se le informó al mundo sobre el contenido del telegrama que yo no vi sino hasta después.  Es difícil clasificar ese documento o ponerlo en una categoría conocida.  Por lo tanto intentaré, señores, presentarles a ustedes —y a la vez a todo el pueblo alemán— un análisis de los contenidos de ese documento asombroso y en mi nombre y en nombre del pueblo alemán, darle las respuestas apropiadas.
El señor Roosevelt opina que debo darme cuenta de que por todo el mundo cientos de millones de seres humanos viven en constante temor de una nueva guerra e incluso de una serie de guerras.
Esto, dice él, es de interés para el pueblo de los Estados Unidos, para quienes él habla, como también lo debe ser para los pueblos de las otras naciones de todo el hemisferio occidental.
En respuesta a esto debe decirse en primer lugar, que este miedo a la guerra, sin duda, ha existido en la humanidad desde tiempos inmemoriales, y con razón.
Por ejemplo, después del Tratado de Paz de Versalles, solamente entre 1919 y 1938, se libraron catorce grandes guerras, en ninguna de las cuales Alemania estuvo involucrada, pero en las que estuvieron sin duda inmiscuidos, países del Hemisferio occidental, en cuyo nombre también habla el Presidente Roosevelt.
Además, se produjeron en el mismo periodo 26 intervenciones violentas y sanciones llevadas a cabo mediante el uso de la fuerza y del derramamiento de sangre.  Alemania no participó en ninguna de ellas tampoco.
Sólo los Estados Unidos, desde 1918, han llevado a cabo intervenciones militares en seis casos.  La Unión Soviética, desde 1918, se ha visto involucrada en 10 guerras y acciones militares en las que la fuerza y el derramamiento de sangre estuvieron presentes.  Una vez más, Alemania no participó en ninguna de ellas, ni fue responsable por lo ocurrido.
Por lo tanto, a mi me parecería una equivocación dar por sentado, que el miedo a la guerra que aflije a las naciones europeas y no europeas, en los momentos actuales, pueda ser achacado a guerra posible alguna.
Ese temor es debido pura y simplemente a la agitación desenfrenada por parte de la Prensa, agitación tan mendaz, basada en la circulación de viles folletos sobre los Jefes de Estado extranjeros y a la propaganda artificial de pánico, que llega hasta tal grado de que se crea incluso posible la intervención de otro planeta, causando escenas de desesperada alarma.
Yo creo que tan pronto como los Gobiernos responsablemente se impongan a sí mismos y a sus órganos de Prensa la restricción necesaria y digan la verdad en cuanto se refiere a las relaciones de los distintos países entre si, y en particular en cuanto hace referencia a los sucesos internos de otros países, inmediatamente el temor a la guerra desaparecerá y será posible la tranquilidad que todos tanto deseamos.
Consecuencias de las guerras
En su telegrama, el señor Roosevelt expresa la creencia de que toda gran guerra, aun cuando quede circunscrita a otros continentes, ha de tener consecuencias serias mientras dure, y también durante muchas generaciones siguientes.
Respondo: Nadie sabe esto mejor que el pueblo alemán. Porque el Tratado de Paz de Versalles impuso cargas sobre el pueblo alemán, que no podrían haber sido pagadas ni en cien años, aunque ha sido demostrado de manera concluyente por los profesores de derecho constitucional estadounidense, historiadores y profesores de historia, que Alemania no era más culpable por el estallido de la guerra que cualquier otra nación.
No creo que toda lucha haya de tener forzosamente consecuencias desastrosas para todo el mundo, es decir, literalmente para toda la raza humana, siempre y cuando el mundo no sea atraído sistemáticamente a dicho conflicto por medio de una maraña de oscuras obligaciones y pactos.
Pues ya que en los últimos siglos y —como he señalado al principio, de mi respuesta— en el curso de las últimas décadas también, el mundo ha experimentado una serie continua de guerras.  Si la hipótesis del señor Roosevelt fuera correcta, la suma total de los resultados de todas esas guerras habrían impuesto sobre la humanidad una carga durante millones de años.
La solución pacífica de los problemas
El Sr. Roosevelt declaró que, en una ocasión anterior, había apelado a mí para concertar una solución pacífica a los problemas políticos, económicos y sociales, sin recurrir a las armas.
Respondo: Yo siempre he sido un exponente de ese punto de vista y, como lo demuestra la historia, se han resuelto problemas políticos, económicos y sociales sin la fuerza y sin recurrir a las armas.
Sin embargo, lamentablemente, esta solución pacífica se ha hecho más difícil por la agitación de los políticos, estadistas y representantes de periódicos, que ni siquiera están involucrados directamente, ni han sido afectados por los problemas en cuestión.
La amenaza de las armas
El Sr. Roosevelt cree que la "marea de los acontecimientos" está trayendo consigo la amenaza de las armas, y que si continúa esta amenaza, una gran parte del mundo estará condenada a la ruina.
Respondo: En cuanto a Alemania se refiere, no sé nada de este tipo de amenaza para otras naciones, aunque he leído todos los días en los periódicos democráticos mentiras sobre tal amenaza.
Todos los días leo sobre movilizaciones alemanas, desembarco de tropas, extorsiones —todo esto en relación con Estados con los que no sólo vivimos absolutamente en paz, sino con los que somos también en muchos casos, amigos muy cercanos.
Sufrimientos por las guerras
El Sr. Roosevelt cree además que en caso de guerra, naciones victoriosas, vencidas y neutrales, todas sufrirán por igual.
Respondo: En el curso de mis veinte años de actividad política, he sido el máximo exponente de esa convicción, mientras que los estadistas responsables en los Estados Unidos, por desgracia, no se avenían a hacer la misma confesión en cuanto a su participación en la Gran Guerra.
Responsabilidad de los gobernantes
El Sr. Roosevelt cree que en última instancia sólo los líderes de las grandes naciones pueden preservar a sus pueblos de la catástrofe inminente.
Respondo: Si eso es cierto, entonces es negligencia culpable no utilizar palabras más enérgicas, de otra forma, los líderes de las naciones no lograrán controlar los periódicos que agitan en favor de la guerra, y no salvarán al mundo de la calamidad de la amenaza de un conflicto armado .
No puedo entender, además, por qué esos líderes responsables en lugar de cultivar las relaciones diplomáticas entre las naciones, las hacen más difíciles y, de hecho perturban con acciones tales como la retirada de los embajadores sin ninguna razón que lo justifique.
Naciones europeas y africanas que dejaron de existir
El Sr. Roosevelt declaró también, que tres naciones de Europa y una en África han visto terminadas sus existencias independientes.
Respondo: No sé a cuáles tres naciones de Europa se refiere. Si se trata de las provincias reincorporadas al Reich alemán, debo llamarle la atención al Sr. Roosevelt que eso es un error histórico de su parte.
No es ahora, sino en 1918 que esos pueblos sacrificaron su existencia independiente en Europa.  En ese momento, en violación de las promesas solemnes, sus vínculos lógicos fueron desgarrados y se convirtieron en naciones que nunca quisieron serlo y nunca antes lo había sido. Se vieron forzadas a una independencia que no era la verdadera independencia, sino a lo sumo sólo podía significar la dependencia de un mundo internacional extranjero que en el fondo detestaban.
Por otra parte, en cuanto a los alegatos de que una nación en África ha perdido su libertad, eso también es erróneo.  No se trata de una nación en África que ha perdido su libertad, por el contrario, prácticamente todos los habitantes originarios de ese continente han perdido su libertad, por estar sujetos a la soberanía de otras naciones mediante la fuerza y el derramamiento de sangre.
Marroquíes, bereberes, árabes, negros, y el resto, han sido víctimas de las espadas de la fuerza extranjera, que, sin embargo, no estaban marcadas "Made in Germany", sino "Made by Democracies".
Futuros actos de agresión
El Sr. Roosevelt luego habla de informes que él mismo reconoce que no cree que sean correctos, los cuales dicen que todavía se están contemplando más actos de agresión contra otras naciones independientes.
Respondo: Considero todas esas infundadas insinuaciones como un atentado contra la tranquilidad y la paz del mundo.  También veo en ellas un esfuerzo calculado para sembrar la alarma en las naciones más pequeñas o al menos ponerlas al borde de la zozobra.
Si en este sentido el señor Roosevelt realmente tiene algún caso específico en mente, me gustaría pedirle que nombre a los Estados que están en peligro de agresión y el nombre del agresor en cuestión.  Sería entonces muy fácil refutar rápidamente esas acusaciones absurdas.
Alemania se dirige a la guerra
El Sr. Roosevelt afirma que el mundo está simplemente dirigiéndose hacia el momento en que esa situación terminará en una catástrofe a menos que se encuentre una forma racional de conducir los acontecimientos.
También declara que he afirmado reiteradamente que yo y el pueblo alemán no tenemos ningún deseo de ir a la guerra y que si eso es verdad no habrá necesidad de una guerra.
Respondo: Quisiera señalar en primer lugar, que no he promovido ninguna guerra; en segundo lugar, que durante años he expresado mi horror hacia la guerra y, no menos, de los belicistas, y, en tercer lugar, que no sé, con qué propósito, podría estar yo promoviendo una guerra.
Agradecería que el señor Roosevelt me diera alguna explicación al respecto.
Responsabilidad de los gobiernos
El Sr. Roosevelt es también de la opinión de que ningún Gobierno tiene el derecho a infligir las consecuencias de una guerra a su propio pueblo ni a los pueblos extraños, salvo el caso de evidente defensa propia.
Respondo: Yo diría que cualquier ser humano razonable tiene la misma opinión, pero me parece que en la guerra casi todas las partes afirman que el suyo es un caso de defensa propia incuestionable.  Yo no creo que haya un gobernante en este mundo, incluido el propio presidente de Estados Unidos, que podrían decidir esta cuestión de forma infalible.
Difícilmente puede haber una duda, por ejemplo, que la entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra no fue un caso de defensa propia incuestionable.  Un comité de investigación creado por el mismo presidente Roosevelt ha examinado las causas del ingreso de Estados Unidos en la Gran Guerra, y llegó a la conclusión de que la entrada se produjo principalmente por razones que eran exclusivamente capitalistas.  Sin embargo, ninguna conclusión práctica se ha extraído de esa conclusión.
Esperemos, pues, que en el futuro, al menos Estados Unidos actúe de acuerdo con ese noble principio y que no irá a la guerra, contra cualquier país, excepto debido a incuestionable defensa propia.
Responsabilidad de EEUU
El Sr. Roosevelt dice además que no habla con egoísmo, miedo o debilidad, sino con la voz de la fuerza y la amistad para con la humanidad.
Respondo: Si la voz de la fuerza y la amistad para la humanidad hubiera sido enarbolada por los Estados Unidos en el momento adecuado, y sobre todo, si hubiera tenido algún tipo de valor práctico, por lo menos ese tratado, el Dictado de Versalles, que se ha convertido en la causa de los peores trastornos de la humanidad y la historia, se podría haber evitado."
La mesa de conferencias como solución
"El Sr. Roosevelt declara además que está claro para él que todos los problemas internacionales se pueden resolver en la mesa de conferencias.
Respondo: En teoría uno debe creer en esta posibilidad, porque el sentido común resolvería las demandas justas aceitando una manos por un lado y obligando a llegar a compromisos aceitando otras manos por el otro lado.
Por ejemplo, por la lógica del sentido común y los principios generales de justicia humana, de hecho, y de acuerdo con las leyes de una voluntad divina, todos los pueblos deberían tener igual participación de todas las riquezas del mundo.
No debería entonces ocurrir que un pueblo necesite más espacio para vivir, porque puede hacerlo con sus quince habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que otros se ven obligados a mantener 140, 150 o incluso 200 en un área similar.
Pero en cualquier caso, esos pueblos afortunados no deben restringir el espacio existente asignado a aquellos que de por sí están restringidos, robándoles sus colonias, por ejemplo.  Yo estaría muy feliz de encontrar una solución a estos problemas en la mesa de conferencias.
Mi escepticismo, sin embargo, se basa en el hecho de que fue el propio Estados Unidos quien expresó su más aguda expresión de desconfianza en la eficacia de las conferencias.  Porque la mayor conferencia de todos los tiempos fue sin duda la Liga de Naciones.
Ese organismo autoritario, que representaba a todos los pueblos del mundo, que fue creado de conformidad con las intenciones de un presidente de Estados Unidos, se suponía que resolvería los problemas de la humanidad en la mesa de conferencias.
Sin embargo, el primer Estado, que no se adhirió a la Liga de Naciones fue Estados Unidos, debido a que el propio Presidente Wilson abrigaba sus mayores dudas en la posibilidad de que ese organismo fuera realmente capaz de resolver los problemas internacionales de manera decisiva en la mesa de conferencias.
Honramos la bien intencionada expresión de su opinión, Sr. Roosevelt, pero en contra de su opinión se encuentra el hecho real de que en casi veinte años de actividad de las grandes conferencias en el mundo, la Liga de Naciones, no ha podido resolver un solo problema internacional de manera decisiva.
Contrario a la promesa de Wilson, Alemania fue impedida durante muchos años por el Tratado de Paz de Versalles, de participar en esa gran conferencia mundial, a pesar de la amarga experiencia, de que había un Gobierno alemán que creía que no había necesidad de seguir el ejemplo de los Estados Unidos, y que por lo tanto, debía tomar asiento en esa mesa de conferencias.
No fue sino hasta después de años de inútil participación que me decidí a seguir el ejemplo de Estados Unidos y también salirme de la conferencia más grande del mundo.  Desde entonces, he resuelto los problemas de mi pueblo que, como todos los demás, por desgracia no fueron resueltos en la mesa de conferencias de la Liga de las Naciones — y los resolví sin necesidad de recurrir a la guerra en ningún caso.
Aparte de eso, sin embargo, como ya he mencionado, muchos otros problemas se han planteado ante las conferencias mundiales en los últimos años, sin que se haya encontrado ningún tipo de solución.
Sin embargo, Sr. Roosevelt, si usted cree que todos los problemas se pueden resolver en la mesa de conferencias, entonces todas las naciones, incluyendo Estados Unidos, han sido lideradas en los últimos siete u ocho siglos, ya sea por hombres ciegos o por criminales.  Porque ninguno de los gobernantes, incluidos los de los Estados Unidos y, especialmente los más renombrados, construyeron la historia de sus países en las mesas de conferencias, sino por razón de la fortaleza de su pueblo.
La libertad de Estados Unidos no se decidió en la mesa de conferencias, como tampoco se decidió en una mesa el conflicto entre el Norte y el Sur.  No voy a mencionar las innumerables luchas que finalmente condujeron a la subyugación de América del Norte en su conjunto.
Digo todo esto, sólo para demostrar que su opinión, Sr. Roosevelt, aunque, sin duda, digna de todo respeto, no es confirmada por la historia, ni la de su propio país o ni la del resto del mundo.
Pedido de garantías
El Sr. Roosevelt continúa diciendo que a su pedido de una discusión pacífica pidiendo además que a menos que reciba garantías de antemano de que el resultado final de las conversaciones será el que él quiere, la respuesta, que mientras tanto no se dejarán las armas, es inaceptable para él
Respuesta. ¿Cree usted, Sr. Roosevelt, que si el destino final de las naciones está en juego, un gobierno o los líderes de un pueblo depondrán sus armas o las entregarán antes de una conferencia, simplemente con la esperanza ciega de que los demás miembros de la conferencia serán lo suficientemente sabios, o más bien lo suficientemente claros en la visión de futuro, para llegar a la decisión correcta y justa?
Sr. Roosevelt, ha habido un solo país y un gobierno que ha actuado de conformidad con la receta que usted pregona en esos términos tan elogiosos, y ese país ha sido Alemania.  La nación alemana, confiando en las garantías solemnes del Presidente Wilson y en la confirmación de esas garantías por los Aliados, depuso las armas para ir totalmente desarmados a la mesa de conferencias.
Lo cierto es, que tan pronto como la nación alemana dejó las armas no se trató más de una invitación a una mesa de conferencias, sino que se llevó acabo la violación de todas las garantías y Alemania se convirtió en víctima de la peor violación de una promesa que jamás se haya conocido.
Entonces un día, en lugar de reparar en la mesa de conferencias el mayor caos conocido en la historia, el tratado más cruelmente dictado del mundo dio lugar a un todavía más terrorífico caos.
Pero los representantes de la nación alemana, que habían depuesto las armas, confiando en la seguridad solemne de un presidente de Estados Unidos, y por lo tanto llegaron desarmados, no fueron admitidos en la conferencia, aún a pesar de que llegaron a aceptar los términos del tratado dictado.  Sin tomar en cuenta que ellos eran los representantes de una nación, que por lo menos había resistido con infinito heroísmo contra el mundo entero durante cuatro años luchando por su libertad e independencia, fueron sometidos a una degradación aún mayor, que la que nunca fue infligida ni a los jefes de las tribus sioux.
Los delegados alemanes fueron insultados por la multitud, se lanzaron piedras contra ellos, y ellos fueron arrastrados como prisioneros, no a la mesa del consejo del mundo, sino ante el tribunal de los vencedores, y allí, a punta de pistola, se vieron obligados a someterse a la sujeción y al saqueo más vergonzoso que el mundo haya conocido.
Puedo asegurarle, Sr. Roosevelt, que estoy firmemente decidido a velar porque no sólo ahora, sino en los tiempos por venir, nunca más un alemán entrará desarmado a una conferencia, sino que en todo momento y para siempre, todos los representantes de Alemania tengan y tendrán detrás de sí la fuerza unida de la nación alemana, por ello, que Dios me ayude.
Alemania no irá a una conferencia convertida en tribunal
El Presidente de los Estados Unidos cree que a las salas de conferencias, como a una corte de justicia, es necesario que ambas partes ingresen con buena fe, asumiendo que la justicia sustancial beneficiará a ambas partes.
Respondo: los representantes de Alemania no volverán a entrar en una conferencia que para ellos sea un tribunal.  Porque ¿quién va a ser el juez?  En una conferencia no hay acusados ni fiscales, sino dos partes contendientes.  Si el sentido común no logra un arreglo entre esas dos partes, nunca se someterán al veredicto de otros poderes cuyos intereses son totalmente ajenos a los suyos.
Dicho sea de paso, Estados Unidos se negó a entrar en la Liga de las Naciones para no convertirse en la víctima de un tribunal, que podría, por la simple mayoría de votos, emitir un veredicto adverso a sus intereses particulares.  Pero estaría muy agradecido al presidente Roosevelt si pudiera explicarle al mundo cómo debería ser un nuevo Tribunal Internacional de Justicia.
¿Quiénes son los jueces en su lista?   ¿De acuerdo con qué procedimiento y cómo se seleccionarán? ¿Con qué responsabilidad se comportarán?  Y sobre todo, ¿ante quién se harán responsables de sus decisiones?
Declaración de la política de los gobiernos
El Sr. Roosevelt cree que la causa por la paz mundial tendría un gran avance, si las naciones del mundo hicieran una declaración franca en relación con el presente y el futuro de la política de sus gobiernos.
Respondo: Ya he hecho eso, Sr. Roosevelt, en innumerables discursos públicos.  Y en el transcurso de esta reunión del Reichstag alemán, en este mismo momento —en la medida de lo posible que el espacio de dos horas permite— estoy haciendo una declaración de ese tipo.
Debo, sin embargo, negarme a dar una explicación a nadie más que a las personas de cuya existencia y su vida soy responsable, y que, a su vez, son los únicos que tienen derecho a exigir que les dé cuenta de mis actos.  Sin embargo, yo muestro los objetivos de la política alemana tan abiertamente al mundo entero, que pueden referirse a ellos en cualquier caso.
Pero estas explicaciones no tienen importancia para el mundo exterior, siempre que sea posible que la prensa falsee y siembre sospechas en cada declaración, para ponerla en duda, o ahogarla con una nueva ola de mentiras.
EEUU exige que Alemania le informe sobre sus políticas
El Sr. Roosevelt considera que, debido a que Estados Unidos es una de las naciones del Hemisferio Occidental, que no está involucrada en las controversias inmediatas que han surgido en Europa, por lo tanto, yo debería estar dispuesto a hacer tal declaración sobre mi política, por ser él, el jefe de una nación que está muy alejada de Europa.
Respondo: El Sr. Roosevelt por lo tanto cree en serio que la causa de la paz realmente se vería potenciada si él hiciera una declaración pública, a las naciones del mundo, sobre la actual política del Gobierno alemán.
Pero, ¿cómo el señor Roosevelt le viene a señalar a la cabeza de la nación alemana a hacer una declaración, sin que los otros gobiernos estén también invitados a hacer tal declaración de sus políticas?
Desde luego, creo que no es apropiado pedirle tal declaración al jefe de cualquier Estado extranjero, sino que dichas declaraciones deberían pedirse y ser hechas por todos los estados del mundo, de acuerdo con la propuesta del Presidente Wilson de abolición de la diplomacia secreta.
Hasta ahora yo no sólo he estado preparado y dispuesto a hacer eso, sino, como ya he dicho, lo he hecho con demasiada frecuencia.  Por desgracia, las declaraciones más importantes relativas a los objetivos e intenciones de la política de Alemania, en muchos Estados llamados democráticos son ocultadas a la gente o son distorsionadas por la prensa.
Si, a pesar de todo, el presidente Roosevelt piensa que tiene derecho a hacer tal solicitud, en particular, a Alemania o Italia, porque Estados Unidos está muy lejos de Europa, de nuestra parte podría, con el mismo derecho, pedirle al Presidente de Estados Unidos que informara cuáles son los objetivos de la política exterior de su país y cuáles son las intenciones de esta política en relación a la América Central y del Sur, por ejemplo.  En este caso, debo admitir, que el Sr. Roosevelt tiene todo el derecho de hacer referencia a la Doctrina Monroe y negarse a cumplir con dicha solicitud como una interferencia en los asuntos internos del continente americano.  Nosotros, los alemanes apoyamos una doctrina similar para Europa y, sobre todo, para el territorio y los intereses del Gran Reich alemán.
Por otra parte, nunca me atrevería a dirigir, obviamente, tal solicitud al Presidente de los Estados Unidos de América, porque supongo que es probable que consideraría tal presunción, con toda razón, como una elemental falta de tacto.
Naciones amenazadas por Alemania
El presidente de Estados Unidos declara además que luego él comunicaría esa información, sobre los objetivos políticos de Alemania, a otros países que actualmente sienten aprensión por el curso de nuestra política.
Respondo: ¿Cómo sabe el señor Roosevelt qué naciones se consideran amenazadas por la política alemana y cuáles no?  ¿O está el señor Roosevelt en una posición, a pesar del enorme cantidad de trabajo que debe tener en su propio país, de reconocer por su propios medios todos los más íntimos pensamientos y sentimientos de otros pueblos y sus gobiernos?
Por último, el Sr. Roosevelt pide que se le den garantías de que las fuerzas armadas alemanas no atacarán, y sobre todo, no invadirán el territorio o posesiones de las siguientes naciones independientes.  Nombra como aquellas a las que se refiere a: Finlandia, Lituania, Letonia, Estonia, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica, Gran Bretaña, Irlanda, Francia, Portugal, España, Suiza, Liechtenstein, Luxemburgo, Polonia, Hungría, Rumania, Yugoslavia, Rusia, Bulgaria, Turquía, Irak, las Arabias, Siria, Palestina, Egipto e Irán.
Respondo: primero me he tomado la molestia de averiguar en los estados mencionados, en primer lugar, si ellos mismos se sienten amenazados, y lo que es más importante, en segundo lugar, si esa investigación por el Presidente estadounidense fue pedida por sugerencia de esos países, o al menos, con su consentimiento.
La respuesta fue negativa en todos los casos, en algunos casos fuerte y airadamente negada.  Es cierto que hay algunos entre esos estados y naciones mencionadas, a quienes yo no podría preguntarles, porque se tratan de naciones —como por ejemplo, Siria— que en la actualidad no tienen libertad, porque están bajo la ocupación de fuerzas militares de estados democráticos y en consecuencia privados de sus derechos.
Aparte de ese hecho, sin embargo, todos los estados limítrofes con Alemania han recibido garantías mucho más vinculantes y, particularmente, propuestas más vinculantes que las que el señor Roosevelt me pide en su raro telegrama.
Pero también he de llamar la atención del Sr. Roosevelt sobre uno o dos errores históricos.  Menciona a Irlanda, por ejemplo, y pide una declaración mía en el sentido de que Alemania no atacará a Irlanda.  Acabo de leer un discurso pronunciado por el Sr. de Valera, el Taoiseach irlandés (Primer Ministro), en el que curiosamente, y contrariamente a la opinión del Sr. Roosevelt, él no ve a Irlanda amenazada por Alemania, sino que acusa a Inglaterra por someter a Irlanda a continuas agresiones.
Con todo el respeto por la visión del Sr. Roosevelt en su necesidad de preocuparse por otros países, no obstante, debe suponerse que el Primer Ministro irlandés está más al corriente de los peligros que amenazan a su país, que lo que está el Presidente de los Estados Unidos.
Del mismo modo, evidentemente, ha escapado a la atención del Sr. Roosevelt, el hecho de que Palestina está ocupada, no por tropas alemanas, sino por tropas británicas, y que el país está pasando por restricciones a su libertad, porque en virtud del brutal uso de la fuerza, está siendo despojado de su independencia y está sufriendo el más cruel maltrato en beneficio de los intrusos judíos.
Los árabes que viven en ese país, sin duda que no se han quejado ante el señor Roosevelt por la agresión alemana, sino que están expresando una constante apelación al mundo, que deplora los métodos bárbaros con los que Inglaterra está tratando de suprimir un pueblo que ama su libertad y que simplemente la está defendiendo.
Esto, también, es tal vez un problema que en opinión del presidente de Estados Unidos se debe resolver en la mesa de conferencias, es decir, ante un juez justo, y no por la fuerza física o los métodos militares, o por las ejecuciones en masa, la quema de aldeas, la voladura de las casas y cosas como esas.
Pero un hecho es sin duda cierto.  En este caso, Inglaterra no se está defendiendo contra una amenaza de ataque árabe, sino que como un intruso, está tratando de establecer su poder en un territorio extranjero que no le pertenece.
Se podrían seguir señalando, toda una serie de errores similares que el señor Roosevelt comete, al margen de la dificultad que tendrían operaciones militares por parte de Alemania en Estados y países, algunos de los cuales se encuentran de 2000 a 5000 kilómetros de distancia de nosotros.
Por último tengo que hacer la siguiente declaración:
El Gobierno alemán, a pesar de todo, está preparado para dar a cada uno de los Estados mencionados un testimonio en los términos deseados por el Sr. Roosevelt, bajo condición de reciprocidad absoluta, siempre que dicho Estado quiera, y dirija a Alemania una solicitud de esa garantía junto con las correspondientes propuestas aceptables.
En el caso de algunos de los estados incluidos en la lista del Sr. Roosevelt, su pregunta probablemente puede considerarse como contestada en principio, puesto que ya estamos aliados con ellos o por lo menos unidos por estrechos lazos de amistad.
En cuanto a la duración de esos acuerdos, Alemania está dispuesta a hacer un acuerdo con cada Estado en particular, de conformidad con los deseos de cada uno de ellos.
Pero yo no quiero dejar pasar esta oportunidad sin dar, sobre todo, al Presidente de los Estados Unidos la garantía en relación a los territorios que, después de todo, son motivo de aprensión, a saber, los Estados Unidos en sí mismo y los demás Estados del continente americano.
Y yo aquí declaro solemnemente que todas las afirmaciones que de alguna forma han circulado en relación a un ataque o invasión alemana a algún territorio americano son fraudes y groseras falsedades, aparte del hecho de que tales afirmaciones, en lo que a las posibilidades militares se refiere, sólo podrían ser el producto de una tonta imaginación.
El desarme mundial
El presidente de Estados Unidos pasa luego a declarar, en este contexto que se refiere a la discusión de la manera más efectiva e inmediata en la que los pueblos del mundo pueden obtener alivio de la carga aplastante de los armamentos, como el factor más importante de todos.
Respondo: El Sr. Roosevelt tal vez no sabe que este problema, en lo que se refiere a Alemania, ya ha sido una vez completamente resuelto.  Entre 1919 y 1923, Alemania había quedado totalmente desarmada como fue expresamente confirmado por la comisión de los Aliados.  La siguiente fue la medida del proceso de desarme:
El siguiente equipo militar fue destruido:
1. 59.000 cañones.
2. 130.000 ametralladoras.
3. 31.000 minenwerfer (lanzadores de minas).
4. 6.007.000 rifles y carabinas.
5. 243,000 barriles de ametralladora.
6. 28.000 cureñas.
7. 4.390 carros lanzadores de minas.
8. 38.750.000 granadas de artillería.
9. 16.550.000 granadas de mano y granadas de fusil.
10. 60.400.000 cartuchos de fusil.
11. 491.000.000 cartuchos de munición de pequeño calibre.
12. 335.000 toneladas métricas de cartuchos para balas.
13. 23.515 toneladas métricas de envases de cartuchos.
14. 37.600 toneladas métricas de pólvora.
15. 79.000 rondas de municiones sin rellenar.
16. 212.000 equipos telefónicos.
17. 1072 lanzallamas, etc, etc
Fueron destruidos además:
Trineos. talleres transportables, vagones de antiaéreos, cureñas, cascos de acero, máscaras de gas, maquinaria para la industria de municiones y mecanismos de fusil.
El siguiente equipo de la fuerza aérea fue destruido:
15.714 aviones caza
27.757 motores de avión.
En la marina, fue destruido lo siguiente:
26 buques capitales.
4 buques de defensa costera.
4 cruceros acorazados.
19 cruceros pequeños.
21 buques de entrenamiento y otros barcos especiales.
83 torpederos.
315 submarinos
Además, fue destruido lo siguiente:
Vehículos de todo tipo, gas venenoso y (en parte) máscaras anti-gas, combustibles y explosivos, reflectores, equipo de observación, aparatos de medición de distancia y de sonido, instrumentos ópticos de todo tipo, arneses, etc; todos los aeródromos y hangares para aviones, etc .
De acuerdo con la solemnes promesas una vez dadas a Alemania, promesas que se encuentran plasmadas también en el Tratado de Paz de Versalles, todo eso suponía que era un anticipo al desarme del resto del mundo sin trauma alguno.
En ese sentido, como en todos los demás en los que Alemania creyó que la promesa se mantendría, fue vergonzosamente engañada.  Todos los intentos de inducir a los otros estados ha desarmarse, como es bien sabido, intentos perseguidos en las negociaciones en la mesa de conferencias durante muchos años, no se lograron.  Ese desarme habría sido justo y sensato, y se habrían cumplido las promesas dadas.
Yo mismo, Sr. Roosevelt, he hecho cualquier cantidad de propuestas prácticas para las consultas y he tratado de iniciar una discusión sobre el tema, con el fin de efectuar una limitación general de armamentos al nivel más bajo posible.
Propuse una fuerza máxima de 200.000 hombres para todos los ejércitos, también la abolición de todas las armas ofensivas, de aviones de bombardeo, de gas venenoso, y cosas por el estilo.  La actitud del resto del mundo, por desgracia, hizo imposible llevar a cabo esos planes, pese a que para entonces Alemania estaba completamente desarmada.
Propuse después una fuerza máxima de 300.000 hombres para los ejércitos.  La propuesta se encontró con el mismo resultado negativo. Luego presenté un gran número de propuestas detalladas de desarme -en cada caso ante el foro del Reichstag alemán que fue escuchado por el mundo entero.  Nunca nadie concurrió ni siquiera para discutir el asunto.  En cambio, las potencias comenzaron haciendo nuevos gastos en armamentos, que de por sí ya eran enormes.
No fue sino hasta después de la desestimación definitiva de mis propuestas de sugerir 300,000 hombres como la fuerza máxima, que di la orden para el rearme alemán, y esta vez en una escala intensiva.
Sin embargo, yo no quiero ser un obstáculo en el camino de las conversaciones de desarme a las que usted, señor Roosevelt, ahora manifiesta tener la intención de asistir.  Les pido, sin embargo, no llamarme primero a mí y a Alemania, sino más bien a los demás.  Tengo el beneficio de la experiencia en mis espaldas y seguiré siendo escéptico hasta que los hechos me demuestren lo contrario.
El Sr. Roosevelt nos asegura además que está dispuesto a participar en conversaciones para examinar de la manera más práctica la apertura de avenidas de comercio internacional a fin de que todas las naciones del mundo pueden estar habilitadas para comprar y vender en igualdad de condiciones en los mercados del mundo, así como poseer la seguridad de obtener las materias primas y los productos necesarios para la vida económica pacífica.
Respondo: En mi opinión, Sr. Roosevelt, que no se trata tanto de discutir estos problemas en teoría, sino que debiera ser en la práctica eliminando las barreras que existen en el comercio internacional. Las peores barreras, sin embargo, existen dentro de los propios estados.
La experiencia hasta ahora demuestra, en todo caso, que las mayores conferencias económicas mundiales han naufragado, simplemente porque los distintos países fueron incapaces de mantener el orden en sus sistemas económicos internos, o bien porque están sumidos en la incertidumbre del mercado financiero internacional por las manipulaciones monetarias, y por sobre todo a causa de las constantes fluctuaciones en el valor de sus monedas.
Asimismo, es una carga insoportable para las relaciones económicas mundiales que ocurre en algunos países por una razón ideológica u otra, que dan rienda suelta a la agitación de salvaje boicot contra otros países y sus productos, con el objeto de eliminarlos del mercado.
Yo creo, Sr. Roosevelt, que sería más recomendable por su parte, si usted, con su gran influencia, comienza con la eliminación de esas barreras en los Estados Unidos para lograr un comercio mundial verdaderamente libre.  Porque es mi convicción que si los líderes de las naciones no son siquiera capaces de regular la producción en sus propios países o de quitar los boicots de persecución por razones ideológicas, que hacen tanto daño a las relaciones comerciales entre los países, cabe esperar mucho menos el logro de dar cualquier paso realmente fructífero para el mejoramiento de las relaciones económicas por medio de acuerdos internacionales.  No hay otra manera de garantizar el derecho de todos a comprar y vender en el mercado mundial en igualdad de condiciones.
Además, el pueblo alemán ha hecho afirmaciones muy concretas a este respecto y le agradecería mucho si usted, señor Roosevelt, como uno de los sucesores del difunto Presidente Wilson, empleara sus esfuerzos para velar porque las promesas, sobre la base de que una vez que Alemania bajó las armas, y se puso en manos de los llamados victoriosos, pueda finalmente ser redimida.
Estoy pensando menos en los innumerables millones marcos de arrancados a Alemania por las reparaciones, y más en la devolución de los territorios robados a Alemania.
Alemania perdió aproximadamente 3.000.000 de kilómetros cuadrados de territorio dentro y fuera de Europa, a pesar que todo el imperio colonial alemán, en contraste con las colonias de otras naciones, no fue adquirido por medio de la guerra, sino únicamente por medio de tratados o de compra.
El Presidente Wilson solemnemente empeñó su palabra de que la demanda colonial alemana como ocurría con todos los demás países recibirían el mismo justo examen.  Sin embargo, en lugar de eso, las posesiones alemanas fueron regaladas a las naciones que ya tenían los más grandes imperios coloniales de la historia, mientras nuestro pueblo era sometido a grandes sacrificios.
Sería un acto noble si el presidente Franklin Roosevelt redimiera las promesas hechas por el Presidente Woodrow Wilson.  Esto, sobre todo, sería una contribución práctica a la consolidación moral del mundo y la mejora de sus condiciones económicas.
El Sr. Roosevelt también declaró que llegó a la conclusión, que los jefes de todos los gobiernos son en este momento responsables del destino de la humanidad y que no pueden dejar de oír las súplicas de sus pueblos a estar protegidos contra el caos de la guerra.  Y que yo también sería responsable por ello.
Sr. Roosevelt, entiendo perfectamente que la inmensidad de su nación y la inmensa riqueza de su país le permite hacerse responsable por la historia de todo el mundo y por el destino de todos los pueblos.  Mi ámbito, señor Presidente, es considerablemente más pequeño y más modesto.  Usted tiene 130 millones de habitantes en 9 millones y medio de kilómetros cuadrados.  Posee un país con enormes riquezas, con todos los recursos minerales, lo suficientemente fértil como para alimentar a quinientos millones de personas y satisfacer todas sus necesidades.
Me hice cargo de la dirección de un Estado que se enfrentó a la ruina total gracias a su confianza en las promesas del mundo exterior y al mal gobierno de su propio régimen democrático.  En este país hay alrededor de 140 habitantes por cada kilómetro cuadrado —no 15 habitantes, como en Estados Unidos.  La fertilidad de nuestro país no se puede comparar con la del suyo.  Carecemos de numerosos recursos minerales que la naturaleza le ha otorgado a usted en cantidades ilimitadas.
Miles de millones de ahorro de Alemania acumulados en oro y divisas durante muchos años de paz, nos los fueron despojados.  Perdimos nuestras colonias.  En 1933 había en mi país 7 millones de desempleados, unos pocos millones de trabajadores a tiempo parcial, millones de campesinos pobres, el comercio destruido, el intercambio comercial arruinado; en resumen, el caos generalizado.
Desde entonces, Sr. Roosevelt, sólo he sido capaz de cumplir una sola tarea.  No puedo sentirme responsable del destino del mundo, porque el mundo no se interesaba por la lamentable suerte de mi propio pueblo.
Me he considerado a mí mismo como llamado por la Providencia sólo para servir a mi propia gente desamparada y para liberarlos de su miseria espantosa.  Así, durante los últimos seis años y medio, he vivido día y noche para la única tarea de despertar los poderes de mi pueblo, de cara a nuestro abandono del resto del mundo para desarrollar esas competencias al máximo y de utilizarlos para la salvación de nuestra comunidad.
Yo he vencido el caos en Alemania, restablecido el orden, aumentada enormemente la producción en todas las ramas de nuestra economía nacional, con un esfuerzo suplementario hemos producido sustitutos de los numerosos materiales que nos faltan, preparado el camino para nuevas invenciones desarrolladas, de transporte, construidas carreteras magníficas y canales excavados, creadas nuevas fábricas gigantescas.  Me he esforzado no menos en traducir a la práctica el ideal detrás del pensamiento "comunidad" y promover la educación y la cultura de mi pueblo.
He conseguido encontrar un trabajo útil para todos los 7 millones de desempleados; hemos mantenido a los campesinos alemanes en su tierra a pesar de todas las dificultades y hemos ahorrado para ellos, hemos hecho florecer el comercio nuevamente y hemos promovido el transporte al máximo.
Para protegernos contra las amenazas del mundo exterior, no sólo hemos unido políticamente al pueblo alemán sino que también lo hemos rearmado, también nos hemos comprometido deshacernos del Tratado de Versalles, página por página, de todos sus 448 artículos que contienen la más vil opresión que nunca antes ha infligido a los hombres y las naciones.
He traído al Reich las provincias que nos robaron en 1919,  He llevado de regreso a su país de origen a millones de alemanes que fueron separados de nosotros y estaban en la miseria más abyecta, he reunido los territorios que han sido alemanes a lo largo de mil años de historia y Sr. Roosevelt, me he esforzado para lograr todo esto sin derramamiento de sangre y sin traer a mi gente y a los demás la miseria de la guerra.
Esto lo he hecho, Sr. Roosevelt, a pesar que hace 21 años, yo era un trabajador desconocido y un soldado de mi pueblo, sólo con mi propia energía y por lo tanto puedo reclamar un lugar en la historia entre los hombres que han hecho lo máximo que puede ser hecho de manera justa.
Usted, señor Roosevelt, tiene en comparación una tarea inmensamente más fácil.  Usted se convirtió en Presidente de los Estados Unidos en 1933, cuando yo me convertí en Canciller del Reich.  Así, desde el primer momento, usted se convirtió en jefe de uno de los más grandes y más ricos estados del mundo.
Es su buena fortuna tener que mantener casi 15 personas por kilómetro cuadrado en su país.  A su disposición están la mayoría de los más abundantes recursos naturales del mundo.  Su país es tan grande y sus campos tan fértiles, que pueden asegurar a cada individuo estadounidense por lo menos diez veces más de las cosas buenas de la vida que es posible en Alemania.  La naturaleza por lo menos le ha dado la oportunidad de hacer eso.
Aunque la población de su país es sólo un tercio mayor que la de la Gran Alemania, tiene más de quince veces más espacio.  Y usted tiene tiempo y ocio —en la misma enorme escala como usted la tiene en todo lo demás— para dedicar su atención a los problemas mundiales.  Su mundo es muy pequeño, sin duda, por lo que usted cree que su esfera de intervención puede ser útil y eficaz en todas partes.  De esta manera, por lo tanto, su preocupación y sus sugerencias abarcan un campo más grande y más amplio que el mío.
Pero mi mundo, Sr. Presidente, es el que la Providencia me ha asignado y por él tengo el deber de trabajar.  Su superficie es mucho menor.  Se compone de mi pueblo solamente.  Por eso creo que puedo servir mejor en todo lo que está en nuestros corazones —la justicia, el bienestar, el progreso y la paz, los mismos fines que persigue la comunidad humana."
Adolf Hitler