lunes, 2 de mayo de 2016

RELATO HISTORICO:

INFORME REDACTADO POR OTTO REMER DOS DÍAS DESPUÉS DEL INTENTO DE ATENTADO CONTRA HITLER POR LOS TRAIDORES DE LA OPERACIÓN WALKIRIA.

Berlín 22 julio 1944

Desarrollo de los acontecimientos del día 20.7.1944, tal como yo los viví en mi condición de Comandante del Batallón de la Guardia «Grossdeutschland».

A las 16,10h llegó a mi casa una orden de la Comandancia para que me presentara allí enseguida. Conmigo se encontraba en aquel momento el oberleutnant (teniente) Hagen, jefe de negociado en el Ministerio de Propaganda, el cual acababa de pronunciar, ante los suboficiales de mi batallón, una conferencia sobre la situación política. En automóvil me dirigí a la Comandancia y, una vez allí, tuve que esperar más de media hora en el despacho del ayudante, oberstleutnant (teniente coronel) Ertell. Allí se encontraban también algunos comandantes por mi conocidos y que también pertenecían a la Comandancia. EI primero en ser llamado a presencia del Comandante en jefe, teniente general v. Hase, fui yo. En su despacho se encontraban, según recuerdo, además del general, el oberstleuttnant (teniente coronel) Schone, un teniente coronel de la AHA (Servicio General del Ejército), cuyo nombre no me es conocido, y el Mayor (comandante) Hayssen, a quien veía por primera vez en mi vida. También estaban el Mayor Graf Schack y el oberstleutnant (teniente coronel Ertell). Es posible que estuvieran presentes uno o dos oficiales más.
EI general me comunicó que el Führer había sufrido una desgracia, que el Ejército se había hecho cargo del poder ejecutivo, y, que había que contar con posibles disturbios. Se me confió la misión de acordonar con tres compañías el barrio del Gobierno, limitado por las siguientes calles y plazas: Potsdamer Platz, Salandstrasse, Anhalter Strasse, Wilhelmstrasse, Kochstrasse, Friedichstrasse, Dorothenstrasse, Hermann Göring Strasse, Potsdamer Platz. EI recinto debería quedar completamente cerrado y nadie, ni generales ni ministros, podía atravesar la barrera. EI tráfico no debía interceptarse, pero los vehículos de transporte del servicio público tenían que pasar vados por la zona cercada. Se me asignó además que la policía local debería ayudarme en la realización de mi tarea. El oberstleutnant (teniente coronel) de la AHA (oberstleutnat Wolters) que estaba en el despacho me acompañaría con objeto de establecer contacto con la policía y con los transportes públicos (ferrocarril suspendido). Yo no sé si fue el general v. Hase o el mayor Hayessen quien me asignó la compañía de este teniente coronel. En todo caso me alegré de ver en él a un oficial que me quitaría de encima parte del trabajo en el desarrollo de mi misión. La idea de que se me asignara este teniente coronel en calidad de espía, vino más tarde a mi mente. Una cuarta compañía debía ser enviada al Lustgarten como reserva. Inmediatamente después de recibir esta orden, volví a mi cuartel, llamé a todos mis oficiales a mi despacho, di la alarma al batallón y volví a mi casa por cinco minutos, donde encontré al oberleutnant Hagen y a mi ayudante, teniente Sieber. A ambos oficiales les comunique la situación y cual era nuestra misión, añadiendo que se temía que el Führer estuviese muerto. A este respecto hice notar que todo era muy extraño, que bajo cualquier circunstancia deberíamos conservar clara nuestra mente y que no permitiríamos que se abusara de nosotros bajo ningún concepto. De lo que no me acuerdo es de si dije que encontraba muy extraño que no se hubiera hablado nada sobre el sucesor o el sustituto del Führer o si hice esta observación más tarde. En todo caso, lo que si expresé decididamente en mi casa es que tenía la profunda impresión de que aquí había gato encerrado, lo cual indujo a mi ayudante a preguntar, ¿pronunciamiento militar?. Hasta entonces y en el tiempo que siguió no recibí orden alguna por escrito. Tampoco he podido ver ninguna orden escrita de los organismos superiores. Lo único que pude ver a cierta distancia sobre la mesa, delante del general y del mayor Hayessen, fue unas instrucciones escritas a máquina que probablemente y según parecía tenían o debían tener alguna relación con lo que estaba aconteciendo.
Después de salir de mi casa y de vuelta en el cuartel, encontré a mis oficiales reunidos y les indique que pasaran a mi despacho. Presentes estaban, además, el teniente coronel de la AHA y el oberleutnant Hagen, a quien yo le habia pedido expresamente que me acompañase. En esta entrevista hice especial hincapié en que no deberíamos cometer ninguna tontería. Y que lo único que había que hacer era cumplir exclusivamente mis órdenes. De forma muy especial acentué la imperiosa necesidad de que las compañías estuvieran rápidamente dispuestas a entrar en acción. A un oficial, cuyo nombre no recuerdo, que me llamó por teléfono para que pusiera una guardia a disposición de cierto general, le contesté que ningún general que no fuese mi superior inmediato podía darme órdenes. Durante la entrevista, me pidió el oberleutnant Hagen que saliera para hablar con él a solas. Entonces me dijo que tenía una cierta sospecha, pues al venir hacia el cuartel había visto pasar un automóvil en el que iba el Feldmarschall (mariscal de campo von Brauchitsch) vestido de uniforme. Así es que debíamos contar con que se trataba de un pronunciamiento militar. Acordamos que el fuese a ver al Ministro del Reich, Dr. Goebbles, o a la Gestapo para aclarar la situación. A toda costa quería estar enterado exactamente de cuál era la situación real. Le pedí al oberleutnant Hagen que obrara con cautela para que no pudiera despertarse cualquier sospecha. Para que llevara a cabo su cometido con mayor rapidez, puse una moto a su disposición. AI final de la entrevista, que terminó exactamente a las 17,32 h., ordené que se dijera a nuestros soldados la pura verdad sobre la situación que se nos había planteado. Después de la entrevista me dejó perplejo la observación del teniente coronel de la AHA relativa a que yo no debía considerar su presencia en calidad de espía, lo cual me extrañó sobremanera ya que hasta entonces no se me había pasado siquiera por la imaginación tal posibilidad. Mientras que los soldados de las compañías movilizadas estaban subiendo a sus vehículos, fuimos mi ayudante y yo, en coche, acompañados por el teniente coronel de la AHA a la comandancia para aclarar allí algunos puntos de pequeña importancia. Mucho me sorprendió una conversación en voz baja entre el general von Rase y el oberstleutnant Schone al oír decir a este último que para practicar la detención del Ministro del Reich, Dr. Goebbels, no solamente estaba prevista una sección del Batallón «Grossdeutsschland», sino también otra volante de la policía. Esta observación me dejó pensativo, primero por qué se hablaba de una detención del Ministro del Reich y segundo por qué no sólo habríamos de practicarla nosotros, sino también el Servicio de patrullas volantes de la policía. De esto deduje que se desconfiaba de mí. Por eso, ordené posteriormente que se reforzara mi guardia personal como medida de precaución, ordenado que en caso de que me detuvieran, tendrían que liberarme sin pérdida de tiempo. El general v. Rase y el mayor Rayessen me ordenaron que las medidas de seguridad a tomar debían ser especialmente tajantes en la parte norte de la Annhalter Strasse. Por qué razón había que realizar esto así, no se me dijo. Pero después, cuando recorría la zona a mi encomendada, pude comprobar que en aquella parte tenía su sede el Servicio Secreto. También esto me dio que pensar.
El cerco que se me había ordenado establecer alrededor del barrio del gobierno estaba tendido ya a las 18,30 h. Hasta ese momento, después de haber abandonado la Comandancia, inspeccioné las tres compañías encargadas del acordonamiento y, finalmente, me dirigí en moto a la Comandancia para dar parte al general de que se había establecido el cerco.
Mi ayudante me contó más tarde que el teniente coronel de la AHA se había despedido de él, indicándole que aun tenía que cumplir una misión especial en el lago «Wannsee». Inspeccioné, de vuelta de la Comandancia, otra vez la línea de interceptación para eliminar algunas cosas que no estaban claras; pero, ante todo, mi intención era establecer contacto con el oberleutnant Hagen, lo que no conseguí.
Cuando después de volver de esta inspección, me hallaba sentado en el antedespacho del general, me llamó desde el pasillo el leutnant (alférez) Buck de mi batallón. Me dijo que lo enviaba el oberleutnant Hagen ya que él mismo no quería venir a la Comandancia para verme, para evitar el peligro de una posible detención. El leutnant Buck me comentó que la situación había cambiado completamente y que yo debía de ir inmediatamente a ver al Ministro del Reich, ya que se trataba de un pronunciamiento militar. A lo cual respondí al leutnant Buck: «Nosotros dos vamos ahora mismo a ver al general. Usted le dice que tengo que ir a presencia del Ministro del Reich, que la situación ha cambiado fundamentalmente, pero, por lo que más quiera, no mencione lo del pronunciamiento militar». Entré a propósito junto con el leutnant Buck a ver al general para así poder contar con un testigo. Después de que Buck hubiera informado al general, pregunte a este si yo podía ir a ver al Ministro, a lo que contestó el general: “¡Remer, usted se queda aquí!».
Poco después salí hasta la puerta de la Comandancia y hablé a solas con mi ayudante, al que le dije: «Ahora es mi cabeza la que está en juego. Parece que, efectivamente, se trata de un golpe militar. Hagen ha mandado decirme que vaya a ver al Dr. Goebbels, pero el general me lo ha prohibido». Después y todavía delante de la Comandancia, fueron llegando algunos oficiales de mi batallón a los que puse en antecedentes, diciéndoles además que debían prestar la mayor atención.
Entonces me alejé un poco, yo solo, para reflexionar un momento y hacerme una clara imagen de la situación. Decidí ir inmediatamente a ver al Dr. Goebbels. Nada más llegar se me pidió que entrase en el despacho del Ministro, donde hablé a solas con él. Me preguntó si yo era un nacionalsocialista convencido. Le contesté que, naturalmente, lo era y que estaba completamente de parte del Führer. Hasta ese momento yo no tenía una idea exacta de lo sucedido al Fuhrer. El Ministro del Reich me aseguró que el actuaba bajo el mandato del Führer y que este estaba sano y salvo, así como que había hablado por teléfono con él hacía solamente algunos minutos y que había sido una de las mayores infamias de la historia el que una pandilla de generales ambiciosos hubieran armado un golpe militar suponiendo que el Führer estaba muerto. Yo prometí que en mi calidad de oficial nacionalsocialista estaba dispuesto en cualquier circunstancia a cumplir con mi deber fiel a los mandatos del Führer. Nos dimos la mano y nos miramos fijamente.
Inmediatamente se me brindó la ocasión de hablar personalmente con el Führer por teléfono. El Führer me preguntó si reconocía su voz, a lo que contesté afirmativamente. Luego me dijo que no estaba herido, refiriéndose al criminal atentado de que había sido objeto, e indicándome que debería estar directamente a sus órdenes hasta que llegara Himmler a quien él había nombrado Jefe del Ejército sobre el suelo patrio y que yo debería usar todos los medios a mi alcance para acabar con cualquier movimiento de resistencia.
Acabada esta conversación con el Führer, informe al Sr Ministro del Reich de la misión que hasta entonces había tenido y de las medidas tomadas por mí. Además puse en su conocimiento las medidas dadas por la Comandancia que habían llegado a mis oídos. En el transcurso de la hora siguiente fui llamado por lo menos una docena de veces a presencia del Ministro. Cada vez le comunicaba todas cosas que habían llegado a mi conocimiento y lo tenía al corriente de las medidas que yo iba tomando. A menudo estaba presente también el Ministro Speer.
Después de mi primera entrevista con el Dr. Goebbels, regresé inmediatamente a la Comandancia, pero no volví a entrar en ella. A la puerta informé a todos los oficiales de mi batallón allí presentes que había estado hablando con el Ministro del Reich, Dr. Goebbels a pesar de que el general von Hase me lo había prohibido terminantemente. A mi ayudante le di la orden de que a partir de ese momento el teléfono que yo tenía en mi puesto de mando se mantuviera exclusivamente para mi uso personal, ya que había acordado con el Ministro que estableceríamos contacto telefónico cada 20 minutos. En esta ocasión pude comprobar que en la Comandancia había hecho su aparición la patrulla volante que, según parecía, estaba encargada de practicar la detención del Dr. Goebbels. Igualmente pude comprobar que en las cercanías del Monumento al Honor se hallaban vivaqueando tropas extrañas. Además me enteré del acercamiento de otras tropas. Entonces vino a mi memoria el hecho de que poco antes de salir de la Comandancia para ir a visitar al Dr. Goebbels habían llegado algunos oficiales a quienes no había visto nunca.
Como mi batallón estaba muy disperso, ordené a mi ayudante, teniendo en cuenta la actual situación, que reuniera todo el batallón en el jardín de la residencia del Ministro del Reich, Dr. Goebbles, en la calle Hermann Göring Str. 20 mientras que yo volvía inmediatamente a presencia del Ministro. Esto puede que fuera a eso de las 20.30h. a esta hora ordené también al leutnant Bock que parase todas las tropas que pasaran por la puerta de Brandenburgo y que las condujera a mi presencia.
El batallón mientras tanto, había sido reunido rápidamente en el jardín del Ministro. A este Ie pedí que dirigiera la palabra a mis hombres. Así lo hizo, explicando brevemente cual era la situación y fustigando con duras palabras el criminal atentado a la vida del Fuhrer, refiriéndose además a la enorme misión histórica que correspondía a esa hora al batallón «Grossdeutschland». Después del discurso del Ministro, comuniqué a mis hombres que el Führer mismo me había dado la orden de acabar con toda resistencia empleando toda clase de medios
Luego decidí que dos compañías se apostaran para la defensa del bloque de edificios de la calle del Reich, calles Wilhelmstrasse y Hermann Göring-Strasse. Una tercera compañía recibió la orden de cerrar herméticamente la comandancia y rodearla. Por otra parte el jefe de la compañía debía disponer lo necesario para que las tropas extrañas que vivaqueaban junto al Monumento del Honor se pusieran en marcha hacia donde yo me encontraba. Todas las partes del batallón que aún quedaban en el cuartel, especialmente la compañía de la Plana Mayor, recibieron también la orden de presentarse ante mí. Además me preocupé del aprovisionamiento de suficiente cantidad de municiones. En calidad de refuerzo complementario llegaron algunas tropas procedentes de la Puerta de Brandenburgo. A todos los oficiales, que ahora iban llegando incesantemente, les informaba de cuál era la situación real y les pedía que dieran parte inmediato a sus superiores.
Mi ayudante, intentó convencer a un comandante de una poderosa unidad blindada que se hallaba en el parque zoológico entre Achse y Hermann Göring-Strasse para que se pusiera en contacto conmigo, me trajo la noticia de que un coronel acababa de estar con el comandante de aquella unidad, el cual había dicho que las fuerzas blindadas tenían que reunirse, por orden del general Guderian en la plaza Fehrbelliner y que quien no obedeciera sería fusilado. AI hacerle presente que yo había sido encomendado directamente par el Führer para mantener el orden, contestó aquel coronel a mi ayudante que las fuerzas blindadas estaban única y exclusivamente a las órdenes del general Guderian.
En aquel mismo momento apareció el oberstleutnant Gehrke, antiguo comandante del Batallón «Grossdeutschland» que acababa de llegar a Berlín dirigiéndose posteriormente a casa del Ministro. Gerhrke tomó a su cargo inmediatamente la misión de establecer contacto con las fuerzas blindadas de la plaza Fehrbelliner y averiguar de qué parte estaban ya que no sabía exactamente cuál era la posición del general Guderian. Poco tiempo después, el oberstleutnant Gehrke vino a decirme que las fuerzas blindadas estaban por completo de parte del Führer.
Mientras que el oberstleutnant Gehrke estaba aclarando la situación, llamé por teléfono a Cottbus que es donde se encontraba la brigada de reserva «Grossdeutschland» y pedí que se enviaran a inmediatamente a Berlín armas pesadas, especialmente carros blindados y tanques. Más tarde llegó también un batallón que yo había retenido en Rangsdorf, pues entre tanto se había aclarado la situación.
Al teniente Schlle le di la orden de establecer contacto con nuestro puesto de guardia en el OKW (Cuartel General de la Wehrmacht) de la calle Bendlerstrasse; SchlIe pudo comprobar que en aquel edificio se encontraban algunos traidores que habían erigido allí una especie de cuartel general. AI recibir esta noticia, ordené al oberleutnant SchlIe que tomara una campañía, se dirigiera al OKW, lo cerrara y detuviese a todas las personas sospechosas. Independientemente de estas medidas, también el oberstleutnant Gehrke se dirigió al OKW, llegando allí en el preciso momento en el que se acababa de poner en libertad al general Fromm. Gehrke fue también testigo de la detención y fusilamiento de los oficiales traidores. Los fusilamientos, ordenados por el general Fromm, fueron llevados a cabo por miembros del grupo de combate de Schlle. Inmediatamente salí yo para el OKW y ordené que, junto con los hombres de las SS allí presentes, se hiciera una inspección de todo el bloque de edificios y se practicara la detención de los oficiales sospechosos. Yo mismo detuve al ayudante del general Olbricht, un teniente coronel, cuyo nombre he olvidado y que se hallaba solo y desarmado en el despacho.
A mi regreso al Ministerio de Propaganda me comunicaron la orden de que debía presentarme inmediatamente a Himmler, que entre tanto había llegado. Le comuniqué las medidas realizadas por mí, por lo cual Himmler me expresó su agradecimiento. La compañía encargada de vigilar la Comandancia me había hecho saber en el transcurso de la noche que el general van Hase y el oberstleutnant Schone habían pasado en coche por delante del edificio de la Comandancia y se encontraban ahora en ella. La compañía tenía orden expresa de no dejar salir a ninguno de los dos. Tal como me enteré más tarde, el general van Hase debía de haber ido a la Comandancia General. Una vez de regreso, eI general envió a un oficial de la compañía que cercaba la Comandancia para que me transmitiera una orden según la cual debía presentarme inmediatamente allí. No hice caso de esa orden y mandé decir al general von Hase que yo actuaba en Berlín de acuerdo al mandato directo del Führer y que dejaba a su buen criterio que se dejara acompañar por dos suboficiales de la compañía que vigilaba la Comandancia. Poco después, llegó el general ante mi acompañado de los dos suboficiales, e inmediatamente se lo anuncié al ministro Dr. Goebbels. Después de la entrevista, se le asignó un cuarto y a mí se me ordenó que debía cuidar de que permaneciera en él hasta nueva orden. En el transcurso de la noche me llamó el general para decirme si yo no podría preguntar diplomáticamente al Ministro si no existiese una posibilidad de que se le permitiese volver a su casa. No correspondí a este deseo del general van Hase, el cual posteriormente fue llevado detenido par el SD (Servicio de Seguridad).
En las primeras horas de la mañana me desplacé hasta la Comandancia para convencerme personalmente de las medidas de vigilancia adoptadas. En esta ocasión hablé con los hombres que allí se encontraban, a los que les dije que, en razón de una conferencia telefónica sostenida con el Führer, estaba autorizado a llevar a cabo tales medidas, rogándoles que conservaran la paciencia durante algún tiempo hasta que la situación estuviese aclarada. Me llamó la atención que no estuviera presente el mayor Hayassen. Entonces me enteré que durante la noche había sido detenido por orden del oberstleutnant Heise. La detención había sido llevada a cabo por el oberstleutnant Schone. El mayor Hayassen se encontraba arrestado en un cuarto de la comandancia que se le había asignado. Finalmente ordené que le vigilasen dos soldados.
Una vez de regreso a la casa del Ministro Dr. Goebbels, se había esclarecido la situación de tal forma que se podían limitar las mediadas de seguridad adoptadas.
El Ministro me ordenó que las medidas de seguridad que todavía eran necesarias debían llevarse a efecto de un modo tal que no pudieran ser notadas par la población. En consecuencia ordené que el batallón regresara al cuartel con excepción de la compañía que tenía que quedarse en el jardín de la casa del Ministro, de la que se encontraba en el OKW y de la sección de vigilancia de la Comandancia.
A eso de las 7 de la mañana me llamaron de la Comandancia a donde acababa de llegar el nuevo comandante, oberst (coronel) Manitius. Los oficiales allí presentes que no habían participado en los sucesos fueron enviados a casa; los que suscitaban sospechas por haber participado en el pronunciamiento fueron sometidos a interrogatorio. El oficial encargado de la Comandancia me comunicó que mientras se estaban realizando las medidas para establecer el cerco, el suboficial Andar había arrojado una nota desde su despacho en la que él decía haber recibido la orden -durante la noche- de quemar el contenido de una papelera en la que se hallaban trozos de papel rasgado. De los interrogatorios realizados al respecto se dedujo que se trataba de órdenes e instrucciones, así como un mapa del mayor Hayessen y del mayor Graf Schack que habían sido destruidas. Mucho me extrañó además el hecho de que el mayor von Hayessen apareciera por primera vez en la Comandancia el martes 18 y que hubiera visitado al general von Hase en su propia casa. Durante el interrogatorio realizado el 21.7.1944 me llamó extraordinariamente la atención el gran estado de nerviosismo del oberstleutnant Schone. Sus muchas y evidentes contradicciones daban una impresión bastante mala.
Firmado: Otto Remer

Nota sobre Remer:
Nació el18 de agosto de 1912 en la ciudad de Neubrandenburg/Kreis Mecklenburglitz. Ingresó en el ejército alemán en 1932 a la edad de 20 años. Participó en la campana de Polonia, Francia y los Balcanes antes de incorporarse a la División que le haría famoso, la Infanterie-Division “Grossdeutschland" como comandante del IV Batallón. En febrero de 1943 se le asignó el mando del I Batallón mecanizado de la División. Durante la cruenta batalla de Karlovy sus tropas tuvieron un papel fundamental en el contra-ataque alemán que obligó a las tropas soviéticas a replegarse hasta Belgorod. Por el valor demostrado en el combate fue condecorado con la Ritterkreuz (Cruz de Caballero) el 18 de mayo de 1943. Durante la Batalla de Kursk y Krivoi Rog dirigió con éxito a sus soldados, por lo que fue nuevamente condecorado con las Eichenlaub (Hojas de Roble) el 12 de noviembre de 1943 cuando sólo 325 soldados de todo el ejército alemán la habían recibido.
En marzo de 1944 dejó el frente para ponerse al mando del Wachbattaillon de la División Grossdeutschland en Berlín. Su batallón estaba encargado de mantener la seguridad en el llamado Distrito del Gobierno. Encontrándose en este puesto le sorprendió los sucesos del 20 de julio de 1944. El propio Hitler le ascendió directamente de Mayor (comandante) al empleo de Oberst (coronel) tras su toma de posición a favor de este ultimo.
Encumbrado por su actuación se le otorgó el mando de la Führer-Begleit-Brigade (posteriormente pasaría a convertirse en una División). La Brigada sufrió unas pérdidas considerables en el Este de Prusia. Trasladada posteriormente al oeste para participar en la ofensiva de la Ardenas, terminó rindiéndose a las tropas americanas en abril de 1945 con su jefe Otto Remer ya con las divisas de Generalmayor sobre sus hombros. Prisionero de guerra hasta 1947.
Tras su paso por la prisión, Remer fundó un partido político el “Socialist Reich Party" con el que llegó a obtener 16 asientos en el Parlamento. Prohibido en 1952, el general Remer decidió irse al exilio pasando por países como Siria y Egipto. Su defensa del régimen nacional socialista le costó 22 meses de prisión. Murió en Marbella (España) el 4 de octubre de 1997.

EL JABÓN DE JUDÍO POR MARK WEBER

Índice:
  • El jabón de judío
  • Sobre el autor

El jabón de judío
Una de las demandas del Holocausto más pavorosas y calumniosas es el cuento de que los alemanes fabricaron jabón de los cuerpos de sus víctimas. Aunque se expuso como una broma un cargo similar durante la Primera Guerra Mundial, casi inmediatamente después, se reavivó, no obstante, y se creyó extensamente durante la Segunda Guerra Mundial. Más importante, esta acusación se probó en el juicio principal de Núremberg de 1945-46, y se ha confirmado autoritariamente por numerosos historiadores desde hace décadas. En años recientes, aunque como parte de una amplia retirada de los aspectos obviamente más insostenibles del ortodoxo cuento del exterminio, historiadores del Holocausto han concedido de mala gana que el cuento del jabón humano es una propaganda de los tiempos de guerra. En su retirada, sin embargo, estos historiadores han tratado de despedir el cuento del jabón como un mero rumor de tiempos de guerra, evitando mencionar que organizaciones judías internacionales y los entonces gobiernos aliados aceptaron y sancionaron esta calumnia difamatoria.
En tiempo de guerra se rumoreaba que los alemanes fabricaban jabón de los cadáveres de judíos muertos, lo que se basó en parte en el hecho que barras de jabón fueron distribuidas por autoridades alemanas en guetos y en los campamentos con la impresión de las iniciales RIF, que muchos aficionados representan como Rein Juedisches Fett o pura grasa judía (no pareció importarles que las letras eran RIF y no RJF) Estos rumores se difundieron extensamente en 1941 y 1942, y por eso, alrededor de 1942 las autoridades alemanas en Polonia y Eslovaquia expresaban preocupación oficial acerca del impacto de la noticia.
Según una fuente polaca citada durante la guerra en un informe confidencial de inteligencia militar del ejército de los Estados Unidos, los alemanes operaban una fábrica de jabón humano en 1941, en Turek, Polonia. “Los alemanes habían llevado miles de maestros polacos, sacerdotes y judíos hasta allí y, después de extraer el suero de la sangre de sus cuerpos, los habían tirado en grandes ollas y fundido la grasa para hacer jabón”, agrega el informe de la inteligencia.
Macabros chistes del jabón judío llegaron a ser populares en los guetos y campamentos, y muchos no judíos de afuera vinieron a creer el cuento. Cuando trenes cargados con judíos deportados se detenían temporalmente en las estaciones de la ruta, reportes de los polacos dicen que les gritaban alegremente: “¡Judíos para jabón!” Igualmente, prisioneros de guerra británicos que se internaron en Auschwitz en 1944, testificaron más tarde que durante la guerra se rumorea de que se llegaban a hacer jabón con los cadáveres de las víctimas allí gaseadas.
A pesar de su inherente carácter no creíble, el cuento del jabón llegó a ser un rasgo importante de propaganda de la guerra judía y aliada. El rabí Stephen S. Wise, que durante la guerra encabeza el Congreso Mundial Judío y el Congreso Americano Judío, públicamente declaró en noviembre de 1942 que los cadáveres de judíos eran “procesados en artículos de guerra tales como jabón, grasa y fertilizante” por los alemanes. Más tarde, anunció que los alemanes estaban “exhumando igualmente a los muertos por el valor de los cadáveres”, y que “pagaban 50 marcos por cada cuerpo.” A fines de 1942, durante la semana del congreso, el Congreso Judío Americano publicó editoriales diciendo que los alemanes convertían a los judíos “por métodos científicos de disolución en fertilizante, jabón y cola.” Un artículo en la misma emisión informó también que deportados judíos de Francia y Holanda eran procesados “en jabón, cola y aceite para trenes” en por lo menos dos fábricas especiales de Alemania. Típico de muchas otras publicaciones periódicas americanas, el influyente New Republic informó a principios de 1943 que los alemanes “estaban usando los cuerpos de sus víctimas judías para hacer jabón y fertilizante en una fábrica de Siedlce.” Durante junio y julio de 1943, dos representantes prominentes del Comité Judaico Anti-fascista, con sede en Moscú, recorrió los Estados Unidos y reunió más de 2 millones de dólares para la fuerza soviética en una serie de reuniones en masa. En cada una de estas reuniones, el jefe judeo-soviético Solomon Mikhoels mostró a la muchedumbre una barra de jabón que dijo estaba hecha de cadáveres judíos.
Después de la guerra, al cuento del jabón se le dio una importante legitimidad en el juicio de Núremberg. L.N. Smirnov, principal consultor de la Justicia por la Unión Soviética, declaró en el tribunal: “La misma base que racionalizó en las mentes de los SS técnicas que crearon las cámaras del gas y el carro de carga para asesinatos, empezó a inventar tales métodos de aniquilación completa de cuerpos humanos, que no sólo harían ocultar los rastros de sus crímenes, sino que también servían en la industria de productos seguros. En el Instituto Anatómico de Danzig, experimentos semiindustriales sobre la producción de jabón de cuerpos humanos se llevaron a cabo, así como el curte de piel humana para propósitos industriales.” Smirnov citó una larga declaración jurada por Sigmund Mazur, un empleado del instituto, la que se aceptó en Núremberg (Documento USSR-197) Alegaba éste que el Dr. Rudolf Spanner, jefe del Instituto Anatómico de Danzig había ordenado la producción de jabón de cadáveres en 1943. Según la declaración jurada de Mazur, las funciones del Dr. Spanner eran de interés de alta clasificación jerárquica para los oficiales alemanes. El ministro de Educación, Bernhard Rust, y el jefe de Salud, el Dr. Leonard Conti, así como profesores de otros institutos médicos, dieron testimonio en favor de Spanner. Mazur también alegó haber usado el jabón humano para lavarse a sí mismo y para lavar ropa.
Una receta del jabón humano, según se alega, fue preparada por el Dr. Spanner (Documento USSR-196), y también fue presentada como prueba. Finalmente, una muestra de lo que supuestamente era un pedazo de jabón humano se presentó en el tribunal de Núremberg como exhibición (Documento USSR-393) Al cierre del tribunal, el jefe de los fiscales, el británico Sir Hartley Shawcross, replicó a su colega soviético: “Se usó jabón de los cuerpos de las víctimas por la escasez de los tiempos de guerra.” Y en su juicio conclusivo, el tribunal de Núremberg decidió que “se hicieron intentos para utilizar la grasa de los cuerpos de las víctimas en la fabricación comercial de jabón.” Vale hacer notar que aquí, que la evidencia presentada en el tribunal de Núremberg, en lo que respecta a los jabones, no era menos sustancial que la evidencia presentada por las demandas de exterminio en masa en las cámaras de gas. Aunque por lo menos en el primer caso una muestra real de jabón supuestamente hecho de cadáveres se sometió a evidencia.
Después de la guerra, supuestas víctimas del Holocausto fueron solemnemente enterradas, en la forma de barras del jabón, en cementerios judíos. En 1948, por ejemplo, cuatro barras como aquellas se envolvieron en una mortaja de entierro ceremonial y, según el ritual religioso judío, se las sepultó en el cementerio de Haifa, en Israel. Otras barras de jabón judío se han exhibido como austeras reliquias del Holocausto en el Instituto Histórico Judío de Varsovia, el Museo Stutthof de Danzig, el Instituto Yivo de Nueva York, el Museo del Holocausto en Filadelfia, el Centro del Holocausto Judío en Melbourne (Australia), y en varias localidades de Israel.
Numerosos judíos que vivieron en guetos y campos alemanes durante la guerra ayudaron a mantener vivo el cuento del jabón durante muchos años después. Ben Edelbaum, por ejemplo, escribió en su Memoria sobre el Holocausto, de 1980: “A menudo, con nuestras raciones en los guetos, los alemanes habían incluido una barra de jabón marcada con hierro con iniciales RJF, que vino a conocerse como jabón RIF. No sería hasta que la guerra había acabado que supimos la terrible verdad sobre la barra de jabón. Nosotros sabíamos en el gueto que por cada barra de jabón RIF se había acordado un entierro judío sagrado en el cementerio de Marysin. Cuando esto ocurría, éramos completamente ignorantes de su origen y también de que usábamos los huesos y la carne de nuestros seres queridos asesinados al lavar nuestros cuerpos.” Nesse Godin fue transferido de un gueto judío en Lituania al campo de concentración de Stutthof en la primavera de 1944. En una entrevista de 1983, habló de su llegada allí: “Ese día nos dieron una ducha y un pedazo de jabón. Después de la guerra nos enteramos que el jabón se hizo de pura grasa judía, según sus iniciales. Por todo esto, a veces creo que ha de haber un poco de la grasa de mi padre en el jabón con el que me lavé. ¿Cómo piensa que me pongo cuando pienso eso?” Mel Mermelstein, el preso de Auschwitz que con anterioridad había aparecido en abril de 1991 en la sensacionalista película del televisión por cable Never forget (y quien demandó al Instituto de Revisión Histórica y a otros tres, demandándolos por 11 millones de dólares), declaró en un 1981 bajo juramento que él y otros presos del campamento usaron barras del jabón hechas de grasa humana. Era un “hecho establecido”, insistió, que el jabón con el que lavó se hizo de cuerpos judíos.
El renombrado caza-nazis Simon Wiesenthal repitió el cuento del jabón en una serie de artículos publicados en 1946 en el periódico austríaco de la comunidad judía Der Neue Weg. En el primero de estos escribió: “Durante las últimas semanas de marzo el Romanian Press informó una extraña noticia: que en la pequeña ciudad romana de Folticeni se enterraron veinte cajas de jabón en el cementerio judío con ceremonia y ritos de entierro completos. Se había hallado este jabón recientemente en un depósito del anterior ejército alemán. En las cajas estaban las iniciales RIF. La envoltura empapelada reveló con objetividad completamente cínica que este jabón se fabricó con cuerpos de judíos. Sorprendentemente, la totalidad de los alemanes se olvidaron de describir si se produjo el jabón de niños, muchachas, hombres o personas mayores.” Wiesenthal sigue: “Después de 1942, personal de la gobernación general (Polonia) sabían bien lo que el jabón RIF significaba. El mundo civilizado no creería la alegría con que los nazis y sus mujeres en la gobernación general pensaban sobre este jabón.
En cada pedazo de jabón veían un judío que había sido mágicamente puesto allí, y se habría impedido así la aparición de un segundo Freud, Ehrlich o Einstein.” En otro artículo observaba: “La producción de jabón de grasa humana es así increíble, y era para algunos de los que estaban en campos de concentración un hallazgo difícil de comprender.” Con el paso de los años, numerosos de los supuestamente honrados historiadores han promovido el cuento del jabón. El periodista e historiador William L. Shirer, por ejemplo, lo repitió en su best-seller, El auge y caída del III Reich
El principal propagandista de guerra soviético, Ilya Ehrenburg, escribió en su memoria de posguerra: “He tenido en mi mano una torta de jabón estampado con la leyenda: grasa pura judía, preparada de los cadáveres de personas a quienes se habían destruido. Pero nadie necesita hablar de estas cosas: ya se han escrito cientos de libros acerca de ellos.” Una historia normal estudiada en los libros de textos en uso en escuelas secundarias de Canadá, El siglo XX, dice a los estudiantes que los alemanes habían hervido los cadáveres de sus víctimas judías para hacer jabón. La anatomía del nazismo, un librito publicado y distribuido por la Liga Anti-Difamatoria sionista de la B'nai B'rith, declaró: “El proceso de brutalización no acabó con los asesinatos en masa. Se fabricaron enormes cantidades de jabón de los cadáveres de esos asesinados.” En 1981, un detallado trabajo, Los campos de la muerte de Hitler, repitió el cuento del jabón con detalles pavorosos. Mientras nota que “unos historiadores alegan que la fábrica nazi de jabón de grasa humana es sólo un rumor austero”, el autor, Konnilyn Feig, no obstante, acepta el cuento porque “más escuelas de la Europa del este... aceptan las historias del jabón, y otros tipos de barras hechas de humanos se encuentran en Europa oriental, pues he visto muchas en estos años.” El rabí de Nueva York, Arthur Schneier, repitió el cuento a la ceremonia de apertura de la reunión del Holocausto más grande de la Historia. En su invocación a la recolección americana de sobrevivientes del Holocausto judío, que tuvo lugar en Washington en abril de 1983, el rabí declaró solemnemente: “Recordamos las barras de jabón con los iniciales RJF (grasa pura judía), hecha de los cuerpos de nuestros seres queridos.” A pesar de todo hay una evidencia impresionante frente al cargo de que los alemanes fabricaron jabón de seres humanos, y se demuestra así que es una falsedad, como algunos historiadores del Holocausto ahora lo reconocen. La barra de jabón RIF, con iniciales que supuestamente significan grasa pura judía realmente indicaban nada más siniestro que Reichsstelle für Industrielle Fettversorgung, o Centro de Provisión del Reich de Grasa Industrial, una agencia alemana responsable de la producción y distribución de jabón y productos de lavado durante la guerra. El jabón RIF era un sustituto de pobre calidad, que no contuvo nada de grasa, ni humano ni de otro origen.
Poco después de la guerra, la oficina del fiscal público de Flensburg, Alemania, comenzó sus procedimientos legales contra el Dr. Rudolf Spanner por su alegado papel en la producción de jabón humano en el Instituto Anatómico de Danzig. Pero después de una investigación, se dejó caer el cargo calladamente. En una carta de enero de 1968, la oficina declaró que su interrogatorio había determinado que en el Instituto de Anatomía de Danzig, durante la guerra, nunca se hizo jabón de cadáveres humanos.
Más recientemente, el historiador judío Walter Laqueur negó la historia establecida al reconocer en su libro de 1980, El secreto terrible, que el cuento del jabón humano no tiene ninguna base en la realidad. Gitta Sereny, otro historiador judío, escribe en su libro En esa oscuridad: “El universalmente aceptado cuento de que se usaron cadáveres para hacer jabón y fertilizante es finalmente refutada por la muy fiable autoridad central de Ludwigsburg para la investigación de los crímenes nazis.” Deborah Lipstadt, una profesora de la historia moderna judía, semejantemente volvió a escribir la historia cuando confirmó en 1981: “Es un hecho que los nazis nunca usaron los cuerpos de los judíos, y el de ningún otro, para la producción de jabón.” En abril de 1990, el profesor Yehuda Bauer de la Universidad Hebrea de Israel, observó como uno de los principales historiadores del Holocausto, tan conocido como Shmuel Krakowski, director de los archivos del Centro del Holocausto Yad Vashem, de Israel, aseguraba que el cuento del jabón humano no era verdadero. “Presos de los campos fueron preparados para creer cualquier cuento de horror acerca de sus persecutores”, dijo Bauer. Al mismo tiempo, sin embargo, él tenía el chutzpah para censurar la leyenda de los nazis.
De hecho, el reproche por el cuento del jabón queda más bien con individuos como Simon Wiesenthal y Stephen Wise, organizaciones como el Congreso Mundial Judío, y los victoriosos poderes aliados, ninguno de los cuales se ha disculpado alguna vez por promover esta vil falsedad.
¿Qué cosa haría que Bauer y Krakowski decidieran que es éste el tiempo apropiado para abandonar oficialmente el cuento del jabón? Krakowski mismo da indirectas de que una gran parte de la motivación por esta retirada táctica ha estado en preservar las mentiras sobre un Holocausto que se hunde, enviando a tirar por la borda las falsedades más evidentes. Ante el creciente desafío revisionista, las falsedades más fáciles de comprobar como tales, como las historias del jabón, han llegado a ser puntos peligrosos porque levantan dudas acerca de la totalidad de la leyenda del Holocausto. Como Krakowski lo estableció: “Los historiadores han concluido que ese jabón no se hizo de grasa humana. Mientras muchas personas niegan que el Holocausto alguna vez ocurrió, ¿por qué darles entonces algo para usar en contra de la verdad?” La mala fe de los fabricantes de esta calculada y tardía concesión es mostrada por su fracaso al notar que el mito del jabón era autoritariamente confirmado en Núremberg, y por su falta de disposición para tratar las implicaciones de esa confirmación para la credibilidad del tribunal y de otras autoridades supuestamente fidedignas para establecer otros aspectos más fundamentales del cuento del Holocausto.
El contraste llamativo entre el sugerido repudio de la posguerra por el gobierno británico del infame fraude del jabón humano de la Primera Guerra Mundial, y la manera en que un cuento semejante de la propaganda, en la Segunda Guerra Mundial, se validó oficialmente sin base por los victoriosos poderes aliados, y entonces autoritariamente se mantuvo por muchos años, no sólo demuestra la falta de integridad de parte de muchos historiadores occidentales, sino que destaca la declinación general de las normas éticas occidentales de nuestro siglo.
El cuento del jabón humano demuestra nuevamente el impacto tremendo de un rumor de tiempos bélicos, por fantástico que sea, pudiendo llegar en algún momento a tomar validez, especialmente cuando se disemina como una propaganda por individuos influyentes y organizaciones poderosas. Es así como muchas inteligentes y reflexivas personas alguna vez pueden haber llegado a creer seriamente que los alemanes distribuyeron desvergonzadamente barras de jabón etiquetada con notas indicando que se fabricaron de cadáveres judíos, demostrando cómo realmente las fábulas del Holocausto más absurdas pueden ser - y son - aceptadas como un hecho.

Sobre el autor:

Mark Weber es editor de The Journal of Historical Review, publicado en seis ediciones anuales por el Instituto de Revisión Histórica. Estudió Historia en la Universidad de Illinois, en la Universidad de Múnich, en la Universidad Estatal de Portland, y en la Universidad de Indiana.
Durante cinco días, en marzo de 1988, testificó como un reconocido experto sobre la Solución Final y debatió calurosamente sobre el Holocausto en un caso de la corte distrital de Toronto.
También es autor de muchos artículos publicados, repasos y ensayos en aspectos varios de la historia moderna europea
El cuento del jabón humano demuestra nuevamente el impacto tremendo de un rumor de tiempos bélicos, por fantástico que sea, pudiendo llegar en algún momento a tomar validez, especialmente cuando se disemina como una propaganda por individuos influyentes y organizaciones poderosas.”
(Mark Weber)

LA VENTA DE NACIONALIDADES: UN NUEVO MERCADO DEMOCRATICO

En la democracia progresista no hay nacionalidad más que por el pasaporte, así que es razonable para esos usureros y progresistas poner en venta la nacionalidad.
Para los progresistas la idea es darla a todo el que la pida, millones de negros y asiáticos la logran con la condescendencia del progresismo democrático (animado por el sionismo, que en cambio no la ofrecen en absoluto en Israel, ¡hipócritas! )
Para el capitalismo es mejor vender la nacionalidad, y así han establecido en casi todos los países una descarada venta de nacionalidad:

Chipre: para acceder a la ciudadanía hay que desembolsar al menos 5 millones de euros en la adquisición de inmuebles manteniendo la inversión un plazo mínimo de tres años .
España: se otorgan permisos de residencia a quienes compren inmuebles por valor de al menos 500.000 euros o inviertan dos millones de euros en bonos del Estado a cinco años como mínimo o un millón en títulos de empresas españolas, que también pueden ser depositados en un banco.
Irlanda: Inversiones en inmuebles, la cantidad mínima que se exige son 500.000 euros, a los que habría que añadir la misma cantidad en deuda irlandesa .
Italia: Da un visado de residencia selectiva con una duración de cinco años renovable, y luego la nacionalidad a quien invierta en productos inmobiliarios italianos.
Letonia: para obtener el permiso de residencia una de las opciones es adquirir uno o varios inmuebles valorados en entre 70.000 y 140.000 euros en función de la región e invertir al menos 280.000 euros en una institución crediticia del país.
Holanda: desde 2013 hay que invertir 1,25 millones de euros en la economía local para conseguir un visado permanente.
Malta: aprobó una ley que ofrece la ciudadanía a los extranjeros que paguen más de 650.000 euros. Los familiares del aspirante pagaran de 18.000 a 50.000 euros. No se trata de inversiones sino simplemente de la venta de la nacionalidad.
Portugal: desde el año 2013 invertir 500.000 de euros en bienes inmobiliarios en Portugal o un millón en la economía del pais o montar un negocio que genere al menos 30 empleos se recompensa con un permiso de residencia de un año prorrogable. La nacionalidad se otorga al cabo de seis años. Según las reglas, el plazo obligatorio de estancia en el país es solo de siete días al año el primer año y de 14 días el segundo.
Reino Unido: Para obtener la ciudadanía británica bastaría con un millón de Libras a invertir en la economía, inmuebles o depósitos en un banco británico. Cumplidas estas condiciones, el inversor y su familia obtienen el derecho a vivir y trabajar en el país. Al cabo de cinco años se les otorga una cedula de vecindad y al cabo de otro año la nacionalidad.
. USA: Para obtener la 'green card' o permiso de residencia, en EE.UU., hay que invertir al menos medio millón de dólares en la creación de una empresa y crear 10 puestos de trabajo legales.
. Canadá: Para convertirse en canadiense hay que demostrar experiencia empresarial, disponer de al menos 1,6 millones de dólares canadienses e invertir 800.000 en la economía del país.