lunes, 7 de enero de 2019

Las últimas horas de Europa

"También las niñas son violadas en repetidas ocasiones por diez, veinte soldados hasta que mueren desangradas. Ante un enemigo tan sumamente despiadado, toda vileza, toda retirada es un crimen intolerable" .

La editorial Settimo Sigillo ha vuelto a publicar hace poco el texto de Romualdi, considerado por muchos su obra más sugestiva, publicada de forma póstuma en 1976 por Ciarrapico. El texto en cuestión podría resultar en cierto modo "fuera del tiempo", en el sentido de que trata un tema ciertamente poco actual e interesa a un restringido círculo de lectores. Muy probablemente, no obstante, el escrito de Adriano es hoy todavía actual, en sustancia por dos motivos: el ejemplo de valentía, abnegación y heroísmo que cada una de las páginas de Las últimas horas de Europa irradia, valores que en la Europa de hoy se han perdido y que sólo ejemplos extraordinarios pueden volver a despertar. En segundo lugar, la obra que queremos reseñar nos permite recordar, para todos aquellos que muestran algún tipo de simpatía hacia los Estados Unidos, que quienes hoy atacan Irak brutalmente, ayer destruyeron Hamburgo y Dresde y aniquilaron la civilización europea para sustituirla poco a poco con el american way of life. La sumisión europea nace de la derrota bélica de la segunda guerra mundial, no lo olvidemos.

Cada página del libro en cuestión transmite valores eternos, las palabras se suceden como ráfagas de ametralladora, una rabia latente nos permite captar hasta qué punto el tema abordado era sentido por el Autor. Se puede leer en la introducción una cita según la cual una historiografí a de Derecha, entendiendo con tal término filo-fascista o filo-nacionalsocial ista, resulta imposible. Y bien, Adriano Romualdi, coherente con sus ideas, creador poderoso de una prosa fervorosa de sentimientos y dolores, ha desbaratado tal mito antes y mejor que nadie. Un precursor y un ejemplo de coherencia inquebrantable reforzada por una escritura evocadora.

Porque de esto se trata, Las últimas horas de Europa representa una evocación de fuerza guerrera, de amor por la propia tierra y, de forma más general, de un espíritu que vive por encima de los hombres y que en algunos de estos se manifiesta. Cómo no pensar en Degrelle, combatiente imperturbable en el Frente del Este que debió enfrentarse en aplastante inferioridad a las tropas del Ejército Rojo; o en el final orgulloso y valiente de Drieu La Rochelle en una Francia "liberada" a base de torturas y masacres o, todavía, en la resistencia de Budapest, por cuya salvación murieron a millares alemanes y los húngaros de Szalasi, en el sacrificio de las Hitlerjugend en el fuego de Berlín y, finalmente, en la muerte de Adolf Hitler, fiel a su pueblo hasta la muerte, desesperado por una derrota que no fue sólo la derrota de la Alemania nacionalsocialista, sino de toda Europa.

Las dramáticas últimas horas vividas en el frente del Este y en el frente Occidental, y finalmente la trágica batalla de Berlín, en la que incluso las mujeres ofrecieron resistencia al invasor soviético, sabiendo perfectamente qué las esperaba en el caso de que fuesen capturadas con vida. Los dos últimos años de guerra escritos con tal pasión y elegancia que consideramos un deber tener un libro como este, ya que es un homenaje de los más hermosos a nuestros Caídos.

Sería inútil extenderse en el relato de acontecimientos que todos conocemos, sobre todo porque tratar de resumir un texto como este al que estamos refiriéndonos significaría privarlo de la carga evocativa que transmite desde la primera lectura. Desde las primeras páginas del libro, desde el capítulo Finis Europae, se respira un aire familiar, se comprende que se tiene entre las manos una obra que quiere ser tributo a quien se sacrificó para que Europa conociese un Orden Nuevo, que no fuese el que los vencedores de entonces quieren imponernos hoy. Durante toda la lectura, que no es otra cosa que un viaje al heroísmo más trágico y glorioso, resuenan en nuestros oídos las palabras del refinado intelectual hebreo Ilija Ehrenburg, dirigidas a los soldados del Ejército Rojo: " ¡Apresad a las mujeres alemanas, humillad su orgullo racial!". Palabras que se convirtieron en praxis en todos los pueblos, ciudades y regiones conquistadas por los soviéticos. Y ante las masacres gratuitas, brutales y viles cometidas por las tropas bolcheviques cómo no horrorizarse, cómo no comprender los más profundos motivos que empujaron a los hombres alemanes a resistir la invasión roja hasta el último hombre. Y al mismo tiempo, cómo no sentir orgullo y un respeto reverencial ante la abnegación pura de todos aquellos combatientes fascistas y nacionalsocialistas de Europa que murieron por la salvación, aunque sólo fuese por alguna hora más de vida antes de la catástrofe, de la propia tierra y de la propia gente.

No murieron solos aquellos soldados de Europa, héroes de la última Europa, que cayeron defendiendo el Honor de un continente violado. Murieron como héroes, casi renunciando a su humanidad, cayeron no como individuos, sino como cae todo un continente, una masa portentosa de sangre y acero. Estuvo sola Europa cuando murió, como una mujer violada varias veces y asesinada después de crueles torturas, como las miles de mujeres violadas y torturadas por las hordas del Este. Entre los escombros de una Europa destruida, de la que no quedó más que un Bunker, aquel Bunker, defendido heroicamente por soldados de otros países en el nombre de una civilización que todavía podía tener la esperanza de volver a su vitalidad, en una época en que Occidente no significaba USA, sino Europa. Un grito recorre nuestras venas cortándonos la respiración ante la grandeza incomparable del heroísmo de los muchos combatientes europeos cuyas gestas grandiosas Adriano Romualdi nos ha recordado.


Francesco Boco

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