miércoles, 9 de enero de 2019

Los medios de la Revolución

La fuerza no tiene resultados durade­ros sino cuando está al servicio de una idea
 
¿Es posible, por el empleo de la fuerza bruta, luchar contra ideas filosóficas? Refle­xionando sobre casos análogos que
nos pro­porciona la historia, en particular cuando se trata de cuestiones religiosas, se llega a la no­ción fundamental siguiente:
Las teorías y las ideas filosóficas, como todos los movimientos engendrados por tendencias espirituales, ya sean fundadas en la verdad o en el error, no pueden ya, a partir de un momento determinado, ser aniquilados por la fuerza ma­terial sino con una condición: es menester que esta fuerza material esté al servicio de una idea o teoría filosófica nueva, encendiendo una nue­va antorcha.
La fuerza física empleada sola, sin la ayuda de una fuerza moral apoyada en una concep­ción espiritual, no puede jamás destruir una idea ni detener su propagación, salvo si se recu­rre a un implacable exterminio de los últimos partidarios de esta idea y a la destrucción de las últimas tradiciones. Se llega entonces, en la mayoría de los casos a borrar el Estado en cuestión, del número de potencias políticamen­te fuertes por un periodo indefinido, a menudo para siempre; semejante sangría ataca, como lo prueba la experiencia, la parte mejor de la po­blación. En efecto, toda persecución que no tiene fundamento espiritual parece moralmente in­justa y obra como un azote en los mejores elemen­tos de un pueblo; y este protesta apegándose más a la tendencia espiritual perseguida. En numero­sos individuos, esta protesta traduce simplemente su repulsión de ver a la fuerza bruta tratar de des­truir una idea.
Así, el número de partidarios convencidos au­menta en la medida misma en que se acrecienta la persecución. De modo que una concepción filosó­fica no podrá ser destruida sino por el exterminio progresivo y completo de todos los individuos de verdadero valor. Pero éstos se encuentran venga­dos, en el caso de una depuración "interior" com­pleta, por la impotencia general a que se ve enton­ces reducido el país. En cambio, un método seme­jante está de antemano condenado a la ineficacia cuando la doctrina combatida ha franqueado los límites de un pequeño circulo.
Por eso, cuando se trata de la vida de las doc­trinas, como en todos los crecimientos, la infancia está expuesta a la posibilidad de una destrucción rápida; mientras que con los años la fuerza de re­sistencia aumenta para ceder el lugar, cuando se acerca la debilidad senil, a una nueva juventud. La experiencia prueba que casi todas las tentativas que se han hecho para destruir, sin la ayuda de un fundamento espiritual, una doctrina y las diversas organizaciones que de ella han nacido, han llegado a un fracaso, y muchas veces han terminado de una manera enteramente contraria a la que se de­seaba, y por la razón siguiente: la primera de todas las condiciones, cuando se adopta la sola fuerza como arma de combate, es siempre la perseverancia. El triunfo está únicamente condicionado por la aplicación prolongada y constante de los métodos de ahogamiento de una doctrina. Pero, si la fuerza llega a alternar con la indulgencia, la doctrina que se quiere aplastar no sólo recobrará constantemen­ te su vigor, sino que además podrá obtener nuevas ventajas de cada persecución, cuando, después de pasada semejante ola de represión, la rebelión con­tra los sufrimientos experimentados de nuevos adeptos a la vieja doctrina, convenza a los antiguos a adherirse a ella con una obstinación mayor y, por ultimo, una vez pasado el peligro, haga volver a los tránsfugas a sus primeras convicciones.
Únicamente en la aplicación perpetua y uni­forme de la violencia es donde reside la condición primera del triunfo. Pero esta obstinación no puede ser sino la consecuencia de una convicción espiritual precisa. Una violencia que no ha nacido de una sólida creencia espiritual será vacilante y poco segura. Le falta la estabilidad que sólo puede reposar en concepciones filosóficas marcadas de fanatismo. En ella se expresa la perseverancia enérgica y la resolución brutal de un solo  indi­viduo; pero depende, por otra parte, del cambio de las personalidades, de su naturaleza y de su poten­cia.
 
Fracaso de los movimientos antimarxistas puramente negativos
 
Toda doctrina filosófica, sea religiosa o políti­ca, a menudo es difícil trazar una frontera entre ambas, combate menos por destruir las teorías ad­versas -lo cual es únicamente negativo- que por imponer de una manera positiva las suyas propias. Así su lucha es menos una defensa que un ataque. Le es, pues, conveniente perseguir un fin bien de­terminado que no es otro que la victoria de sus propias ideas, antes que buscar un fin negativo, en este caso la destrucción de la doctrina enemiga, lo cual es bien difícil decidir cuando se ha logrado. Por esta sola razón, el ataque fundado en una doc­trina filosófica será mas racional, y también más poderoso que la acción defensiva de esta última pues, en suma, aquí también, es el ataque lo que decide, y no la defensa. Y la lucha por la fuerza contra una potencia espiritual presenta un carácter defensivo mientras la espada misma no se presen­te como portadora, anunciadora y preparadora de una nueva doctrina espiritual.
En resumen comprobamos esto:
Toda tentativa de combatir con la fuerza material un sistema de orden moral termina por fraca­sar a menos que la lucha tome la forma de un ata­que en favor de una nueva concepción espiritual. Solamente cuando se enfrentan dos doctrinas filosóficas es cuando la fuerza bruta, empleada con obstinación y de una manera implacable, puede inclinar la decisión en favor del partido que ella apoya.
Por eso, la lucha contra el marxismo ha fraca­sado siempre.
Esta fue también la razón por la cual la legislación de Bismarck contra los socialistas terminó siempre, a pesar de todo, por ser ineficaz -tenia que ser así-. Lo que faltaba era el trampolín de una nueva doctri­na filosófica para, cuyo triunfo debiera haberse diri­gido la lucha. Pues, para imaginarse que las charla­tanerías sobre "la autoridad del Estado" o "la tran­quilidad y el orden" pudieran dar a los espíritus el impulso necesario para una lucha por la vida y la muerte, se necesitaba la legendaria sabiduría de los altos funcionarios ministeriales. ..
¿Qué se iba a dar como alimento a las masas, en el supuesto de que el marxismo pudiera ser destrui­do? No existía ningún movimiento de opinión del cual se pudiera esperar que lograra enrolar entre sus partidarios a los numerosos grupos de obreros que mas o menos habían perdido a sus jefes. Es una locura y una estupidez imaginarse que un interna­cionalista fanático, después de haber abandonado el partido de la lucha de clases, iría a enrolarse inme­diatamente en un partido burgués, es decir, en una nueva organización de clase. Por desagradable que esto pueda parecer a las diversas organizaciones, no se puede, sin embargo, negar que, para un gran numero de politiqueros burgueses, la distancia que separa a las clases, les parecerá muy natural mien­tras no comience a perjudicarlos. ..
Es muy posible que en 1914 se pensara en una lucha contra el marxismo; pero se puede dudar que esa actitud hubiera tenido alguna probabilidad de durar a causa de la falta de lo que podía práctica­mente remplazarlo.
 
La Conquista del Pueblo.
Un partido nacional debe primeramente conquistar a los trabajadores
 
Para nacionalizar a las masas, es menester seguir una serie de obligaciones.
Para hacer que la masa se adhiera a un pro­grama de restablecimiento nacional, ningún sacrifi­cio es demasiado grande.
Cualesquiera que sean las concesiones de or­den económico que se hagan incesantemente a los obreros, ¿se puede verdaderamente compararlas con el beneficio obtenido por la nación entera, si ellas sirvieran para reintegrar las grandes capas po­pulares a la sociedad de que forman parte? Sola­mente los espíritus miopes y limitados pueden des­conocer que, a la larga, ningún desarrollo econó­mico será posible ni provechoso mientras no se ha­ya restablecido una profunda solidaridad entre el pueblo y la nación.
Si, durante la guerra, los sindicatos hubieran protegido con ardor los intereses de los trabajado­res; si, aunque se estaba en guerra, ellos mismos hubieran impuesto mil veces, mediante la huelga, a los empresarios ávidos de dividendos, la acepta­ción de todas las reivindicaciones de los obreros a quienes oprimían; si hubiesen proclamado con el mismo fanatismo su culto por la idea alemana y proseguido la obra de defensa nacional; si hubie­sen, con un ardor llevado hasta el paroxismo, dado a la patria lo que necesitaba la guerra no se habría perdido. ¡Que insignificantes habrían sido enton­ces las concesiones económicas, incluso las mayores, en comparación con la importancia de la victo­ria!.
La educación nacional de la masa no se puede realizar sino indirectamente, gracias al restableci­miento social; en efecto, no hay más que este me­dio para obtener una base económica que permita a cada cual aprovechar los bienes culturales de la nación.
La nacionalizació n de la masa no puede, en nin­gún caso, lograrse con medidas insuficientes o un apostolado tímido. Hay que concentrar estos es­fuerzos y llevarlos con fanatismo hasta el fin que se ha decidido conseguir...
El veneno no es vencido sino por el contrave­neno, y solo los insulsos burgueses pueden imagi­nar que procedimientos de justo medio los con­ducirá al reino de los cielos.
La gran masa de un pueblo no esta formada por profesores ni de diplomáticos. No comprenden mu­cho las ideas abstractas. En cambio, se las cogerá más fácilmente apelando a los sentimientos que dominan los resortes secretos de sus reacciones, ya sean positivas, o negativas. Por lo demás, no reac­ciona bien, sino cuando se trata de una fuerza orientada claramente en una dirección o en la di­rección opuesta, jamás si se trata de una medida to­mada a medias y vacilante.
Sólo se puede conquistar el alma del pueblo si, junto con luchar por alcanzar el fin que nos hemos propuesto, velamos por destruir todo enemigo que trate de obstruirnos el camino. En todo tiempo, el pueblo. ha pensado que aquél que atacaba sin pie­dad a sus adversarios daba pruebas de su buen de­recho; para él, renunciar a destruir a sus enemigos es dudar de este buen derecho, y aun negar su existencia.
Todos los grandes problemas de nuestro tiempo son problemas de actualidad, son las consecuencias de causas determinadas.
Entre todas estas causas, hay una que ofrece, sin embargo importancia primordial: la del manteni­miento de la integridad de la raza en el organismo social. Sólo en la sangre reside la fuerza o la de­bilidad del hombre...
Hacer entrar en una comunidad nacional la gran masa de nuestro pueblo que está hoy en el campo del internacionalismo no obliga a renunciar a la idea de que cada cual defienda los legítimos inte­reses de la gente de su condición. Todos estos in­tereses particulares a las diferentes condiciones o profesiones no necesitan en modo alguno una se­paración de las clases: no hay que ver en estos fe­nómenos sino las consecuencias normales de las diferentes formas de nuestra vida económica.
La incorporación de una categoría social que ha llegado a convertirse en una clase, en la comuni­dad popular, no debe obtenerse rebajando las cla­ses superiores, sino elevando el nivel de las clases inferiores.
Un movimiento que se propone semejante fin deberá buscar sus adherentes primeramente en el campo de los trabajadores. No debe dirigirse a la clase de los intelectuales sino cuando verdadera­mente ésta haya comprendido bien el objeto que se persigue. La amplitud de este movimiento de transformaciones y acercamiento de las clases no es una cuestión de diez o veinte años; la experien­cia hace pensar que abarcará numerosas genera­ciones. ..
Un movimiento que tiene por objeto volver por medios honorables al obrero alemán al seno de su pueblo y arrancarlo a la utopía internacionalista, debe atacar ante todo, con la mayor energía, ciertas concepciones que circulan en los medios patronales. Primeramente ésta, una vez entrado en la co­munidad nacional, el obrero perdería, desde el pun­to de vista económico, sus medios de defensa con­tra su empleador; en segunda, que la más leve ten­tativa de defensa de los intereses económicos vita­les, incluso los mas legítimos , de los obreros es un ataque contra los intereses de la colectividad.
Sin duda un obrero falta al espíritu de sana co­lectividad popular digna de este nombre cuando, sin preocuparse del bien público y del manteni­miento de la fuerza económica nacional, se dedica a reivindicaciones excesivas. Pero un empresario no lesiona menos esta comunidad si, por una ex­plotación inhumana y verdaderas extorsiones, hace uso pernicioso de la fuerza de trabajo de la nación y, sin más conciencia que un usurero, se atribuye millones ganados por sudor de sus obreros.
El depósito en que nuestro movimiento alimentarse primeramente será, pues, la masa de nuestros obreros. Esta masa, hay que sustraerla a la utopía internacionalista, a su miseria social, sacarla de su pobreza intelectual para hacer de ella una parte in­tegrante de nuestra comunidad nacional, parte de­cidida, valerosa, animada de sentimientos naciona­les.
 
Es inútil atraer hacia sí el rebaño electoral burgués
 
Si en los medios nacionales ilustrados se en­cuentran hombres apasionadamente adictos a su pueblo y a su porvenir, si han adquirido conciencia de la importancia de la lucha cuyo objeto es el al­ma de esa masa, esos hombres serán bienvenidos a nuestras filas. Nos serán útiles para conseguir la armazón espiritual de nuestro movimiento. Dicho esto, no tratamos de atraer al rebaño electoral bur­gués; pues tomaríamos a nuestro cargo, una masa que más bien apartaría de nosotros capas sociales mucho más vastas.
Ciertamente, es muy hermoso en teoría querer reunir, en el seno de un mismo movimiento el ma­yor número posible de individuos tanto de arriba como de abajo. Pero no hay que olvidar esto: Qui­zás es posible ejercer sobre la clase burguesa una influencia intelectual suficiente para inculcarle opiniones nuevas y aun una sana comprensión de las cosas; pero no se puede esperar hacer desapare­cer características o, por decir mejor, imperfeccio­nes cuyo origen y cuyo desarrollo datan de varios siglos. Por último, no tratamos de cambiar los espí­ritus en un campo ya nacional; queremos atraer a nosotros al campo de los antinacionales.
Este punto de vista debe orientar toda la táctica del movimiento.
Esta posición unilateral, por esto mismo muy clara, debe encontrarse en nuestra propaganda y,
recíprocamente, nuestra propaganda debe tratar de desarrollarse a su vez. En efecto, para que la propaganda de nuestro movimiento sea eficaz, no debe ejercerse sino en una sola dirección. De lo contrario, en razón de la diferencia, de formación intelectual de los dos campos en presencia, esta propaganda no sería comprendida por uno, en tan­to que el otro la rechazaría por no encontrar en ella más que verdades evidentes y, por consi­guiente, sin interés...
Si la propaganda renuncia a cierta ingenuidad de expresión, no llegará a impresionar la sensibili­dad popular. Si, por el contrario, refleja en sus pa­labras y en sus ademanes toda la rudeza de los sentimientos populares, no hará efecto en los me­dios llamados "intelectuales" ...
El secreto del triunfo para un movimiento de reforma política no es ilustrar ni influir en las fuerzas dirigentes: su único objeto será conquis­tar el poder político. Una idea que debe transfor­mar el mundo, no solamente tiene el derecho sino también el deber de asegurarse los medios que hagan posible su advenimiento. El triunfo es aquí en la tierra el único juez para decidir de la justi­cia o de la injusticia de una determinada empre­sa, y por la palabra triunfo no entiendo, como pa­só en 1918, la conquista del poder, sino la ac­ción bienhechora sobre el pueblo entero...
El movimiento nuevo es en su esencia y en su organización profundamente antiparlamentario. Esto significa que rechaza de una manera general como en su propia organización interna el principio de una soberanía de la mayoría,  en virtud de la cual el jefe del gobierno es rebajado al rango de simple ejecutor de la voluntad ajena. El movi­miento sienta como principio que, ya se trate de grandes o de pequeños problemas, el jefe tiene una autoridad indiscutida, comprometiendo total­mente su responsabilidad.
 
La Propaganda es un arte.
Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa
 
Siguiendo con atención todos los aconteci­mientos políticos, me interesé siempre muy viva­mente por la actividad de la propaganda. Veía en ella un instrumento, que las organizaciones social-marxistas, precisamente, poseían a fondo y sabían emplear magistralmente. Por ellas, aprendí muy pronto que el empleo sagaz de la propaganda cons­tituye un arte que los partidos burgueses ignoraban casi completamente.
La primera cuestión que hay que plantear es és­ta: ¿Es la propaganda un medio o un fin? Es un medio, y por consiguiente debe ser juzgada con re­lación a su fin. Por eso, su forma debe ser juiciosa­mente escogida para que sirva de apoyo al fin que persigue.
La segunda cuestión, de capital importancia, es es­ta, ¿A quién debe dirigirse la, propaganda? ¿A los intelectuales o a la masa menos instruida? Debe dirigirse siempre y únicamente a la ma­sa. A los intelectuales, o al menos a los que se llama así, está destinada, no la propaganda, sino la explicación científica. En cuanto a la propa­ganda, no contiene más ciencia que arte contiene un affiche en la forma en que se presenta. El arte del affiche consiste en el talento del dibu­jante para atraer la atención de la multitud, por la forma y los colores. El affiche de una exposi­ción de arte no tiene otro objeto que hacer apare­cer el arte de esta exposición; cuanto mejor éxito tiene ésta, tanto mayor es el arte del affiche mis­mo. Además, el affiche, está destinado a dar a las masas una idea del sentido de la exposición; pero no tiende reemplazar en esta exposición al gran arte, que es muy diferente. Por eso, el que quiere estudiar por sí mismo el arte no debe ex­traviarse en el estudio del affiche; y además, no le basta recorrer simplemente la exposición. Es preciso que se entregue a un examen profundo de cada uno de los objetos considerados separa­damente, y que enseguida se forme, lenta y jui­ciosamente, una opinión. La situación es la mis­ma en lo que concierne al hecho que acostum­bramos a designar hoy con la palabra propagan­da. La tarea de la propaganda no es instruir cien­tíficamente a cada individuo considerado en par­ticular, sino atraer la atención de las masas sobre hechos, acontecimientos, necesidades, etc..., de­terminados, y cuya importancia no se puede ex­plicar a las masas sino por este medio.
Aquí el arte consiste únicamente en tratar el tema de una manera tan superior, que la convicción de la masa sobre la realidad de un hecho, la necesi­dad de un acontecimiento, la justicia de una necesi­dad, sea creada. El arte de la propaganda no tiene en sí mismo un carácter de necesidad, sino que su obje­to consiste, exactamente como en el affiche tomado por ejemplo, en atraer la atención de la multitud, y no en instruir a los que tienen conocimientos cientí­ficos que quieren aprender y cultivarse. Su acción debe, pues, apoyarse en el sentimiento, muy poco en la razón.
Toda propaganda debe ser popular y bajar su nivel intelectual hasta el limite de las facultades de asimilación del menos inteligente de aquellos a quienes debe dirigirse. En estas condiciones, su nivel intelectual debe ser tanto más bajo cuanto mas numerosa sea la masa de hombres que debe impre­sionar. ..
Cuanto más modesto es su tenor científico, cuanto mas exclusivamente se dirija a los senti­dos de la masa, tanto más decisivo será su buen éxito. Y el buen éxito es la mejor prueba del valor de una propaganda, mucho mas de lo que sería la aprobación de algunos cerebros cultivados o de algunos jóvenes estetas...
 
PSICOLOGÍA DE LA PROPAGANDA
 
Si la facultad de asimilación de la gran masa es muy escasa, y su entendimiento pequeño, su fal­ta de memoria es en cambio muy grande. Toda propaganda efectiva debe, pues, limitarse a datos pocos numerosos y hacerlos resaltar por medio de formulas hechas, y por, tanto tiempo como sea ne­cesario a fin de que el ultimó de los auditores pue­da comprender su alcance. No saber limitarse a es­te principio y tratar de ser universal, es disimular la acción de la propaganda, pues la multitud no po­drá digerir ni retener lo que se le presente. El buen resultado será así aminorado y, al fin de cuentas, destruido. Así, pues, cuanto mas vasto debe ser el contenido de la exposición, tanto mas necesario es determinar con precisión la táctica que se debe emplear.
Durante la guerra, por ejemplo, era completamente estúpido ridiculizar al adversario como lo hacían los diarios satíricos austriacos y alemanes que hacían de ello su principal objeto. Completa­mente estúpido, pues el lector que se encontraba con el adversario, en el frente, debía inmediata­mente formarse de él una opinión muy distinta; y el soldado alemán que conocía inmediatamente la resistencia del enemigo, se sentía engañado por los que hasta entonces habían tenido la misión de informarlo, y en lugar de aumentar su deseo de com­batir o simplemente su resistencia, se llegaba al re­sultado contrario: el hombre se dejaba ir al desaliento.
            Por el contrario, la propaganda de guerra de los ingleses y americanos era psicológica y racional. Al representar ante su pueblo a los alemanes como bárbaros y hunos, esa propaganda preparaba a ca­da soldado para resistir los horrores de la guerra y le impedía así conocer la desilusión. En el arma te­rrorífica empleada contra él, veía la confirmación de lo que le habían enseñado, y esto reforzaba en él, con la creencia en la exactitud de las afirmacio­nes de su gobierno, su rabia y su odio contra el in­fame enemigo. Pues la fuerza terrorífica de las ar­mas enemigas que ahora aprendía a conocer por si mismo, lo probaba la existencia de esa brutalidad de "huno", del enemigo bárbaro, brutalidad que ya le habían dado a conocer, y no pensaba, ni por un instante, que sus propias armas pudieran tener efectos aun más terroríficos. ..
La cosa peor comprendida representaba la pri­mera de todas las condiciones necesarias a cual­quiera propaganda en general: es decir,. la posición sistemáticamente unilateral con respecto a to­da cuestión tratada. En este terreno, se cometieron tantos errores, y esto desde el comienzo de la gue­rra, que cabe preguntarse si tales absurdos deben ser realmente atribuidos sólo a la necedad.
¿Que se diría, por ejemplo, si un affiche des­tinado a elogiar un jabón indicara al mismo tiempo que otros jabones son "bueno”?...
Nos contentaríamos con encogemos de hom­bros. Y sin embargo sucedió exactamente lo mis­mo con nuestra propaganda política.
Nuestra propaganda no tiene por objeto, por ejemplo, medir el buen derecho de los diversos par­tidos, sino exclusivamente poner de relieve el del partido que se representa. Tampoco tiene que in­vestigar objetivamente la verdad, si ésta es favora­ble a los demás, ni exponerla a las masas so pretex­to de justicia teórica, sino únicamente buscar la que le es favorable.
¡Qué falta primordial la de discutir la cuestión de la culpabilidad de la guerra, decir que no se po­día atribuir solamente a Alemania la responsabili­ dad de esta catástrofe! Era preciso atribuir sin ce­sar esa culpabilidad al adversario.
¿Cuál ha sido Inconsecuencia de esa medida in­suficiente? La gran masa de un pueblo no se com­pone de diplomáticos o de profesores de derecho público, ni siquiera de gente capaz de enunciar un juicio razonable, sino de seres humanos indecisos y dispuestos a la duda y a la vacilación. En cuanto nuestra propaganda concede al adversario una ligera apariencia de buen derecho abre la puerta a la duda con respecto al nuestro propio. La masa no está ya en condiciones de discernir donde termina el error del adversario y dónde comienzo, el nues­tro. Vuélvese entonces inquieta y desconfiada, so­bre todo si el adversario se guarda de cometer se­mejantes extravagancias y, por el contrarío carga al enemigo todos los errores sin excepción. La de­mostración más evidente de todo esto es que final­mente nuestro pueblo creyó más en la propaganda enemiga que en la nuestra, porque aquélla era diri­gida con mayor rigor y continuidad. ¡Y esto en un pueblo que tiene la manía de la objetividad! Pues cada cual se esforzaba en ella por no cometer in­justicia para con el enemigo, aun cuando el Esta­do, y el pueblo alemanes eran amenazados de des­trucción.
El pueblo es, en su gran mayoría, de disposicio­nes hasta tal punto femeninas, que sus opiniones y sus actos son dirigidos mucho más por la impresión que reciben sus sentidos que por la reflexión pura. Esta impresión no es alambicada, sino muy sencilla y limitada. No comporta matices sino solamente las nociones positivas o negativas de amor o de odio, de derecho o de injusticia, de verdad o de mentira; los medios sentimientos no existen. La propaganda inglesa en particular comprendió todo esto de una manera verdaderamente genial. No era ella la que comportaba medidas a medias que, llegado el caso, pudieran haber provocado la duda...
 
Repetir constantemente un pequeño número de ideas
 
Todo el genio desplegado en la organización de una propaganda sería inútil si no se apoyase de una manera absolutamente rigurosa en un principio fundamental. Hay que limitarse a un pequeño número de ideas y repetirlas constantemente. La perseverancia, aquí como en muchas otras cosas de este mundo, es la primera y la más importante condición del triunfo.
En el terreno de la propaganda, no se debe, pues, dejarse; dirigir jamás por los estetas o las personas de gusto demasiado exigente.
No se debe dejarse dirigir por los estetas; de lo contrario, el texto, la forma y la expresión de la propaganda no ejercerán atracción sino en los sa­lones literarios, en lugar de llegar a la masa. En cuanto a los de gusto demasiado exigente, hay que guardarse de ellos como de la peste pues, incapa­ces de experimentar sensaciones sanas, buscan, siempre nuevos excitantes.
Estos seres se hastían rápidamente de todo, de­sean el cambio y nunca saben ponerse al nivel de las necesidades de sus contemporáneos que ha per­manecido sanos; ni siquiera pueden comprender­los. Son siempre los primeros en criticar la propa­ganda, o más bien su texto, que les parece dema­siado trillado, demasiado vulgar, ya fuera de uso, etc. Piden siempre algo nuevo, buscan la variedad y así llegan a ser los más mortales enemigos del triunfo político ante las masas. Pues en cuanto a la propaganda, en su contenido y su organización, comienza a seguir la pendiente de sus deseos, pier­de toda cohesión y, por él se dispersa.
          La propaganda no está hecha para distraer agrada­blemente a pequeños señores refinados, sino para convencer; y es a la masa a la que se debe conven­cer. Y ésta, en su pesadez, demora siempre cierto tiempo antes de encontrarse dispuesta a tomar co­nocimiento de una idea, y su memoria no se abrirá sino después de la repetición mil veces renovada de las nociones mas simples.
                   La consigna, puede ser ilustrada de diversas ma­neras, pero el fin de toda exposición debe siempre llegar a la misma fórmula. Sólo de este modo puede la propaganda obrar con cohesión y espíritu de per­severancia.
 
La palabra es un medio de propaganda supe­rior.
Mediante la palabra es como se desencade­nan las revoluciones.
                  
                   Que los esnobs, que los caballeros del tintero contemporáneos se convenzan de que jamás las grandes revoluciones se han hecho por milagro de la pluma de ganso. ¡NO!. La pluma ha podido dar cada vez sus causas teóricas. La fuerza qué ha de­sencadenado las grandes avalanchas históricas, en el dominio político o religioso, fue solamente, desde tiempo inmemorial, el poder mágico del Verbo.
        La gran masa de un pueblo obedece siempre al poder de la palabra. Todos los movimientos de la historia, son movimientos populares, erupciones volcánicas de las pasiones humanas, provocadas por la cruel diosa de la miseria o por las antorchas de la palabra lanzadas al seno de masas, nunca por chorros de limonada de estetas literarios y de héroes de salón.
            Sólo un huracán de pasión devoradora puede cambiar el destino de los pueblos; pero sólo el que lleva en si mismo la pasión puede provocarla. Sólo ella es la que inspira a sus elegidos las pala­bras que abren, como a martillazos, las puertas del corazón de un pueblo. El que ignora la pa­sión, aquel cuya boca es muda, no es tan elegido del cielo para imponer su voluntad.
            Que todo escritorzuelo se quede, pues, delante de su tintero, y se ocupe de "teorías", si el saber y el talento bastan para ello; no ha nacido, no es ele­gido para ser un jefe.
            Un movimiento que persigue grandes fines debe velar cuidadosamente por no perder el contacto con la masa. Debe ante todo examinar cualquier cuestión desde este punto de vista y orientar en es­te sentido sus decisiones. Debe enseguida guardar­se de todo lo que pudiera disminuir o debilitar sus posibilidades de acción sobre las masas no por de­magogia sino simplemente por- que ninguna gran idea, por muy sagrada y elevada que parezca, pue­de realizarse sin la fuerza y el poder de las masas populares. Sólo la dura realidad es la que debe in­dicar el camino que conduce al fin perseguido. Si queremos evitar los caminos difíciles, muy a me­nudo renunciamos a nuestro propósito, lo quera­mos o no.
            La masa misma es la que, a cada instante, dicta al orador, en el, curso de su arenga, las rectifica­ciones necesarias, pues, en la expresión de sus au­ditores, éste adivina hasta qué punto pueden ellos seguirlo y comprenderlo y si sus palabras impresio­nan y actúan en favor del fin perseguido. El escri­tor, por el contrario, no conoce en absoluto a sus lectores. De esto se sigue, que, como no puede orientarse según un auditorio vivo, según una mu­chedumbre que esté precisamente allí delante de sus ojos, debe dar a su exposición un carácter más general.
Hasta cierto punto, se empobrece en agudeza psicológica y, por consiguiente, en adaptabilidad. Un brillante orador podrá, pues, en general, escribir mejor que un brillante escritor podrá hablar, a menos que este último se ejercite  mucho tiempo en este arte. A esto hay que agregar que el hombre de la masa es generalmente perezoso, que permanece sumido en la huella de sus viejas costumbres, y que no le gusta tornar en sus  manos los escritos que no corresponden a sus creencias o no le traen lo que de ellos espera.
            Un escrito de una tendencia determinada no tie­ne muchas probabilidades de ser leído sino por aquellos que ya han adoptado la misma tendencia. Una proclamación o un affiche aislados tienen, en razón de su brevedad, algunas probabilidades más de atraer la atención pasajera de un adversario. La imagen, en todas sus formas, incluso el film, tiene aún mayor poder.
            En efecto, en este caso el hombre tiene aun me­nos necesidad de recurrir a su razón; le basta con mirar y a lo sumo leer los textos más cortos. Nu­merosos son los que se prestan a seguir y adoptar una demostración por la imagen, más gustosamen­te que a leer un escrito más o menos largo. La ima­gen proporciona al hombre en un tiempo muy cor­to - diría casi de un solo golpe- la demostración, que un escrito no le haría aparecer sino después de una fatigosa lectura. Pero la objeción esencial es que siempre se ignora en qué manos va a caer un; escrito; sin embargo, debe conservar siempre la misma forma.   
            Generalmente, su acción será más o menos considerable según que su redacción co­rresponda más o menos al nivel intelectual y a las particularidades del medio de aquellos que serán sus lectores. Un libro destinado a las grandes ma­sas debe, desde las primeras páginas, utilizar me­dios de acción - estilo, nivel general- diferentes de los de una obra destinada, a las capas intelectuales superiores.
            Sólo mediante tal adaptación puede el escrito acercarse a la palabra. El orador puede, si lo quiere, tratar un tema idéntico al del libro; si es un gran orador popular, orador de genio, no se servi­rá de un plan o de un tema dos veces de la misma manera. Siempre se dejará llevar por la masa, de modo que encontrará instintivamente las palabras necesarias para llegar directamente al corazón de sus auditores presentes. Si comete el más leve error, encontrará la corrección viviente delante de él. Como he dicho, puede leer en el rostro de sus oyentes, en primer lugar, si ellos comprenden lo que dice; en segundo lugar, si pueden seguir el conjunto de su exposición; en tercer lugar, hasta qué punto los ha convencido de que tiene razón. Si advierte: en primer lugar, que ellos no com­prenden, se expresa de una manera tan sencilla y tan clara que hasta el último de sus auditores le comprenderá; si se da cuenta, en segundo lugar, de que no pueden seguirlo, establecerá una gra­duación tan lenta y tan progresiva de su exposi­ción, que ni el más débil de ellos se quedará atrás; y si ve, en tercer lugar, que todavía no parecen convencidos de la exactitud de sus aseveraciones, las repetirá una y otra vez con nuevos ejemplos en su apoyo, él mismo expondrá las objeciones inex­presadas que adivina de ellos, las refutará y las examinará hasta que los últimos grupos de oposi­tores terminen por confesar por su actitud y la ex­presión de su rostro que rinden las armas ante su argumentación.
            Lo más a menudo, se trata de vencer, en los hombres, prevenciones que no están fundadas en la razón, sino que casi siempre son inconscientes y reposan únicamente en el sentimiento. Derribar es­ta barrera de antipatía instintiva, cae odio apasio­nado, de parti pris hostil, es mil veces más difícil que corregir una opinión científica defectuosa o falsa. Es posible eliminar las falsas concepciones y atentar la insuficiencia del saber por medio de la instrucción: pero el instruir no puede ayudar a vencer la resistencia del sentimiento. Sólo un lla­mado a esas fuerzas misteriosas tendrá algún efec­to; y casi nunca es el escritor, sino casi únicamente el orador quien es capaz de hacerlo...
 
Por medio de la  propaganda hablada  y las grandes reuniones populares es como millones de obreros han sido conducidos al marxismo
 
            Si millones de obreros han sido llevados al mar­xismo, esto se debió menos a los escritos de los Pa­dres de la Iglesia marxista que a la propaganda in­cansable y verdaderamente prodigiosa de decenas de millares de agitadores infatigables, desde el gran apóstol del odio hasta el pequeño funcionario sindical, al hombre de confianza y al orador encar­gado de interrumpir las discusiones. Fueron cente­nares de millares de reuniones en que los oradores populares, de pie sobre una mesa, en una sala de cervecería ahumada, inculcaban, como a martilla­zos, sus ideas a las masas. Alcanzaban así un per­fecto conocimiento del material humano, lo cual les permitió escoger las armas apropiadas para el asalto de la ciudadela de la opinión pública: Vinie­ron enseguida esas demostraciones gigantescas, esos desfiles de centenares de millares de hom­bres, que daban a la gente humilde y miserable la orgullosa convicción de que, por muy pequeños gusanillos que fuesen, eran también los miembros de un gran dragón cuyo aliento inflamado incen­diaría un día ese mundo burgués tan execrado, y que la dictadura del proletariado celebrarla un buen día su victoria final.
 
La gran reunión popular es necesaria por una primera razón: el hombre que, principian­te en su papel de partidario de un movimiento joven, se sentía aislado y corría, el riesgo de ce­der al temor de estar solo, encuentra por pri­mera vez en esta reunión la imagen de una, co­munidad más amplia, lo que es para la mayo­ría de los hombres un aliento y un reconforta­miento.
            Ese mismo hombre habría marchado al ataque en el cuadro de su compañía o de su batallón, en medio de sus camaradas, con el corazón más alegre que si lo hubiesen abandonado a sus propias fuerzas. Ro­deado de los demás, se siente siempre un poco más seguro, aunque en realidad mil razones prueben lo contrario.
            La comunidad de una manifestación no solamen­te reconforta al aislado; crea también la unión, ayu­da a formar el espíritu de cuerpo. El que, en su em­presa o en su taller, es el primer representante de una doctrina nueva y experimenta, por este hecho, grandes dificultades, se apresura a encontrar un apoyo en la convicción de que es un miembro, un militante de una grande y vasta corporación. La im­presión de que pertenece a esta corporación la reci­be por primera vez en la gran reunión popular Co­mún.
Cuando, viniendo de su pequeño taller, o de la gran usina donde se siente tan pequeño, entra por primera vez en una gran reunión popular; cuando ve que millares de hombres que comparten la mis­ma fe lo rodean; cuando, si se trata de alguien que todavía se busca a si mismo, se siente arrastrado por el poder de la sugestión colectiva y del entu­siasmo de tres o cuatro mil hombres; cuando el triunfo visible y millares de aprobaciones le confir­man la justicia de la nueva doctrina y, por primera vez, lo hacen dudar de la verdad de sus antiguas creencias, entonces sufre esa influencia milagrosa que llamamos la sugestión de la masa. La volun­tad, las aspiraciones, pero también la fuerza de mi­llares de hombres se acumulan en cada uno de ellos. El hombre que entra todavía vacilante a reunión, la abandona completamente reconforta­do, ha llegado a ser miembro de una comunidad.
Psicología de la organización de las reuniones públicas
 
            Estábamos obligados a formar nosotros mismos la policía de nuestras reuniones; nunca se podía contar con la protección de las autoridades. Por el contrario, la experiencia prueba que ellas no prote­gen sino a los perturbadores. El único resultado verdadero de la intervención de las autoridades, es decir, de la policía es, en efecto, la dispersión de una reunión, lo que significa su clausura. Y ésa era el único objeto y la única intención de los promo­tores de disturbios enemigos.
            Por lo demás, en esta materia, se ha establecido una costumbre en la policía, y es la más monstruosa y la más alejada de toda noción de derecho que se pueda imaginar. Cuando las autoridades saben, de una manera cualquiera, que en una reunión es de temer una tentativa de sabotaje no sólo no ha­cen nada por detener a los perturbadores, sino que aun prohíben a los otros, a los que son inocentes de esas perturbaciones, celebrar su reunión; y un espíritu normal de policía considera todavía que con esto da pruebas de una gran cordura. Esto lle­va el nombre de medida destinada á impedir "una infracción a las leyes"
            Un bandido decidido puede, pues, impedir siempre plenamente que un hombre honrado ejer­za una acción o una actividad política cualquiera.
            En el nombre de la seguridad y del orden, la au­toridad del Estado se inclina ante el bandido y or­dena al inocente que no lo provoque de ese modo.
            Es así como, cuando los Nacionalsocialistas da­ban a conocer su intención de celebrar reuniones en tal o cual sitio, los sindicatos declaraban que sus miembros se verían obligados a oponerse a ello por medio de la violencia. Y la policía no so­lamente no metía a la cárcel a esos señores maes­tros cantores, sino que además prohibía nuestra reunión. Estos representantes de la ley tuvieron aún la increíble insolencia de escribimos eso in­numerables veces.
 
La técnica de las reuniones marxistas
 
            Los marxistas se sometieron siempre a una ciega disciplina, a tal punto que la sola idea de tratar de sabotear una reunión marxista no podía ocurrírsele a nadie, o al menos a ningún burgués. Los rojos, por el contrario, se preparaban cada vez más para el sabotaje. En esta materia, no solamente habían al­canzado una gran virtuosidad, sino que, en numero­sas provincias, habían llegado a hacer creer que el solo hecho de organizar una reunión no marxista era una provocación al proletariado; sobre todo si, entre los rojos, los que movían los hilos temían que en esa reunión se formara la lista de sus críme­nes o se revelase la bajeza de sus mentiras empeña­das en engañar al pueblo. Cuando se anunciaba se­mejante reunión, producías en la prensa roja un tole general y lleno de cólera. Muy a menudo, esos defraudadores sistemáticos de las leyes se dirigían, en primer lugar, las autoridades, suplicándoles, de una manera a la vez apremiante y amenazante, que prohibieran inmediatamente esa provocaciçon al proletariado, a fin de "evitar" lo peor. Empleaban un lenguaje de acuerdo con la estupidez de la ad­ministració n, y obtenían así el buen éxito deseado. Pero si, por casualidad, encontraban frente a ellos, no un ser lamentable e indigno de sus funciones, si­no un verdadero funcionario alemán que, rechazaba su desvergonzado chantaje, entonces lanzaban el conocido  llamado:  no  tolerar  semejante “provocación al proletariado" y encontrarse en ma­sa, en tal fecha, en esa reunión, para "cerrar la boca a los miserables burgueses con los robustos puños del proletariado" .
 
El Servicio de orden entre los nacionalsocialistas
 
            Entre nosotros, no se mendigaba la atención del público; no se prometía una discusión sin fin; de­cretábamos desde el principio que éramos los due­ños de la reunión, que cualquiera que se permitiese interrumpimos, aunque fuera una sola vez, sería irremediablemente arrojado afuera. De antemano, declinábamos toda responsabilidad a su respecto. Si el tiempo no nos urgía, si nos placía, podríamos quizá admitir una discusión; si no, no la habría, y eso era todo. Por el momento el Señor Conferen­cista Tal tiene la palabra. Y ya eso los dejaba quie­tos.
            En segundo lugar, poseíamos una policía de sala bien organizada. En los partidos burgueses, el ser­vicio de orden estaba confiado generalmente a per­sonajes que creían que su edad imponía cierta obe­diencia y cierto respeto. Pero las masas regimenta­das de los marxistas, hacían poco caso de la edad, de la autoridad y del respeto, lo cual equivale a de­cir que ese servicio de orden burgués no existía. Desde el comienzo de nuestra campaña, organice las bases de nuestro servicio de protección que se­ría un servicio de orden, reclutado exclusivamente entre jóvenes. Casi todos eran camaradas de regi­miento, otros eran jóvenes camaradas de partido, inscriptos desde hacia poco tiempo. A éstos había que enseñarles primeramente lo que sigue: que el terror no podía ser quebrantado sino por el terror; que en este mundo sólo el hombre audaz y resuelto ha triunfado siempre; que luchábamos por una idea tan poderosa, tan noble, tan grande que merecía la protegiese hasta derramar la última gota. Estaban profundamente convencidos de que cuando la razón calla, la última palabra per­tenece a la violencia y que la mejor de las armas defensivas es el ataque; en nuestro servicio de or­den debían hacerse preceder, en todas partes, de la reputación de no ser un club de retóricas, sino una asociación de combate extremadamente enérgica. ¡Cuán sedienta de semejante consigna estaba esa juventud!.
 
LA PRENSA
 
            Es costumbre en los círculos periodísticos, de­signar a la prensa como un gran poder en el Estado. En realidad, su importancia es verdaderamente in­mensa, y no se debe de subestimarla; pues, en efec­to, es el periodismo el que continua realizando la educación de los adultos.
            Se puede, grosso modo, dividir a los lectores de diarios en tres categorías:
 1.-  Los que creen todo lo que leen.
2.- Los que ya no creen nada.
3.- Los cerebros que examinan con espíritu critico lo que han elido antes de juzgar.
 
            El primer grupo es numéricamente el mayor. Comprende la gran masa del pueblo y representa, pues, desde el punto de vista intelectual, la parte mas sencilla de la nación. Con este grupo, no se puede relacionar tal o cual profesión particular; a lo sumo se puede, a grandes rasgos, trazar en el divi­siones según los grados de inteligencia. Pero com­prende a todos los que no han recibido, por su naci­miento o su educación, el don de pensar por sí mis­mos y que, sea por incapacidad o por imposibilidad de criticar, creen todo lo que se les presenta, con tal que esté impreso.
Con este grupo se relaciona esa categoría de hol­gazanes, que podrían pensar por si mismos pero que, por pereza espiritual, aceptan con reconoci­miento todo lo que otro ha pensado ya, suponiendo modestamente que el que ha hecho esfuerzo por pensar, habrá pensado bien.
Sobre todos aquellos que representan la gran masa, la influencia de la prensa será extremada­mente importante. No están en disposición ni en situación de examinar por sí mismos lo que se les presenta ... Esto puede constituir una ventaja si tienen por guía a autores serios que investigan la verdad. Pero si los que los informan son canallas o embusteros, esto constituye evidentemente una desventaja.
El segundo grupo tiene una importancia numéri­ca muy inferior. Está formado, en parte, por ele­mentos que habían pertenecido antes al primer grupo, puesto que, después de largas y amargas de­silusiones, han pasado a la actitud contraria, y ya no creen en nada... en cuanto se les habla por in­termedio de un texto impreso. Detestan todos los diarios, no leen ninguno, o bien desaprueban siste­máticamente todo su contenido que no es, según ellos, más que un tropel de inexactitudes y de mentiras. Estos hombres son de difícil manejo; pues, aun en presencia de la verdad, conservan siempre su desconfianza. Son, por consiguiente, nulos, pa­ra, todo trabajo positivo.
Por último, el tercer grupo es con mucho el más escaso. Está formado de espíritus verdaderamente inteligentes y de gusto afinado, a los cuales dotes naturales unidas a la educación han enseñado a pen­sar, que tratan de juzgar cada asunto por si mismos, que someten todo lo que han leído a meditaciones y exámenes profundos y frecuentes. No leerán un dia­rio sin colaborar largamente por medio del pensa­miento con el autor, cuya labor es entonces difícil. Se comprende que los periodistas no estiman a estos lectores sino con cierta reserva. Para los que perte­necen a este tercer grupo, las estupideces con que un diario puede adornar sus textos son poco peligro­sas, o al menos poco importantes. En el curso de su vida, han adquirido la costumbre de ver en el perio­dista un personaje poco serio, que no dice la verdad sino de vez en cuando. Es triste que la importancia de estos hombres superiores resida en su inteligen­cia y no en su numero, lo cual es de lamentar en nuestra época en que la sabiduría no es nada y en que la mayoría lo es todo. En nuestros días, como la cédula de voto de la masa prevalece, el grupo más nutrido es el que tiene forzosamente mayor impor­tancia, es decir el tropel de sencillos y de crédulos.
Es un deber de Estado y un deber social de pri­mordial importancia el proceder de manera que estos hombres no caigan en las manos de educadores perversos, ignorantes o aun mal intencionados. Por eso, el Estado tiene el deber de encargarse de su educación y de impedir todo artículo escandalo­so. Por eso debe  vigilar severamente  la prensa, pues su influencia sobre tales hombres es la más poderosa y la más durable que hay; ya que su ac­ción no es efímera sino continua.
            La importancia preeminente de su enseñanza resi­de enteramente en la repetición igual y constante de esta enseñanza.
            Aquí, como en otras cosas, el Estado no debe olvidar que todos los medios de­ben concurrir a un mismo fin. No debe dejarse en­gañar o engatusar por las fanfarronadas de lo que se llama "libertad de prensa", que lo conducirían a faltar a su deber y a privar a la nación de ese ali­mento que le es necesario y la fortalece. Debe, con decisión y sin dejarse detener por un obstáculo cualquiera, poner este medio de educación al ser­vicio del Estado y de la nación.
 
LA NECESIDAD DE UNA DOCTRINA
 
REDACCION DEL DOGMA
 
Jamás debemos perder de vista que el programa del partido, de una perfecta exactitud en sus objeti­vos, ha debido tomar en su redacción ciertas consi­deraciones cuya importancia psicológica es grande; y con el tiempo, muy bien puede parecer que cierto numero de principios podrían ser redactados diferentemente o en una forma mas feliz. Pero toda tentativa de este genero sería, en el hecho, desas­trosa; es ofrecer a la discusión lo que debe de per­manecer inquebrantable. Y en cuanto un punto se encuentra aislado del dogma, la discusión no sola­mente llega a encontrar un enunciado mejor, sino que llega, sobre todo, a interminables debates y a una confusión universal.
En un caso semejante, siempre hay que exa­minar cuidadosamente lo que es preferible: o una redacción nueva, causa de división en el interior del movimiento, o una forma que, por el momento, no es quizás la mejor de todas, pero forma una or­ganización autónoma sólida, y de una perfecta uni­dad interior.
De cualquier examen se desprende que esta última solución es la única que hay que retener. Como las modificaciones se refieren siempre a la forma, siempre aparecerán nuevas modificaciones deseables. Pero es necesario temer que el carácter superficial de los hombres les haga considerar esta cuestión de pura forma como la tarea esencial del movimiento. En ese momento, la voluntad de com­batir por una idea y la fuerza que sostiene ese com­bate desaparecen, y la actividad, en lugar de volverse hacia fuera, se gasta en querellas internas de programa.
Una doctrina cuyas grandes líneas son de una exactitud no puesta en discusión, tiene menos dificultad para conservar un enunciado, aun cuando este no corresponda completamente a la reali­dad, que para querer mejorarlo y entregar así a la discusión general del dogma del partido, hasta en­tonces tan sólido como el granito. Hay que evitar especialmente esto mientras el partido lucha toda­vía por asegurar su triunfo. En efecto, ¿cómo se podría llenar a los hombres de una confianza cie­ga en la exactitud de una doctrina, si no se cesa de modificar su forma y si con esto se propaga la du­da y la incertidumbre?
Luego, lo esencial no debe buscarse nunca en la forma sino solamente en el sentido profundo. Este es inmutable; y en su interés mismo, es deseable que el movimiento conserve la potencia necesaria para su triunfo, suprimiendo todas las causas de vacilación o de división.
Aquí también, la Iglesia católica nos da leccio­nes. Aunque el edificio de su doctrina por lo de­más, esto no es, a menudo, sino una apariencia, choca en más de un punto con la ciencia exacta y la observación, se niega, sin embargo, a sacrificar siquiera la más pequeña sílaba de los términos de su doctrina. Piensa, muy justamente, que su fuerza de resistencia no consiste en concordar más o me­nos perfectamente con los resultados científicos del momento, resultados que, por otra parte, nunca son definitivos, sino permanecer inquebrantablemente adicta a los dogmas establecidos una vez por todas, y que solo confieren al conjunto el ca­rácter de una fe. Por eso se mantiene hoy mas, fir­memente que nunca. Hasta se puede profetizar que, en la medida en que los fenómenos incom­prensibles desafían y seguirán desafiando a las le­yes científicas corregidas, ella representará cada día mas el polo de tranquilidad que une ciegamen­te a innumerables humanos.
 
Deber y obediencia
 
La conciencia del deber, la observancia del de­ber, la obediencia, no son fines que se basten a sí mismos, de igual modo que el propio Estado no es un fin en sí mismo. Deben ser solamente medios de asegurar la posibilidad y la existencia sobre esta tierra de una comunidad de seres vivientes ligados por afinidades morales y físicas.
En una hora en que, de toda evidencia, un pueblo sucumbe, y es entregado a la más clara opresión por efecto de los actos de algunos holga­zanes, la obediencia y la observancia del deber con respecto a estos últimos dependen de un formalismo teórico, y no mas que pura locura, si, por otra parte, la negativa de obedecer y de cumplir con su deber hubieran podido librar al pueblo de la rui­na-..
Hay un momento en que es la responsabili­ dad personal ante la nación entera la que llega a ser el Deber.
 
La lucha concreta
 
            Lo que ha constituido el triunfo de las concepciones internacionalistas, es su defensa por un partido organizado en secciones de asalto. Si las concep­ciones adversas han sucumbido, es por falta de un frente único de defensa. No es desarrollando hasta lo infinito ideas generales como puede combatir y triunfar una concepción Filosófica copiando la forma limitada de una organización política.
 
Adherentes y Militantes
 
            La propaganda tiene el deber de reclutar partidarios; la organización tiene el de ganar miembros.
            El partidario es el que se declara de acuer­do con los fines del movimiento; el miembro, el que combate por el.
       Es la propaganda la que traerá el partidario al movimiento. La organización obligara al miem­bro a tratar por si mismo de reclutar nuevos par­tidarios, de cuyo seno podrán salir enseguida nuevos miembros. "Ser partidario" exige sola­mente, que uno se adhiera pasivamente a una idea, "ser miembro" exige que se la propague activamente y que se la defienda. De diez parti­darios, habrá apenas dos miembros. Ser partida­rio demanda un simple esfuerzo de conocimien­to; para ser miembro, hay que tener el valor de propagar la idea reconocida como verdadera y de difundirla ampliamente.
 
Limitaciones de la admisión de Miembros.
 
            El mayor peligro que pueda amenazar a un movimiento es el crecimiento anormal del nú­mero de sus miembros después de un triunfo de­masiado rápido. Un movimiento es rehuido por todos los seres cobardes y esencialmente egoís­tas por todo el tiempo que deba soportar un ru­do combate; estos tratan pronto de obtener el tí­tulo de miembros si el partido, desarrollándose, afirma su triunfo.
            He ahí lo que explica como muchos movi­mientos victoriosos retroceden súbitamente ante el triunfo definitivo, ante la realización ultima de sus fines, y, víctimas de una debilidad inter­na, cesan el combate y se marchitan. Llegados después de la primera victoria, elementos malos, indignos y especialmente cobardes se han intro­ducido en tan gran número en su organización que han terminado por obtener la mayoría y ahogan a los combativos. Hacen servir el movi­miento a la satisfacción de sus intereses, reba­jándolo al nivel de su mezquino egoísmo y no hacen nada por llevar hasta el fin la victoria de la idea primitiva.
 
EL MAL NECESARIO DE LA ORGA­NIZACIÓN
 
            La organización interna del movimiento es una cuestión no de principio sino de adaptación eficaz al fin perseguido.
            Poner entre el jefe de un movimiento y sus partidarios un importante conjunto de intermedia­rios no implica una buena organización, la mejor es la que crea el menor número posible de inter­mediarios. Pues organizar es transmitir a un gran número de hombres una idea definida nacida siem­pre del cerebro de uno sólo y asegurar en seguida la transformació n de esta idea en realidades.
            Transmitir directa y personalmente sus ideas a sus semejantes es, para un hombre, el procedi­miento ideal, así como el más natural. A medida de que aumenta el numero de adeptos se le hace cada vez más difícil al propagador de la idea continuar obrando de manera directa y personal sobre sus in­numerables partidarios, mandarlos y guiarlos a to­dos. Así como a medida que una comuna crece, la circulación muy sencilla de un punto a otro debe de ser objeto de una reglamentació n, así también aquí hay que resolverse a crear rodajes molestos. El Estado ideal ha vivido: va a conocer el mal ne­cesario de la organización.
            Sin embargo... es preciso conceder una gran importancia a la existencia de un centro político y geográfico que sea el corazón del movimiento. Los velos negros de la Meca o el atractivo mágico de Roma terminan por dar a los movimientos de que ellas son el centro de una fuerza cuyas fuentes son la unidad interna y la sumisión al hombre que en­carna esta unidad.
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 Partido Obrero Nacional Socialista -P.O.N.S.
                 Secretaria Nacional

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