lunes, 7 de enero de 2019

UN PROBLEMA DE TRAUMAS PSICOLÓGICOS: ORGULLOS GAY

Parece ser que el Ayuntamiento de Madrid subvenciona, promueve y desea la gran charada de los Gays (por no decirlo en castellano, pues sería homosexuales y otras denominaciones castellanas, eso está mal visto, incluso puede llegar a considerarse un insulto aunque eran las palabras normales antes).

Creo que lo importante de este tema no es el propio asunto como tal, que no es más que una muestra más de la sociedad demo progresista, sino dejar claro que el tema forma parte de un profundo problema psicótico.

No se trata del homosexualismo sino del llamado 'movimiento gay’ donde salen gentes con claras muestras de traumas sexuales y obsesiones sexistas.

No hay manifestaciones de heterosexuales pero si las hubiera no saldrían con sus sexos al aire y vestidos de cosas raras, etc. no están traumatizados por el sexo. Y si salieran gente así no representarían a los heterosexuales sino a los obsesos.

El problema de esas personas extravagantes en las manifestaciones gays es que están enfermos, no por ser homosexuales, sino por sus ‘obsexiones’ y sus circos sexistas del peor gusto. No van homosexuales sin más, van auténticas neuras, locas y gentes con problemas serios mentales.

Reproduzco una parte de un texto muy acertado de la ’Gaceta de la Fundación José Antonio Primo de Rivera – nº 261– 27 de junio de 2017.

 

En cualquier caso, Dime de qué presumes, y te diré de qué careces. Eso ha sido así toda la vida. Es normal que ande fanfarroneando de aventuras y conquistas quien nunca se come un rosco, y que ande exhibiendo orgullo el acomplejado. Estamos, en efecto, ante la magna exhibición no del orgullo que sienten los gays por serlo, sino ante el profundo complejo que no hay manera de que se quiten de encima, por más que las leyes y los medios se empeñen en desplegar métodos absolutamente desproporcionados y singulares para poder presumir de normalidad. ¡Ni con esas! Discriminación positiva llaman a eso. Pero al final, se mire por donde se mire, van en dirección contraria a la que pretenden o dicen pretender, porque toda discriminación (¡aunque sea positiva!) es una forma de incriminación, pero invertida.

Es lo que tienen los complejos, es la conducta propia de los acomplejados. Sacar pecho y exponerse a hacer el ridículo en su exhibición de normalidad. No se han enterado aún de que la normalidad no se exhibe ni es ostentosa, simplemente se lleva con naturalidad.
¿Salidos del armario, dicen? Pues no, no del todo, porque lo llevan a cuestas como el caracol, no consiguen deshacerse de él; ni lo quieren en realidad, porque el armario es el pretexto y la deuda histórica a cuenta de la cual justifican todos los privilegios y hasta los abusos en que incurren. Lo que hacen en realidad con esta exhibición es mantenerse en el armario, pero abierto de par en par para exhibir a plena luz lo que siempre se ha protegido con pudor.

Porque identificar la homosexualidad con el esperpento que se exhibe en la celebración del orgullo, es algo que echa para atrás incluso a los que se esfuerzan y se esmeran en ser simple y naturalmente homosexuales (si finalmente eso es posible), sin andar llamando la atención por serlo, sin exigir privilegios por ello, sin reivindicar discriminaciones positivas. Y es evidente que por ese camino no van a conseguirlo nunca: porque la imagen final es la identificación de la homosexualidad y demás formas modernas de sexualidad como una extravagancia, que es lo que exhiben supuestamente con «orgullo». Es, en efecto, colocar en el esperpento a todos los que siguen esas novedosas sendas.

Con el agravante de la pura teatralización del asunto: porque las doctrinas, por más que las expliquen, no acaban de calar. Aunque estén afianzadas y remachadas por las leyes. No hay manera de que penetren en las conciencias. Así que se recurre a los ritos, que se instalan más fácilmente en forma de fiestas: y por ese medio se asientan en la sociedad. A ese fin está orientada esa teatralización, esa especie de festivales étnicos convertidos en festivales plurisexuales. Poco sostenibles de todos modos si no hay doctrinas sólidas en que sostenerlos. A ese paso, cualquier día nos montan el festival de los eructos y demás manifestaciones fisiológicas exhibidas con orgullo. Y parando ahí, que podemos encontrarnos con orgullos mucho más cuestionables; que en el mundo hay gente para todo.

He ahí cómo pretendiendo crear conciencia a favor de la homosexualidad mediante la exhibición de un orgullo que no se siente (y que resulta en exhibición descarnada de un complejo), consiguen que eche raíces el complejo de situación estrafalaria. Cada vez son más los homosexuales que se desmarcan públicamente de esos esperpénticos rituales; los que entienden que si ya es difícil sentirse orgullosos de una condición de excepción, muchísimo más difícil lo tendrán si su condición es presentada en sociedad con caracteres de mascarada. Pero la política es otra cosa. La política tiene razones que la razón ignora.

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